RESUMEN
¿Por qué eso?, en el tenor de lo tratado más adelante. Es una pregunta que procede plantearse, aunque algunos crean que no. Y es que, nadie se llama doctor, licenciado, ingeniero, etc. Son agregados estos que se anteponen a los nombres de las personas, cuya práctica no luce del todo bien, aun se tenga la titularidad correspondiente.
Hacer mención de un título con respecto a alguien, es una distinción de orden académico, y de ejercicio profesional, de la que, obviamente, uno se hace merecedor después de haber estado cursado satisfactoriamente una carrera universitaria, y ejerciéndola. Pasa eso, mucho después de estarse llamando por algún tiempo, fulano de tal, y nada más.
Sin embargo, son de los adicionales a los nombres que más se observan en Dominicana, y en muchos otros países del área del Caribe, que se deben incluir, hasta por exigencia en ocasiones, por parte de algunos engreídos que en verdad han obtenido los títulos correspondientes; y, otros que, hay que denominarles con el que sea, cuando logran engancharse en algún cargo público de importancia, por razones de índole política propiamente.
No son pocos a quienes se les pregunta en este país, y en otras partes, por supuesto, cómo se llama usted señor, y de inmediato la respuesta es: doctor, o licenciado fulano de tal. ¡Quién ha dicho que cualquier título académico que se tenga, forma parte de su nombre!
Se tienen anécdotas, incluso muy reales, de personas que han ido a sacar una copia, o extracto de su acta de nacimiento, y que hasta en el documento a expedir, procuran que se les adicione el título universitario logrado. Parece que nacieron siendo ya doctores o licenciados. ¡Cuánta mediocridad, mamacita!
De más está decir que, los títulos académicos son indicativos de la preparación y aptitudes que tiene una persona, en cuanto a un determinado ejercicio profesional; pero, no es que se le tenga que llamar de esa manera.
Aquellos que exigen se les denomine como tales, previo a mencionar sus nombres, lo hacen, regularmente, por mediocridad, y egotismo. Los de fuera, o entorno, es por el “lambonismo” que creen merecer los que se aluden; y, tanto los subalternos, como sus seguidores, tienen que hacerlo, para congraciarse con ellos.
Los encopetados, exigentes de ordinario, no son nada en verdad. Claro, cuando les dicen, doctor o licenciado, eso les hace crecerse, sentirse importantes; se abren como los pajuiles cuando se les nombra; “expanden las alas a todo dar”; se autoconsideran la gran cosa.
Independientemente de que pueda existir alguna normativa de cualquier género que mande a colocar títulos académicos delante de los nombres de las personas, algo que en verdad desconocemos, la lógica indica que, cuando a alguien se le dice simplemente doctor, o licenciado, no se está definiendo su ejercicio. ¡Qué tiene preparación, es posible! ¿Pero en qué? ¡Debe ser lo más importante a decir!
Puede que sea en una u otra cosa, en cualquier área del saber: medicina, abogacía, farmacia, por un lado; y, por el otro, economía, finanzas, derecho, psicología, etc. En fin, no hay una definición del quehacer particular al que pertenece el mencionado de que se trate. ¿Y entonces, cuál es el sentido de las nominaciones así concebidas?
Siempre hemos sido de opinión que, en vez de hacerlo así, preferible sería que, se proceda a pronunciar, o escribir, los nombres de las personas, y que luego se haga mención conexa, o a continuación, de su ejercicio profesional, en lo que sea.
Por ejemplo: fulano de tal, doctor en medicina, o abogado en ejercicio; licenciado en finanzas, o economía; que se diga en realidad a la rama especializada a la cual se pertenece, de manera precisa; no de forma de genérica, anteponiéndole al nombre un título académico generalizado. Luce más razonable así, ¿verdad?
Finalmente, preciso es señalar que, repetir la palabra “nombre” en esta exposición varias veces, algo que no es costumbre nuestra, cuando osamos escribir sobre cualquier temática, y con relación al término que sea, sí procede hacerse en este caso.
Se procura con eso, en esta ocasión, que la práctica de estilo aquí abordada tienda a desaparecer, por el poco sentido lógico que denota, ya que, ¡un título académico, no es nombre de nadie!, y menos considerándole como primero, al hacer la mención de que se trate.
Autor: Rolando Fernández
