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3 de abril 2026
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OpiniónAlcedo MargarinAlcedo Margarin

Surge el abogado colaborativo en México para transformar el ejercicio de la abogacía

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RESUMEN

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Hermosillo, México. En una sala llena de energía y curiosidad profesional, cerca de treinta abogados y miembros del Ministerio Público de México y República Dominicana participaron en el taller “Derecho Colaborativo para Abogados: prácticas y soluciones dialogadas”, un espacio donde el profesor Héctor Iván Jiménez Esponda lanzó una invitación que retumba en los pasillos del derecho contemporáneo: “reconstruyamos el sentido del acompañamiento jurídico desde la cooperación, no desde la confrontación”.

La doctora Petronila Rosario Adames, directora del Sistema Nacional de Resolución de Conflictos (SINAREC-PGR), y Alcedo Magarín, procurador fiscal del Distrito Nacional de la Republica Dominicana, estuvieron presentes en esta capacitación, realizada en el salón de la biblioteca de la Universidad de Sonora, en Hermosillo, México.

Esa frase resume un cambio de época. México, después de casi dos décadas de reformas jurídicas, parece estar listo para dar un paso más: dejar atrás el modelo del abogado combativo y abrazar una figura distinta, más humana y empática. Surge así el abogado colaborativo, un profesional que entiende que el derecho no se trata de vencer al otro, sino de sanar los conflictos desde el diálogo y la corresponsabilidad.

Durante años, el abogado tradicional fue entrenado para litigar, no para escuchar. Su misión era ganar el caso a toda costa. Sin embargo, el sistema judicial actual saturado, lento y burocrático ha demostrado que esa lógica adversarial ya no satisface las necesidades de una sociedad que exige justicia real, no solo formal. La Ley General de Mecanismos Alternativos de Solución de Controversias, publicada en 2024, junto con el Código Nacional de Procedimientos Civiles y Familiares (2023), abre un nuevo horizonte. Ambas normas promueven la cooperación y la mediación como caminos legítimos para resolver disputas, marcando un antes y un después en la práctica jurídica mexicana.

El Derecho Colaborativo nace de esa transformación. Inspirado en la corriente estadounidense iniciada por Stuart Webb en los años noventa, este enfoque propone que los abogados, en lugar de confrontar, trabajen junto con las partes para encontrar soluciones creativas, sostenibles y emocionalmente satisfactorias. En México, Jiménez Esponda se ha convertido en el principal promotor de este paradigma, combinando su experiencia en mediación, justicia restaurativa y derechos humanos para formar una nueva generación de abogados más empáticos y éticos.

El cambio, sin embargo, no es solo técnico ni legal. Es profundamente cultural. Durante décadas, las facultades de derecho mexicanas han formado a sus estudiantes para el combate argumentativo. Ser abogado significaba ganar, imponer, dominar. Pero hoy el país necesita algo más: profesionales capaces de negociar, de escuchar y de comprender el dolor detrás de cada conflicto. Como bien señala Jiménez Esponda, “trabajar en equipo no ha sido parte de nuestra cultura jurídica, pero ahora se vuelve indispensable.”

El abogado colaborativo rompe con la imagen del litigante solitario y competitivo. En su lugar, propone una figura más humana, que entiende que detrás de cada juicio hay personas, familias y emociones. Este nuevo perfil profesional no renuncia al rigor legal, pero lo complementa con habilidades socioemocionales, ética restaurativa y una visión de justicia más cercana a la gente. En lugar de litigar hasta el agotamiento, el abogado colaborativo busca restaurar relaciones, construir consensos y evitar que el conflicto se convierta en una herida permanente.

Las ventajas de este enfoque son claras y urgentes. Primero, permite que las partes tengan mayor control sobre el proceso, reduciendo la incertidumbre y el estrés. Segundo, disminuye los costos económicos y emocionales de los litigios tradicionales. Tercero, genera acuerdos duraderos, porque se centran en los intereses y no en las posiciones. Y cuarto, contribuye a descongestionar los tribunales, liberando al sistema judicial de miles de casos que podrían resolverse mediante el diálogo.

Pero más allá de los beneficios prácticos, el Derecho Colaborativo tiene una carga simbólica poderosa: humaniza la justicia. Devuelve al abogado su papel de servidor social y no solo de estratega legal. En tiempos donde la desconfianza hacia el sistema judicial crece y la violencia parece normalizarse, pensar en el abogado como un constructor de paz no solo es deseable, es urgente.

El reto está en la formación. Las universidades y colegios de abogados deben incorporar en sus programas de estudio materias sobre mediación, negociación y gestión emocional. Es necesario que el derecho deje de enseñarse únicamente como una técnica de confrontación y se entienda como un espacio de cooperación social. La justicia no puede seguir siendo una arena de gladiadores; debe ser un laboratorio de acuerdos, un puente entre la norma y la humanidad.

El surgimiento del abogado colaborativo en México marca un punto de inflexión. No se trata de una moda pasajera, sino de una revolución silenciosa que puede transformar la manera en que entendemos la justicia. Este nuevo profesional no busca eliminar el litigio, sino equilibrarlo; no pretende sustituir los tribunales, sino complementarlos con procesos más humanos, más rápidos y más eficaces.

En el fondo, lo que propone el Derecho Colaborativo es recuperar el sentido original del derecho: servir al bien común. En un país cansado de juicios interminables y sentencias tardías, el abogado colaborativo aparece como una luz de esperanza, un recordatorio de que la justicia también puede construirse desde la empatía.

Porque el verdadero triunfo del abogado del siglo XXI no está en ganar un juicio, sino en consolidar los disensos, reconciliar a las personas conflictuadas y devolverles la posibilidad de convivir en armonía. La auténtica victoria del derecho no se escribe en sentencias, sino en acuerdos que restauran la confianza y el respeto mutuo.

Hoy más que nunca, México necesita abogados que apuesten por la justicia autocompositiva, por el diálogo que sana y la empatía que repara. Abogados que comprendan que su papel ya no es solo representar intereses, sino tejer puentes entre los desacuerdos, transformar los conflictos en oportunidades y trillar, paso a paso, la cultura de la paz.

Esa es la abogacía del futuro: una que no litiga para destruir, sino que media para construir; una que no busca vencer al otro, sino vencer la indiferencia, el enojo y la violencia. Porque solo cuando el abogado se convierte en constructor de entendimiento, la justicia deja de ser un ideal lejano y se vuelve una experiencia viva, humana y compartida.


El autor es fundador del Instituto de Formación Gerencia y Liderazgo Americano (IFGLA), procurador fiscal del Distrito Nacional y especialista en Negociación y Mediación. Contacto: fegla1@gmail.com / 1+829-876-3195.

Por Alcedo Magarín

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