RESUMEN
Cuando escuchamos el nombre de Rafael Leónidas Trujillo, nuestra memoria colectiva evoca de inmediato los actos más crueles e inhumanos a los que un déspota pudo someter a su pueblo.
Ya sea porque se haya vivido bajo su régimen o porque se conozcan sus atrocidades a través de libros, novelas o anécdotas transmitidas por padres y abuelos, la mancha del tirano permanecerá para siempre en el imaginario dominicano.
En esta ocasión, sin embargo, deseo referirme a un aspecto más íntimo de tan intrigante personaje. El Jefe, como se hacía llamar, sentía profunda admiración por la Ciudad de las Luces y una afición a todo aquello que gritaba ostentación, lujo y poder, como sucede con tantos de su calaña. Chapita, como también lo apodaban, era famoso por sus rituales de belleza. Y es allí donde quiero detenerme.
El Chivo amaba el Eau de Cologne Impériale (Agua de Colonia Imperial) de Guerlain. ¿Qué tenía de especial esta fragancia para convertirse en la predilecta del dictador?
Creado en 1853 y concebido como regalo de bodas para la emperatriz Eugenia, esposa de Napoleón III, fue el primer perfume hecho a la medida en la historia de la casa Guerlain. La emperatriz, muy sensible a los olores, solicitó a Pierre François Pascal Guerlain un aroma delicado y sublime, digno de la nobleza. El resultado: una composición fresca y luminosa, con acordes florales y cítricos, en los que resaltaban el limón, la bergamota y la flor de naranjo.
Eugenia quedó tan fascinada que concedió a Guerlain el título de Perfumista de la Corte. Desde entonces, la fragancia se presenta en un frasco cilíndrico inspirado en la columna Vendôme de París, ornamentado con 69 abejas doradas, emblema de la monarquía napoleónica.
Conociendo esta historia, cabe preguntarse: ¿percibía Trujillo algo más que un simple aroma al usar la colonia? ¿Su megalomanía lo llevaba a sentirse parte de una estirpe imperial a la que solo podía pertenecer en sus fantasías más perversas? Quizás.
Pero también es posible que lo atrajera algo más simple, más terrenal. Tal vez aquel olor cítrico lo transportaba a sus orígenes humildes, cuando de niño rondaba los montes en harapos, robando naranjas para calmar el hambre, con las uñas impregnadas de limoneno. Esas mismas uñas que, cargadas luego de rabia y resentimiento, se hundirían en la piel de una nación. Una nación que, más allá del perfume, lo recordará siempre con un hedor nauseabundo.
Por Henry Peralta
París, Francia
Fuente: Maison Guerlain
