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27 de febrero 2026
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OpiniónPablo ValdezPablo Valdez

Un aliciente informativo de una satisfacción duple

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RESUMEN

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Precisiones de dignidad

El presente artículo reflexiona sobre el significado moral y político de dos iniciativas públicas recientes en la República Dominicana: la decisión del Seguro Nacional de Salud (Senasa) de destinar, a partir del 2 de marzo del año en curso y con carácter anual, RD$200,000,000.00 para cubrir diagnósticos, terapias y medicamentos dirigidos a niños pobres con Trastornos del Espectro Autista (TEA), y la construcción de la Ciudad de Ángeles, proyecto orientado a mejorar, dignificar y transformar la vida de animales rescatados de las calles. Ambas decisiones constituyen un aliciente informativo de satisfacción duple para quienes sostienen que la dignidad no es un atributo exclusivo del éxito económico ni del reconocimiento social, sino un principio ético que abarca a los seres humanos vulnerables y, en un horizonte ampliado, a los demás seres vivientes.

La dignidad ha sido tradicionalmente entendida, desde la filosofía moral kantiana hasta las declaraciones contemporáneas de derechos humanos, como un atributo inherente a la persona. Sin embargo, la praxis social revela que no toda vida humana es tratada con igual consideración. La infancia empobrecida y afectada por condiciones neurodivergentes, como el TEA, suele ubicarse en los márgenes de la protección efectiva.

Cuando una institución pública como el Seguro Nacional de Salud (Senasa) orienta recursos específicos y sostenidos para cubrir diagnósticos, terapias y medicamentos, no solo ejecuta una política sanitaria: afirma que la dignidad no puede ser condicionada por la capacidad de pago ni por la “normalidad” estadística del desarrollo cognitivo. En ese gesto se reconoce que la justicia distributiva exige compensar desventajas estructurales.

La inversión anual anunciada no es únicamente una cifra presupuestaria; es una declaración normativa: la vida de un niño con TEA en situación de pobreza posee igual valor que cualquier otra vida, y el Estado tiene la responsabilidad de traducir ese valor en acciones concretas.

El drama moral se configura en la tensión entre vulnerabilidad y omisión. Allí donde el abandono se naturaliza, la política pública se vuelve un acto de reparación. El acceso temprano a diagnóstico y tratamiento en el TEA incide directamente en el desarrollo integral del niño, en la estabilidad familiar y en la inclusión educativa y social.

Negar o postergar tales apoyos equivale a consolidar desigualdades. Proveerlos, en cambio, es un acto de justicia que reconoce la interdependencia humana: el bienestar de uno repercute en el tejido social entero. En ese sentido, la decisión presupuestaria representa una ética de la corresponsabilidad.

La segunda dimensión de esta satisfacción duple se expresa en la construcción de la Ciudad de Ángeles, concebida como un espacio para rescatar, cuidar y dignificar animales abandonados.

Aquí emerge una ampliación del horizonte ético. Si bien los animales no participan de la dignidad humana en sentido jurídico, la ética contemporánea reconoce su capacidad de sentir dolor y bienestar. La compasión hacia ellos no disminuye la centralidad de los derechos humanos; por el contrario, revela la madurez moral de una sociedad que comprende que la violencia y la indiferencia son hábitos que se reproducen transversalmente.

El cuidado de los animales callejeros no es un lujo sentimental, sino un indicador de civilidad. La forma en que tratamos a los seres más indefensos —humanos o no humanos— evidencia el tipo de comunidad que aspiramos a construir.

Resulta significativo que ambas iniciativas emerjan en un mismo horizonte temporal. La atención a niños pobres con TEA y la protección de animales rescatados comparten un denominador común: la defensa del vulnerable frente a la indiferencia estructural.

Esta convergencia produce una satisfacción duple porque articula dos dimensiones complementarias de la ética pública:

1. Justicia social, que procura corregir desigualdades humanas profundas.
2. Compasión ampliada, que reconoce valor en toda forma de vida capaz de sufrir.

La dignidad, entendida de manera integral, no se fragmenta. Se expresa tanto en la garantía de terapias especializadas para un niño en desventaja como en la creación de un refugio que sustituya el abandono por cuidado.

En conclusión, la decisiones anunciadas por el Seguro Nacional de Salud y la materialización de la Ciudad de Ángeles constituyen más que políticas sectoriales: son afirmaciones éticas. Representan un paso hacia una comprensión más amplia y coherente de la dignidad.

En tiempos donde la rentabilidad suele imponerse como criterio rector, invertir en quienes no pueden retribuir económicamente —niños pobres con TEA y animales abandonados— es un acto de civilización.

La satisfacción duple no es meramente emocional; es racional y moral. En ella se confirma que la grandeza de una sociedad no se mide por la acumulación de riqueza, sino por la profundidad de su cuidado.


Por Pablo Valdez

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