Sutiles invasiones

Por Carlos McCoy lunes 18 de julio, 2022

Desde el 9 de febrero de 1822, los dominicanos sufrimos la presencia o la amenaza de invasiones a nuestro territorio por parte de los haitianos. A partir del 27 de febrero del 1844, cuando nace oficialmente la República Dominicana, no el pueblo dominicano, que ya existía por más de tres siglos, nuestros vecinos nos han invadido militarmente varias veces y en cada una de esas ocasiones los hemos vencido.

Hoy, a 178 años de nuestra independencia, es posible que, convencidos los haitianos de la imposibilidad de tomar nuestro territorio  militarmente, para lograr lo que siempre han anhelado, “la isla es una e indivisible”, han cambiado de táctica, ayudados por algunas potencias y por entidades internacionales como la Organización de las Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos, El Alto Comisionado de la Naciones Unidas para Refugiados, La Organización Internacional de Inmigración y decenas de ONGs.

La invasión ahora es pacífica y tiene diferentes nombres. “Invasión del útero” (haitianas pariendo en la República Dominicana) y luego, en contra de nuestra Constitución, reclamando ciudadanía dominicana para sus hijos. “Invasión laboral”, (desesperados haitianos que vienen a nuestro territorio a trabajar en condiciones extremadamente difíciles), pero que, a pesar de todo, son mucho mejores que las que tienen en su propio país, cosa de la que se aprovechan nuestros traidores, terratenientes, industriales y grandes empresarios explotadores y desalmados. Últimamente, el plan va tomando otra dimensión, con mayor sofisticación y a más largo plazo, para que no llame la atención del pueblo dominicano, pues creemos que las autoridades, si no auspiciadores, son cómplices de este nuevo método de haitianización de la isla.

La tasa de alfabetización en Haití, según la CIA World Fact Book, es de 60%, la más baja del continente americano. Aun así, con una población sobre los 11,000,000, quiere decir que casi siete millones de haitianos saben leer y escribir. No vamos a hablar de porcentajes que no conocemos, pero, especulemos un poco solo para tener un número con el cual podamos ilustrar nuestro ejemplo. Si de esa cantidad de haitianos alfabetizados un 10% llegara a la profesionalidad, estaríamos hablando de más de 600,000, personas. Es casi seguro que la mayoría de estos profesionales serían de clase media, media alta o ricos y han estudiado en buenas universidades, algunas dominicanas y muchos en el extranjero, con la ventaja de que son bilingües o poliglotas. Creole, francés, inglés y español regularmente.

Debido a su situación de constante penuria, Haití sufre con mayor rigor los problemas económicos que azotan al mundo en la actualidad y su población, ve en la emigración, incentivados por sus propias autoridades, la solución más expedita a su angustiosa situación. Esto no solo lo está pensando la clase necesitada, que son los primeros en sufrir, sino también la porción pudiente de la sociedad haitiana. Esa es otra clase de inmigración que, huyéndole a la inseguridad, a los secuestros, a los crímenes en Haití, legal y paulatinamente, se están asentando en la República Dominicana, moviendo sus empresas al territorio nacional y tomando puestos de trabajo, pero no los de la agricultura, la construcción, el servicio doméstico y el moto concho, que ya les pertenecen, sino otros a más alto nivel. Ya lo tenemos en el turismo, que es donde más se nota, en la banca, la medicina, en los deportes y en empresas multinacionales por su ventaja de ser multilingües.

Mientras los educados jóvenes haitianos aprovechan en nuestro país las condiciones de paz, de democracia y de respeto a las leyes en sentido general, la juventud dominicana sigue entretenida fumando juca o con el dembow, Tokicha, Alfa, Delta, la Mami, y haciendo teteos a todos los niveles.

Al paso que vamos, de verdad seremos quisqueyanos porque ese es el nombre que se está barajando para la nueva nación, aunque con una ligera variante, República de Kiskeya.

Kiskeyanos valientes alcemos, notre chant avec une vive émotion.

 

Por Carlos McCoy

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