El pasado lunes 8 de abril, la República Dominicana fue sacudida por una de las peores tragedias recientes: el colapso del techo de la discoteca Jet Set, durante un concierto multitudinario, ha dejado hasta la fecha al menos 113 muertos, incluyendo figuras públicas, y más de 150 personas heridas, según reportes de las autoridades. La noticia ha llenado de luto a la nación y ha generado una ola de preguntas existenciales y espirituales.
¿Dónde estaba Dios?
En medio del dolor, muchas personas se han preguntado: ¿Por qué ocurrió esto? ¿Es castigo divino? ¿Tiene algún sentido? Estas preguntas no son nuevas. El mismo Jesús las enfrentó hace más de dos mil años. En el Evangelio de Lucas 13:1-5, se relata cómo algunas personas le comentaron dos tragedias: una masacre cometida por Pilato y el derrumbe de una torre en Siloé que mató a dieciocho personas. Su respuesta fue clara y sorprendente:
“¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los galileos por haber padecido esto? Os digo: No; […] ¿Pensáis que aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé eran más culpables? Os digo: No; antes, si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente.” Jesús rechazó la idea de que el sufrimiento sea una prueba de mayor pecado. En vez de buscar culpables, nos invita a mirar hacia adentro: a reflexionar, arrepentirnos y vivir con sentido y propósito, conscientes de la fragilidad de la vida. Jesús no negó la tragedia. No la suavizó. Pero se negó a vincularla automáticamente con culpa personal.
Este mismo principio aparece en el libro de Job, una obra poética y profunda que explora el misterio del sufrimiento humano. Job, hombre justo, perdió todo sin causa aparente. Sus amigos intentaron convencerlo de que debía haber pecado, pero uno de ellos, el joven Elihú, ofrece una perspectiva más profunda:
“Lejos sea del Dios verdadero actuar inicuamente, y del Omnipotente hacer mal” (Job 34:10).
Este pasaje resalta un principio fundamental: Dios es justo, incluso cuando no entendemos Sus caminos. No actúa con injusticia ni maldad. Su soberanía no contradice su compasión. Esta afirmación nos recuerda que Dios no es arbitrario, ni cruel, ni caprichoso. No se complace en el sufrimiento. Su justicia es perfecta, aun cuando escape a nuestro entendimiento limitado.
Estos dos textos nos permiten afirmar con humildad y esperanza:
- No todas las tragedias son castigos.
- El dolor no es siempre señal de culpa.
- La justicia de Dios no actúa con maldad ni parcialidad.
- En medio del caos, Él sigue siendo Dios, soberano, justo y cercano al quebrantado de corazón.
Más allá del dolor: una oportunidad para reflexionar
Las tragedias como la ocurrida ayer en nuestro país, no deben ser vistas como castigos divinos, sino como recordatorios de nuestra fragilidad y de lo incierta que puede ser la vida. Como sociedad, estamos llamados a ser solidarios, a consolar a los que sufren y, sobre todo, a mirar con seriedad nuestra condición espiritual. Jesús no nos da respuestas simplistas, pero sí nos ofrece esperanza: que cada instante cuenta, que el dolor puede tener propósito y que Dios, lejos de ser indiferente, está cerca de los quebrantados de corazón.
Un llamado a la compasión, no al juicio
Este no es momento para señalar con el dedo, sino para tender la mano. No es tiempo de buscar explicaciones superficiales, sino de mostrar empatía y amor al prójimo. Como país, debemos unirnos no solo en el duelo, sino también en el compromiso de ser una sociedad más humana, más espiritual, más consciente.
Que la memoria de los que partieron no quede solo en la tristeza, sino que inspire a los vivos a caminar con propósito, justicia y esperanza.
El autor es catedrático y consultor empresarial.
Por: Andrés Rojas.
