ENVÍA TUS DENUNCIAS 829-917-7231 / 809-866-3480
2 de enero 2026
logo
3 min de lectura Nacionales

Treinta años sumergido en las drogas: El infierno silencioso de Franklin Novoa

Confiesa que las drogas “eran su escape… la cubeta de agua que me calmaba por dentro”

Franklin Novoa. (Foto: Rosa Galán)
Compartir:

EL NUEVO DIARIO, SANTO DOMINGO.–Treinta años de su vida estuvieron marcados por el dolor, el abandono familiar y el oscuro mundo de las drogas. Franklin Novoa, hoy coordinador de charlas y conferencias de Hogar Crea Dominicana, ha decidido contar su historia sin reservas, con la esperanza de que su testimonio sirva como espejo y advertencia para quienes aún están a tiempo de evitar el mismo camino.

“En mi adolescencia fui incomprendido”, confiesa Franklin, al recordar una infancia sin abrazos ni palabras de aliento. Se crió con sus abuelos paternos, sin la presencia de su madre y con escasos encuentros con su padre.

“Mi niñez no fue buena. Nunca me sentí reconocido por mi familia. Me juzgaban con dureza, pero nunca me demostraron cariño”, relata con honestidad.

Resumen diario de noticias

Recibe en tu correo las noticias más importantes del día

Durante una entrevista en El Nuevo Diario Podcast, Franklin narró que su primer contacto con las drogas ocurrió a los 18 años, durante un viaje a Nueva York, un grupo de jóvenes fumaba marihuana y, por curiosidad y presión del entorno, decidió unirse. “Le metí al bloque”, dice. Sin saberlo, esa decisión marcaría el inicio de una pesadilla que lo consumiría durante décadas.

“Después que cumplí los 18 ó 19, ya era un problema serio. Nadie me podía corregir. Veía a todo el mundo como una amenaza”, recuerda. La rebeldía se transformó en adicción, y a los 22 años ya experimentaba con sustancias más fuertes.

Un entorno familiar disfuncional

En un entorno familiar tampoco supo cómo actuar, asegura que “mi familia se cansó de mis entradas y salidas de los centros de rehabilitación. Yo los culpaba de todo. El dolor que llevaba dentro era producto del odio, el rencor y el resentimiento”, admite.

Aunque provenía de una familia de clase media alta y estudió en buenos colegios de Santo Domingo, el afecto fue un lujo que nunca conoció. “No quiero que se malinterprete, pero mi familia no es cariñosa. Nunca escuché un ‘te quiero’, un ‘te amo’ o un ‘lo hiciste bien’. Y yo era un niño muy extrovertido… solo necesitaba ser visto, escuchado, amado”.

Franklin admite que muchas veces consumía por rebeldía, como una forma de respuesta desesperada a la falta de contención emocional. “La relación con mis padres siempre fue distante. Me criaron mis abuelos, pero nunca sentí pertenencia. Las drogas se convirtieron en mi única compañía”.

Una vida de terror y sufrimiento

Pero lo más oscuro de su historia no fueron las sustancias, ni el abandono, sino los momentos en los que perdió por completo las ganas de vivir. “Intenté quitarme la vida más de tres veces”, confiesa con la voz entrecortada. “Llegué a tocar fondo tantas veces que ya no sabía cómo era la superficie”.

Hoy, su vida ha dado un giro. Desde su rol en Hogar Crea Dominicana, Franklin no solo se mantiene en recuperación, sino que ha convertido su experiencia en una misión de vida. Recorre escuelas, comunidades y centros llevando un mensaje de prevención, sanación y esperanza.

“Estoy vivo por la gracia de Dios. Y si mi historia puede evitar que aunque sea un joven repita mis errores, entonces todo este sufrimiento habrá valido la pena”, concluye, con la firmeza de quien ha regresado del abismo para dar luz a otros.