RESUMEN
El término “Therion” proviene del griego, therion significa bestia o animal salvaje, y anthropos, ser humano. La combinación sugiere la idea del ser humano que se percibe a sí mismo como animal.
Más allá de la etimología, el fenómeno que hoy observamos en ciertos sectores juveniles nos obliga a ir más profundo, no se trata solo de una palabra, sino de una señal cultural que merece análisis serio.
Muchos lo reducen a una moda digital. Otros optan por la burla. Sin embargo, el fenómeno, visible principalmente en adolescentes, debe entenderse dentro del contexto psicosocial de nuestra época. No es la primera vez que una generación construye códigos identitarios propios.
La adolescencia, como explicó Erik Erikson en su teoría del desarrollo psicosocial, es la etapa de la búsqueda de identidad frente a la confusión de roles. Explorar símbolos, pertenecer a grupos y ensayar identidades forma parte del proceso madurativo.
Desde una perspectiva clínica, es necesario establecer algo con claridad:, imitar animales o adoptar una identidad simbólica no constituye en sí mismo un trastorno mental. Puede tratarse de una expresión cultural amplificada por redes sociales. El problema no es el símbolo. El problema es el contexto emocional en el que surge y se sostiene.
La adolescencia es un período de reorganización neurobiológica significativa. El sistema límbico, vinculado a la emoción, madura antes que la corteza prefrontal, responsable del control racional y la regulación conductual. Esta asincronía hace que las narrativas emocionales tengan un peso mayor que los razonamientos lógicos.
Cuando un joven no logra responder quién es, cuando no encuentra pertenencia ni reconocimiento, su mente busca una narrativa que le proporcione seguridad. Y esa narrativa suele ser emocional antes que racional.
En condiciones de estabilidad afectiva y acompañamiento familiar, estas expresiones pueden ser transitorias y simbólicas. Pero en contextos de fragilidad psicosocial pueden convertirse en indicadores de vulnerabilidad. Señales como necesidad constante de atención, confusión entre identidad real y personaje digital, dificultades para relacionarse socialmente, problemas de adaptación escolar o síntomas de ansiedad y depresión ante la estigmatización merecen evaluación cuidadosa.
Aquí es donde el análisis trasciende lo individual y se vuelve político. Vivimos en una generación marcada por familias fragmentadas, padres emocionalmente agotados, sobreexposición digital, precariedad afectiva y debilitamiento de los vínculos comunitarios. A ello se suma una crisis global de salud mental que sigue siendo subestimada en las agendas públicas.
Cuando el Estado descuida la educación emocional, cuando las políticas de salud mental son marginales y cuando el debate público se limita al escarnio en redes sociales, la identidad juvenil queda librada a la intemperie. El adolescente no crea el vacío; responde a él.
La cuestión central no es si “Therion” es una moda. La pregunta más profunda es qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando miles de jóvenes necesitan redefinirse simbólicamente para sentirse fuertes, visibles o seguros.
Cuando la identidad se vuelve difusa y la autoestima se fragmenta, la mente busca algo más potente a lo cual aferrarse. En ese sentido, el fenómeno no debe ser ridiculizado ni patologizado automáticamente, sino comprendido dentro de un marco integral que combine psicología del desarrollo, análisis cultural y responsabilidad social.
Estamos ante una advertencia silenciosa. La verdadera discusión no gira en torno a la estética del comportamiento, sino al estado emocional de nuestra juventud y a la calidad de los entornos que les ofrecemos.
Más que alarmarnos, corresponde actuar, fortalecer el vínculo familiar, invertir en salud mental, promover educación emocional en las escuelas y reconstruir espacios reales de pertenencia.
Porque cuando el yo se fragmenta, no estamos ante una extravagancia juvenil. Estamos ante el reflejo de una sociedad que también necesita revisarse.
Por Ramón Ceballo
