RESUMEN
«Requiere menos esfuerzo intelectual condenar que pensar».
— Emma Goldman
En los últimos días, la opinión pública dominicana ha sido sacudida por las amenazas de publicación de un video íntimo presuntamente vinculado a una figura del Estado: y otros más. Aunque el contenido no ha sido verificado, el solo anuncio de su existencia, y la intención explícita de difundirlo con fines de malévolos debería encender todas las alarmas: no estamos ante un simple escándalo, sino ante un acto de violencia simbólica y moral profundamente corrosiva.
Estamos presenciando el uso de la intimidad como arma de destrucción masiva, una acción perversa que busca destruir a la persona, no rebate sus ideas ni evalúa su gestión. apela al morbo para manipular a la opinión pública, alimentando una cultura de escándalo que debilita la democracia y degrada la convivencia.
Incluso si el contenido del video fuera auténtico, difundir material íntimo sin consentimiento es una violación del derecho a la privacidad. Pero más allá de lo legal, el problema es ético y, sobre todo, educativo. Porque lo que estamos viendo no es solo un delito potencial, sino el reflejo de una sociedad que ha perdido el sentido del respeto por el otro.
Esto no lo resuelve solo una ley: lo resuelve la educación en valores.
El morbo no debería tener poder en una sociedad formada para la reflexión crítica y la empatía.
Pero cuando el escándalo se vuelve más atractivo que la verdad, y cuando la humillación ajena se convierte en entretenimiento viral, es claro que algo falla en nuestras casas, nuestras aulas, nuestros medios y nuestras redes sociales.
Además, cuando la víctima es una mujer en una posición de poder atacada por otra mujer, la herida es más profunda. Se rompe la sororidad, se refuerzan estigmas, y se perpetúa la idea de que el cuerpo femenino puede seguir siendo utilizado como arma. Esa traición entre mujeres no solo duele: deseduca, porque envía el mensaje de que todo vale con tal de destruir a la otra, incluso su intimidad.
No podemos seguir normalizando la violencia mediática disfrazada de “contenido de interés público”. La dignidad humana no puede estar sujeta a clics, likes ni tendencias. Y si como sociedad no reaccionamos ante estas formas de ataque, estamos formando generaciones que creerán que la crueldad es parte del juego político o social.
La ética no es un accesorio. Es un cimiento. Y educar en ética, desde la infancia hasta la vida adulta, es quizás la única manera de frenar este deterioro colectivo.
Porque si hoy celebramos o compartimos el morbo, mañana podríamos ser nosotros quienes suframos sus consecuencias. La privacidad, el respeto y la dignidad no deberían depender del cargo que alguien ocupe ni de su filiación política: son derechos humanos básicos. Y solo una sociedad educada, no solo instruida, puede entenderlo.
Por: Eddy Pérez.
