RESUMEN
En la obra Tecno-Feudalismo del economista Yanis Varoufakis, el autor reflexiona sobre el mundo digital contemporáneo y plantea la tesis de que vivimos una nueva versión del feudalismo medieval. En la Edad Media, los campesinos sin tierra debían arrendar parcelas a un señor feudal para poder cultivar y producir. Para Varoufakis, los señores feudales de hoy son los propietarios de las grandes plataformas digitales que dominan la economía en línea.
Desde esta perspectiva surge una reflexión sobre la involución de los Estados constitucionales en la era digital, y me atrevo a denominar este fenómeno como tecno-constitucionalismo. La concepción clásica del constitucionalismo y posteriormente del neoconstitucionalismo, nació para contrarrestar el absolutismo, establecer pesos y contrapesos y limitar el poder. Sin embargo, el capitalismo ha encontrado una nueva mutación a través del dominio de las empresas tecnológicas, que no solo vulneran los derechos de gran parte de los ciudadanos del mundo, sino que además han limitado la capacidad de los Estados para garantizar esos derechos.
La inteligencia artificial y la futura computación cuántica amenazan la propia subsistencia de los Estados, y por esta razón cabe preguntarse: ¿quién garantizará los derechos de los ciudadanos? Nos enfrentamos a un dilema de identidad y a la erosión de la soberanía. El derecho internacional está fracturado; aquella Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 se ha convertido en un sofisma que, en la práctica, no existe.
Con la llegada de la inteligencia artificial, la humanidad enfrenta un reto sin precedentes. Para comprender la magnitud del cambio, basta observar la evolución tecnológica: la Revolución Industrial inglesa del siglo XVIII trajo consigo las máquinas de vapor y eliminó ciertos trabajos artesanales y manuales. Sin embargo, también creó nuevas ocupaciones, y los seres humanos se adaptaron; el trabajo no desapareció.
En el siglo XX, la automatización redujo el empleo industrial, pero el crecimiento del sector servicios absorbió gran parte de esa fuerza laboral. El auge de la economía del conocimiento, desde el marketing hasta la informática, generó nuevas oportunidades de empleo.
Pero cuando hablamos de inteligencia artificial, lo que se pretende es sustituir al órgano más complejo e indescriptible: el cerebro humano. Esto representa una amenaza para la propia existencia de la humanidad, pues se vulneran derechos como la vida, el trabajo y el desarrollo de la libre personalidad. Es una forma de esclavitud moderna, porque la IA no es simplemente una herramienta, sino una visión del mundo. Como plantea el sociólogo belga Mark Coeckelbergh en su libro La filosofía política de la IA, la tecnología no es solo un medio para alcanzar un fin, sino que también moldea ese fin.
Por lo tanto, la IA no es neutral en términos de política y poder, porque la IA es política.
No es una herramienta, es un agente
El desafío de la inteligencia artificial radica en que la humanidad aún no es plenamente consciente de los riesgos que enfrenta ni de la manera en que se vulneran los derechos de los ciudadanos, y su consecuencia en la niñez.
Vivimos en una sociedad de democracia algorítmica, que determina que consumimos, qué es verdad y qué es mentira. El derecho a la privacidad y a la intimidad es la primera víctima, seguido de la manipulación de la información. Para ilustrarlo: un cuchillo es una herramienta que el ser humano puede usar para el bien o para el mal. Pero en el caso de la IA, ella es el cuchillo, decide cuándo cortar y qué hacer con él. Esto pone en riesgo no solo los derechos, sino la propia existencia humana.
La digitalización no solo transforma la economía y la cultura, sino que reconfigura la arquitectura del poder, desplazando al Estado como garante de derechos y otorgando a las plataformas digitales un rol cuasi soberano.
Estamos ante una realidad filosófica contraria a lo que planteaba René Descartes: Pienso, luego existo. En la era digital, parece imponerse: Existo, y luego pienso. La concepción que conocimos de los Estados constitucionales se pone en entredicho, porque la esclavitud tecnológica, la explotación de datos y la forma en que el algoritmo vacía la democracia dejan a los Estados como simples figuras, y a la civilización actual frente a una crisis sin precedentes y un futuro incierto.
Por Gilberto Soriano
El autor es docente universitario, Master en Derecho Constitucional y experto en políticas públicas.
