Es la triste historia de un país donde las leyes existen, pero se cumplen poco. Donde el populismo le gana a la autoridad y la indiferencia ciudadana se mezcla con la ineficiencia pública. Esa historia tiene nombre y dirección: República Dominicana.
En estos días de lluvias, tormentas y suelos saturados, volvemos a ver el mismo guion repetido: calles convertidas en ríos, barrios incomunicados, viviendas inundadas y familias que lo pierden todo. Cada vez que cae un aguacero fuerte, no solo se desbordan los ríos, también se desborda la falta de responsabilidad de todos: de las autoridades y de los ciudadanos.
Las inundaciones no son solo fenómenos naturales. Son, en gran parte, consecuencias de nuestras propias acciones. Cada funda de basura tirada en la calle, cada botella que lanzamos al conten o cada desperdicio que dejamos en la cuneta se convierte en un obstáculo para el agua que busca por dónde salir. Cuando esa basura tapa los drenajes, el agua no corre, se acumula, se eleva… y destruye.
Y lo más doloroso es que no se trata solo de pérdidas materiales. Se trata de vidas humanas. Las inundaciones se cobran víctimas: niños, adultos, animales arrastrados por la corriente. Muertes que pudieron evitarse con algo tan simple como un régimen de consecuencias que funcione, y una conciencia ciudadana que entienda que el orden no es un lujo, es una necesidad.
A esto se suma otra tragedia silenciosa: las alcantarillas sin tapas. Cada tapa robada y vendida como chatarra deja un hoyo abierto a la muerte. No se nos puede olvidar el caso de aquella niña que cayó en una alcantarilla en medio de una lluvia intensa. Su vida se salvó por la valentía de un joven del barrio, no por la acción de las autoridades que abandonaron su tarea.
Lo que está pasando en nuestro país no es solo una consecuencia del clima, sino de la dejadez. No hay mantenimiento preventivo, no hay educación ciudadana, no hay sanciones. Todo se deja “para después”, y cuando llega la tormenta, el caos nos encuentra desprevenidos… otra vez.
República Dominicana necesita despertar. No podemos seguir esperando que el agua se lleve cada vez más cosas para entender que el problema somos nosotros. Necesitamos autoridad que haga cumplir las reglas, ciudadanos que respeten el espacio público y un sistema de drenaje que funcione, no que colapse ante el primer aguacero.
Las lluvias no avisan, pero los errores sí. Cada tapa robada, cada zafacón que se desborda, cada basura lanzada a la calle es una advertencia ignorada. Y cuando no aprendemos, la naturaleza se encarga de recordárnoslo con dolor.
Atendamos la urgencia antes de la tormenta. Todavía estamos a tiempo.
Por Félix Correa
