El transexualismo se ha convertido en una herramienta política y social para deconstruir el orden de ciertas cosas y tratar de implantar una lógica cimentada en el capricho de un fragmento de personas que demandan aspectos que ni siquiera entienden. Caprichosos y soberbios que funcionan como repetidores de necesidades que son más instalaciones mediáticas que problemas reales; es un sujeto al cual se le fabricaron problemas inexistentes. Sin embargo, en una lucha axiológica donde tensionan distintos sistemas de valores, la sociedad se declara la guerra frente al espejo. Quiere ser creadora y destructora a conveniencia de líneas racionales que siempre validaron, hasta que, como siempre, el fondo de las cosas los desnuda. En esta ocasión, me trae al lector los concursos de belleza y la intención participativa del transexual.
Existe una vieja discusión entre la admisión o no admisión de la figura del transexual en los concursos de belleza. El ala del progresismo, sin sentido alguno argumenta que si desconociendo lo que proponen. Y por otro lado, los valores tradicionales y conservadores rechazan la solicitud, desconociendo también la razón de su respuesta. Es un torneo de argumentos sin sentidos que no toman en cuenta las características de fondo. Un simple intercambio de chachareo mediático donde se mecen en un conflicto inentendible para ambos bandos. El problema real comienza a tomar forma cuando entendemos la configuración de los susodichos concursos de belleza; qué los soporta, qué exigen, cuál es su impacto, cómo opera su lógica, qué mensaje nos deja.
Partiendo de eso, nos es fácil comprender que la figura del sujeto trans y la mujer son equivalencias en el contexto de la belleza en concurso. Ambos juegan el mismo rol dentro de ese espacio. De hecho, es el espacio mismo del concurso de belleza que da carácter teatral a la estética a la cual ambos tendrán que aspirar. Un concurso de belleza es la invitación a desnaturalizar a la mujer; la mujer se transforma, se desdibuja, se des atribuye para convertirse en una pieza aspiracional según la percepción de un jurado que dará como bueno y valido cual lo hizo mejor. La mujer es aquí la misma equivalencia ficticia del personaje trans, que atrapado en su propia percepción construye dentro de sí un modelo imposible el cual querrá materializar mediante la ficción.
Un concurso de belleza es el espacio donde la mujer transita como pieza de consumo estético. La mujer es invitada a un encuadre de belleza que no entiende, pero al cual deberá aspirar. Y soportada en la ficción, luchara por transformarse en un mensaje con la intención de decir algo. El transexual es un poco de esto, siendo la sociedad el concurso de su propia elección; el espacio donde se escenificará. Atrapado en una crisis de identidad, luchando entre el ser y no ser, emprenderá un camino de transformación donde buscará convertir su cuerpo en una narrativa. El trans ya no es aquí una identidad totalizada, sino el capricho interno de un ser humano que se dejó de entender así mismo buscando su entendimiento en los demás. Es la paradoja de aquel que quiere interpretarse en la percepción de otros.
Dicho esto, pudiésemos decir que los concursos de bellezas parecen haberse construidos sobre la lógica del transexualismo. Un espacio donde la mujer es invitada a repensarse tal y como es. Donde la mujer no es natural ni original en esencia, sino un pliego de condiciones. La mujer ve como necesidad ausentarse de sí, para vestirse de un atuendo estético llamado belleza que tiene razón solo en la subjetividad; una subjetividad que tiene ansias de volverse objetiva. La mujer aquí no concursa partiendo de lo que es, sino de lo que no es. El ecosistema de la belleza concursada es una competición entre quien tenga mejor capacidad de volverse algo distinto de sí mismo. El concurso no es de belleza, porque la competición es de ficciones. La competencia consiste en alterar la realidad.
Por más que intentemos dar moral a los argumentos, los fondos tienen la capacidad de trastornar las formas. El debate queda muerto partiendo de la naturaleza de esta actividad. No puede causar revuelvo alguno que un transexual quiera participar de algo que converge con su propia esencia. Donde exista la base de una belleza construida a manera de ficción, el transexualismo exigirá su cuota. Sobre todo, cuando hablamos de lo mismo. Si el concurso es de ficciones, está totalmente hecho para el sujeto trans. La sociedad tradicional hoy quiere pelear con su propia creación. Adulan un concurso ficticio para contraponerse a uno de los personajes más ficticio de todos. Lo trans simplemente está reclamando una cuota desde el fondo, aun sin darse cuenta.
Podría decirse entonces que, la disputa entre la mujer y el sujeto trans dentro de los concursos de belleza no es una confrontación entre realidades distintas, sino una competencia dentro de una misma lógica ficcional. Ambos cuerpos son convocados a abandonar su condición de realidad para convertirse en símbolo, en superficie narrativa donde se proyectan expectativas ajenas. La mujer concursante no es celebrada por lo que es, sino por su capacidad de adecuación a una idea artificial; el sujeto trans, por su parte, no irrumpe como anomalía, sino como consecuencia coherente de ese mismo artificio. La diferencia biológica pierde centralidad porque la razón de ser es la evaluación de una belleza que nunca fue natural. Lejos de oponerse, mujer y trans convergen. Son renuncias momentáneas al ser para convertirse en representación. Una imagen que solo existe mientras alguien mira y valida.
Por Jabes Ramírez
