RESUMEN
Cuando Donald Trump asumió la presidencia en enero de 2017, siempre aposté por la institucionalidad de los Estados Unidos y su sistema de checks and balances. La prueba final fue la certificación de las elecciones de 2020, cuando, en medio del caos, prevaleció el orden institucional.
Hoy, a pocas semanas de juramentarse para un segundo mandato, Trump se presenta igual o incluso más polémico que en su primer período. Mantiene vivo el debate cultural y desafía el orden mundial, al tiempo que redefine el rol de EE.UU. en el mundo. En el ámbito cultural, emite de inmediato órdenes ejecutivas que ponen a prueba los límites de la Constitución y el equilibrio de poderes. En el ámbito económico, utiliza la imposición de aranceles como herramienta de negociación e intimidación. Aparentemente, para Trump, los socios comerciales son competidores a quienes hay que vencer.
Trump trata de imponer una visión transaccional del ejercicio del poder, cuestionando el rol de EE.UU. en el orden geopolítico actual. Algo muy delicado, en mi opinión, pues arriesga el estatus del dólar estadounidense como moneda de reserva mundial, la mayor fortaleza de EE.UU. en el orden económico global. Mientras la mayoría de los países siga demandando dólares para satisfacer sus necesidades, será difícil desplazar a EE.UU. como país hegemónico en el orden económico mundial. Pero este sistema en gran medida esta basado en la confianza.
Todo indica que los próximos cuatro años serán tensos. Sin embargo, al igual que en 2017, confío en que la institucionalidad se impondrá sobre todos los actores del sistema político estadounidense. Siempre he creído que la fortaleza de EE.UU. radica en su solidez institucional, la descentralización del Estado y el equilibrio de poderes.
Por: Braulio A. Rojas.
