RESUMEN
¿Tú sabes lo fácil que es manipular a un pueblo con miedo? Basta con decirle que Dios lo aprueba. Y ya. Se acabó el debate.
Aquí, en este país donde hasta el diablo se disfraza de pastor, la religión se metió en la política como un virus silencioso. Y no para salvar a nadie, no. Para controlar. Para censurar. Para culparte de tu cuerpo, de tu deseo, de tu forma de vivir, de pensar, de existir.
Los políticos no citan la Biblia porque sean santos. Lo hacen porque funciona. Porque saben que este pueblo, criado entre golpes y versículos, todavía le teme más al infierno que a una mala ley.
Y mientras tanto, se joden los mismos de siempre.
Niñas obligadas a parir.
Mujeres muertas por abortos clandestinos.
Gente negándose a amar porque les dijeron que eso no agrada a Dios.
Y todo, absolutamente todo, en nombre de un Dios que ni pidió eso ni firmó esas leyes.
Pero el negocio es redondo: el político se mete al templo a buscar votos. El pastor se mete al Congreso a buscar poder. Y el pueblo… sigue en misa, orando por justicia, sin darse cuenta de que esa justicia se pactó hace rato… pero no en el cielo.
La Constitución dice que somos un Estado laico. Pero eso aquí es como decir que el sol sale por el este: todos lo saben, pero nadie lo respeta.
Porque la verdad es esta: Aquí gobierna el miedo. Y el miedo, cuando se disfraza de Dios, se vuelve ley.
Y lo más jodido no es que mezclen religión y política.
Lo más jodido es que lo hacen mal.
Porque si de verdad siguieran a Cristo, se dedicarían a sanar, no a castigar.
A levantar, no a condenar.
A proteger la vida, no a usarla como excusa para ganar elecciones.
Dios no está muerto.
Pero debe estar harto de que usen su nombre para justificar tanta mierda.
Por Ann Santiago
