RESUMEN
A la mayoría de las personas les agrada estar al servicio de otros, pareciera que estuviéramos hechos para ser subalternos de alguien o de algo. Esa forma de ser no ha cambiado a pesar de un poco más de doscientos años de escuela pública, la que ha transitado un camino de conquistas sociales trascendentes, pero, al parecer el genero humano necesita ser guiado hacia metas de otros, conformándose con una vida llena de perennes ritos sociales. Las escuelas forman egresados para emplearse no para crear empleos.
Se trata de un sistema poco creativo, que desecha las iniciativas propias, que no busca la reflexión y se coloca de espalda a la crítica, matando al yo creativo desde el inicio de la vida. En la familia los padres enarbolan las prohibiciones al infante y le moldean para seguir las reglas de las tradiciones en forma invariable, sin chance para diferir. Y cuando ingresa al sistema escolar, entonces, inicia la mecánica de los cientistas de las academias, en cada grado, ciclo y nivel. La escuela en vez de ser creadoras de hombres libres, se ha convertido en fabricas de fracasados.
Se obliga a la obediencia ciega y los más viejitos, asumimos el mando sobre los más jóvenes. Si ese proceso no cambia, el mundo seguirá mecánico y de esa vida mecánica, los individuos humanos pasarán a la comodidad que ofrecerán las maquinas “electronicointeligentes”, y como estamos acostumbrados a que nos den órdenes (como género humano), nos convertiremos en robots-humanoides.
Para entender mejor el punto, veamos el concepto “mandar” (cuyo significado es algo así como), dar instrucciones a alguien para que lleve a cabo una acción, darle órdenes para que accione. A mucha gente le gusta mandar, pero, a la gran mayoría de los individuos humanos, les agrada ser mandados, y esta actitud tiene que ver con su experiencia de vida, con su vida misma como plataforma existencial construida para obedecer.
El complejo del subalterno ha logrado generalizarse a través de la historia humana y ello ha facilitado los abusos y las opresiones en el transcurso de las generaciones. Se trata de un sujeto súbdito, que ha hecho cultura de obediente y no es capaz de tomar iniciativa, porque no ha sido ilustrado para ello. La humanidad se encuentra hoy en el punto que la han querido colocar los que siempre han vivido a expensas de los demás, aquellos que no conocen del lodo en donde mora el cerdo ni del estiércol en donde viven los cuadrúpedos.
Tristemente, debemos reconocer que las víctimas de las encomiendas son la mayoría de los individuos humanos, como producto de una sociedad en donde los que mandan han construido un mundo de borregos, a los que, si no se arrean, pueden perderse en las oscuridades de bosques inexistentes.
Ese es el producto de una mecanización ritual que inicia en la familia, continua en el contexto social en donde vive la familia y prosigue en la comunidad, para luego asistir a un centro educativo público o privado, unificados en la meta de construir personas obedientes, alejados del cuestionamiento, enmarcado en una cultura ancestral que teme al pensamiento y por lo tanto no quiere cerca la reflexión ni el análisis abierto, que no tolera la crítica y ve a la autocrítica como un pecado capital, cuando atenta contra el statu quo.
Desde la cúspide del sistema, hacen que la mayoría de las personas vivan sus vidas al estilo “orden del día”, en donde los días se convierten en resúmenes acerca de un objetivo principal y los puntos a tratar durante las horas de un cronograma. Desde ese ámbito del quehacer diario, la función de la vida es establecer las expectativas (programadas), de los individuos en acción, estructurar tareas y mantener a todos en “buen camino” durante la agenda.
Esa es la consecuencia de un mundo mecánico al servicio de los que tienen el poder.
Una cosa es ser disciplinado y otra muy distinta es enajenar la reflexión, alejar el raciocinio, evitando que los individuos humanos puedan entender el mundo que le han diseñado, para que alcance a comprender su situación contextual y así pueda trabajar en su propio destino.
Lo que sucede con la vida mecánica que nos han impuesto, es que siempre la persona tiene que estar tras un objetivo al que hay que alcanzar, tarea tras tarea, no importa su edad ni su condición social. En el mundo mecánico no existe el “libre albedrio” más allá del discurso. Esto no quiere decir (que al hacer esta crítica), seamos militantes del anarquismo. Pero, duele ver que el objetivo tiene carácter de incuestionable importancia, aunque no forme parte de mis aspiraciones ni esté yo convencido de que beneficiará a la comunidad a la que pertenezco.
Lo peor de esta situación, es que, si nos colocamos en indiferencia frente a ese proceder, somos catalogados de rebeldes y nos marginan (sutilmente), como si fuéramos leprosos.
La sociedad; nuestra comunidad; la familia a la que pertenecemos y la academia a la que asistimos, pretenden que cuando lo que se ha colocado en la agenda es de “importancia capital’, no podamos cuestionar su “irremediable importancia” y debamos trabajar con todo nuestro esfuerzo y entusiasmo, para lograr alcanzar las metas que se sistematizan, asumiendo que es lo que nos conviene hacer, en beneficio propio de los demás.
Con gran eficacia, nos presentan un pliego de motivaciones, que proporcionan sentido a lo que estamos haciendo. El cuestionamiento se establece en veda (prohibición, veto, proscripción, interdicción, privación), convirtiendo en objetos a los individuos humanos de una manera cruel.
“Jugar el juego” es la razón de existir de un mundo mecánico, en donde se realiza lo que se nos ha encomendado como tarea sin cuestionar por qué, para qué, cuándo, cómo, dónde ni por qué tiene que ser así.
Por: Francisco Cruz Pascual.
