RESUMEN
Esta breve conversación se repite con más frecuencia de la que imaginamos en nuestro país y en muchas otras partes del mundo. La mayoría de las personas responde con seguridad que sí tiene seguro, pero cuando se profundiza un poco más en las coberturas, los límites y los riesgos reales, aparece la duda: ¿realmente estoy protegido?
El problema no es solo la ausencia de seguros, sino algo quizás más grave: tener seguros insuficientes, mal contratados o que no responden a las verdaderas necesidades al momento de un siniestro.
Con frecuencia, las personas dejan de contratar las coberturas que realmente son importantes. Pasa con los seguros de incendio para viviendas, negocios y construcciones; con los seguros de salud, de vida, de automóviles y con otros no menos relevantes. Al final, la realidad es dura: nadie cree necesitar un seguro hasta que ocurre el evento que cambia su vida.
Muchos asegurados contratan una póliza solo para cumplir, para salir del paso o porque la ley lo exige. No analizan si la suma asegurada es suficiente, si las coberturas incluyen los riesgos reales o si, llegado el momento, el seguro responderá de forma adecuada.
El seguro no es un gasto, es un mecanismo de protección patrimonial, personal y familiar. Pero cuando se contrata sin orientación o con el único criterio del precio más bajo, se convierte en una falsa sensación de seguridad.
Un ejemplo claro y preocupante es el seguro de vehículos de motor. Aunque es obligatorio para poder transitar por las vías del país, todavía existe un porcentaje alarmantemente alto de conductores que circulan sin póliza alguna o con coberturas extremadamente bajas.
Esto no solo representa un desafío a las autoridades, que muchas veces son las más vulnerables durante la fiscalización, sino que constituye un desafío directo a la vida productiva de quien conduce sin seguro.
En un accidente de tránsito con personas lesionadas o fallecidas, las indemnizaciones pueden alcanzar cifras millonarias. Cuando no existe seguro, o cuando la cobertura es insuficiente, el responsable queda expuesto a perderlo todo: bienes, ingresos futuros, estabilidad familiar e incluso su libertad.
Conducir sin seguro no es un acto de valentía ni de rebeldía; es una decisión de alto riesgo con consecuencias devastadoras.
La misma lógica se repite en los seguros de salud y de vida. Muchas personas descubren, en el peor momento, que su póliza no cubre tratamientos costosos, enfermedades graves o que el monto asegurado es insuficiente para proteger a su familia.
En el caso de las viviendas y negocios, el seguro de incendio suele ser ignorado o subvalorado, hasta que ocurre un evento que destruye en minutos lo que tomó años construir.
El gran desafío no es solo que más personas tengan seguros, sino que tengan los seguros correctos, bien estructurados y acordes a su realidad económica y a los riesgos que enfrentan.
Es fundamental promover una cultura del seguro basada en la prevención, la educación y la asesoría profesional. Preguntarse no solo si se tiene seguro, sino si ese seguro protege de verdad.
Porque al final del día, la pregunta más importante no es si tiene seguro, sino si está realmente protegido.
Por Félix Correa
