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19 de enero 2026
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OpiniónALESCAR ORTIZALESCAR ORTIZ

Todo lugar es ahora

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RESUMEN

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Querer irse se ha instalado en el pensamiento dominicano como una arraigada y reiterada conquista por el deseo de lo abstracto e intangible, como un acto pretencioso de pertenecer a algo más grande y desconocido.

Venir de Dajabón implicó sin dudas empacar paisajes, nostalgias y, sobre todo, cargar utopías que se revelarían ante una ciudad copada de esperanzas añejas. Aquí, en este espacio bordado de miseria y modelado por el concreto del brutalismo “colorao” de los años 80; es donde Rosalba Hernández despoja a la metrópolis de la geometría vacía e inicia sus propias cartografías del instante. Asume el caos como lenguaje, de manera obsesiva, y se empeña en desarrollar una estética disruptiva para mostrar el drama citadino, el desorden y la tragedia desde un umbral tan enérgico que lo convierte sin revés en una parodia de la civilización. A esta práctica se adhiere un acercamiento íntimo mediante el estudio del sujeto como eje central de la construcción del pensamiento social.

El archivo pictórico de Rosalba se apega a la carencia del patrón urbano, potencia las múltiples exploraciones discursivas de la gráfica de esta ciudad, que aún sigue siendo una promesa que se infla y desinfla; porque la conciencia colectiva no se permite descifrar y establecer cuál es la realidad que queremos vivir. Anhelamos el orden y cultivamos el ruido como una danza disonante de la rapsodia cultural.

La disidencia no es una casualidad, es una auto-provocación de la cual Rosalba no se justifica al exponerse a la creación continua de imágenes que traspasan el extenso paisaje urbano, bajo un ensayo estético que desde la perspectiva creativa muestra también el sentido rítmico del espacio público en su progresiva crisis. Se asume como un ejemplo de lo idealizado, plantado en una incoherente transformación y en las distintas fachadas de nuestra idiosincrasia.

En este contexto, Rosalba Hernández se reafirma endémica del Caribe. Se resiste a la inhibición que provoca la tierra firme y agobiada por el exótico silencio que arropa algunas ciudades europeas, se deja seducir por la posibilidad de hurgar en otros paisajes, en búsqueda del imprevisto y del espectáculo gris que hay detrás de la conducta humana. Sus revelaciones siguen siendo sistemáticas y consistentes; redibujar la trama y componer la metáfora inquietante de la supervivencia. Procura dar continuidad al endoso sensible de su irreverencia, porque de Santo Domingo nadie se va, Santo Domingo no es un lugar, es una irónica forma de vida, es una manera de pensar y sentir.

POR ALESCAR ORTIZ | CURADOR

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