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19 de enero 2026
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OpiniónVíctor Manuel Grimaldi CéspedesVíctor Manuel Grimaldi Céspedes

TrumpCare, poder y permanencia: la apuesta estratégica del trumpismo

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RESUMEN

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Los demócratas estadounidenses y buena parte de los gobiernos cuyos sistemas políticos y económicos dependen en alto grado de los Estados Unidos observan el calendario con una esperanza explícita: una derrota de Donald Trump en las elecciones de medio término programadas para noviembre próximo que permita revertir, corregir o diluir las políticas adoptadas en estos años.

Esa expectativa no es nueva en la historia norteamericana. Forma parte de una tradición según la cual los cambios de administración implican, tarde o temprano, un retorno al equilibrio anterior, una suerte de péndulo institucional que termina restaurando el statu quo global.

Sin embargo, esa lectura subestima la naturaleza del momento actual. Trump y su equipo no están actuando como una administración transitoria que gestiona el poder a la espera del próximo relevo electoral, sino como un proyecto político consciente de que la clave no es solo ganar elecciones, sino reconfigurar las bases estructurales del poder.

TrumpCare, la política arancelaria, la estrategia energética y el replanteamiento de alianzas internacionales forman parte de un mismo diseño: consolidar decisiones que resulten difíciles de desmontar incluso en caso de alternancia política.

¿Llega el Trumpcare?
EEUU apuesta por la sanidad barata pagada por los aranceles. El presidente estadounidense Donald Trump presentó la semana pasada un ambicioso plan de salud y vivienda, diseñado para reforzar el bienestar de los ciudadanos y asegurar el control republicano a largo plazo. Según Trump, la iniciativa busca «hacer que la salud sea verdaderamente asequible», mediante un sistema que maximice la transparencia en los precios de medicamentos y seguros, inspirado parcialmente en modelos europeos pero adaptado a Estados Unidos.

El plan de salud llega en el contexto de un rebalanceo global de recursos: Washington busca priorizar inversiones internas y reducir la carga sobre los contribuyentes estadounidenses que financian compromisos internacionales.
Según Trump, esta estrategia permitirá ofrecer beneficios concretos a los ciudadanos mientras se mantiene la competitividad económica.

En materia de vivienda, Trump anunció restricciones a los fondos de inversión y fondos buitre, impidiendo que compren viviendas familiares, aunque podrán adquirir hoteles o residencias de lujo. La medida busca proteger la propiedad privada y frenar la especulación, un movimiento con impacto político directo que pretende ganar el respaldo de las familias estadounidenses.

En el plano interno, el trumpismo ha entendido que la legitimidad duradera no se construye únicamente desde la retórica cultural o identitaria, sino desde el alivio material tangible. Sanidad más barata, energía accesible, alimentos con precios en descenso y protección frente a la especulación inmobiliaria no son medidas coyunturales: son anclas políticas. Cuando esas anclas se clavan en la experiencia cotidiana del ciudadano, el poder deja de ser ideológico y pasa a ser vivido. Eso reduce el margen de maniobra de cualquier gobierno sucesor que intente revertirlas sin pagar un alto costo político.

En política exterior ocurre algo similar, aunque con mecanismos distintos. Las decisiones adoptadas por Trump en materia comercial, energética y estratégica están diseñadas para crear nuevos equilibrios de dependencia.

Los aranceles reordenan cadenas de suministro, obligan a terceros países a renegociar condiciones y generan ingresos que se reinvierten en prioridades internas. Una vez modificadas esas estructuras, volver atrás no es sencillo: implica renegociar tratados, asumir costos económicos inmediatos y enfrentar resistencias internas que ya se han beneficiado del nuevo orden.

Por eso, la esperanza de muchos actores externos de que una eventual derrota de Trump permita “recitar” —o revertir— sus políticas puede resultar ilusoria.

Incluso un triunfo demócrata se encontraría con un país distinto al que existía antes del trumpismo: un electorado que ha probado políticas de protección económica directa y que difícilmente aceptará su desmantelamiento sin resistencia.

La política exterior, en ese contexto, deja de ser un asunto exclusivo de élites diplomáticas y pasa a estar vinculada al bienestar interno, lo que la vuelve electoralmente sensible.

Trump y su equipo han aprendido una lección clave del poder moderno: las decisiones que se integran en la vida cotidiana sobreviven a los cambios de gobierno. Al vincular sanidad, energía, comercio y soberanía nacional en un mismo relato, están construyendo una continuidad política que trasciende el resultado inmediato de una elección. No se trata solo de ganar en noviembre, sino de asegurar que, gane quien gane después, el marco de decisiones ya esté fijado.

En ese sentido, TrumpCare no es únicamente una política social ni un instrumento electoral. Es parte de una estrategia de consolidación del poder que busca transformar mayorías coyunturales en hegemonía duradera, y convertir decisiones de gobierno en hechos consumados.

Esa es la verdadera novedad del momento actual y la razón por la cual el debate ya no gira solo en torno a quién ganará las próximas elecciones, sino a qué quedará en pie después de ellas.

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