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21 de enero 2026
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OpiniónLincoln MinayaLincoln Minaya

Tragedia del Jet Set pone al descubierto la fragilidad nuestras instituciones

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RESUMEN

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La tragedia ocurrida en la discoteca Jet Set, donde al menos 231 personas han perdido la vida tras el desplome de su techo, ha calado profundamente en la conciencia nacional. Lo que inicialmente se percibía como un accidente aislado en un afamado centro nocturno, ha terminado por revelar una cruda realidad: el andamiaje de permisividad e irresponsabilidad que desde hace décadas permea diversas estructuras de poder en la República Dominicana.

Las reacciones no se han hecho esperar. Voces autorizadas, personas con probada capacidad, han emitido juicios sobrios y necesarios. Pero también, en la otra orilla, se ha desatado una avalancha de especulaciones, desinformaciones, sensacionalismo y morbo que, lejos de aportar luz, solo echan leña al fuego del caos mediático.

Más allá del inmenso dolor evidente, esta tragedia nos obliga a una introspección como pueblo. El dominicano ha normalizado el “todo está bien”, el “tengo un amigo que me resuelve”, el “déjame firmarte ese papelito para que te aprueben el plano”. Ese tipo de pensamiento ha gestado una cultura del desorden, del contubernio y de la corrupción informal, muchas veces amparada en el clientelismo político.

El colapso del techo de Jet Set no solo debe mirarse con lupa desde la óptica del dueño del establecimiento, Antonio Espaillat, a través del supuesto poco mantenimiento a las estructuras de la discoteca, esto deberán investigar las autoridades para saber si hubo negligencia o no, sino también como una responsabilidad compartida entre quienes aprueban, permiten y hasta celebran la violación de las normas. Se requiere una revisión profunda de los mecanismos de otorgamiento de permisos, del respeto a los límites de ocupación, y sobre todo, de la necesidad urgente de establecer —y hacer cumplir— un régimen de consecuencias.

No es posible que edificaciones aprobadas para seis niveles terminen con nueve, sin que nadie rinda cuentas, ni de obras públicas, ni desde los departamentos de planeamiento urbano ni de los ediles municipales. No es aceptable que locales con capacidad para 500 personas alberguen a 700, sin que exista sanción alguna. Esa es la raíz del problema: la impunidad ante la ilegalidad cotidiana, ante el famoso “bajo la mesa”, que todo lo facilita.

Esta tragedia debe convertirse en punto de partida para un cambio de mentalidad. No basta con señalar culpables inmediatos; es momento de repensar nuestro rol como ciudadanos, como funcionarios, como servidores públicos y como país. El dominicano debe abandonar la cultura del “dame lo mío” y abrazar el compromiso con el orden y la institucionalidad.

Porque, al final, esta no es solo una tragedia del Jet Set. Es una herida nacional, un espejo que nos obliga a ver lo que por mucho tiempo hemos preferido ignorar.

Por Lincoln Minaya

 

 

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