RESUMEN
La historia política del hemisferio occidental está marcada por una frase breve que, con el paso del tiempo, ha adquirido significados muy distintos: «América para los americanos». La expresión responde al principio político planteado en el mensaje al Congreso de los Estados Unidos de América pronunciado el 2 de diciembre de 1823 por el presidente James Monroe (1758-1831), texto que dio origen a la célebre «Doctrina Monroe», aunque la frase no figura en la pieza oratoria: aparece más adelante como una síntesis del pensamiento monroista. (1)
En su formulación original, aquella doctrina respondía a una coyuntura política muy concreta: el temor de que las potencias europeas intentaran restablecer su dominio sobre las antiguas colonias de España en la América Latina, especialmente las Antillas Mayores. La advertencia era clara: el continente americano no debía ser nuevamente objeto de colonización europea.
En ese contexto, la doctrina tenía un carácter que podría calificarse de defensivo. Estados Unidos se presentaba como garante de un nuevo orden hemisférico surgido de las independencias americanas. Sin embargo, la historia demostró que el significado de aquella consigna no permanecería inmutable.

Con el paso de las décadas, la expresión «América para los americanos» comenzó a adquirir una lectura muy distinta. La expansión territorial estadounidense del siglo XIX, inspirada en la ideología del Destino Manifiesto, fue el primer indicio de ese desplazamiento semántico. Bajo esa visión, dicho país estaba llamado —por designio histórico o incluso providencial, según el pensamiento de sus gobernantes— a expandirse por el continente. ¿En qué consistía esa ideología? Es la que sostiene que la nación estadounidense tenía una misión histórica de expandirse por el continente americano, llevando consigo sus instituciones, su sistema político y su modelo de sociedad. Es decir, su «estilo americano».
Ese espíritu expansionista se expresó tanto en acciones estatales como en aventuras privadas. Uno de los episodios más llamativos fue la expedición del mercenario de Nashville William Walker (1824-1860), quien llegó a proclamarse presidente de Nicaragua en 1856 tras aprovechar las divisiones internas del país. Aunque estas empresas no eran oficialmente políticas de Estado, reflejaban un clima ideológico que veía a Centroamérica y el Caribe como espacios disponibles para la influencia estadounidense.
El cambio decisivo llegó hacia finales del siglo XIX: la Guerra Hispano-estadounidense de 1898 marcó la entrada definitiva de Estados Unidos en la política del Caribe. Tras el conflicto, Puerto Rico pasó a ser territorio estadounidense, mientras Cuba quedó bajo una tutela política que limitaba su soberanía mediante la llamada Enmienda Platt, impuesta por EE.UU. a la primera Constitución de Cuba, limitando severamente su soberanía. Creo haberme referido a este triste episodio de la historia cubana en uno de mis artículos.

Pocos años después, el presidente de los Estados Unidos Theodore Roosevelt —en su «Discurso del Estado de la Unión» ante el Congreso el 6 de diciembre de 1904— formuló el «Corolario Roosevelt», (2) que es una enmienda a la «Doctrina Monroe», transformando radicalmente su sentido original de oposición al colonialismo en el continente de América. Según la visión de Roosevelt, Estados Unidos se arrogaba el derecho de intervenir en los asuntos internos de los países latinoamericanos cuando existieran situaciones de «crónica mala conducta» o incapacidad gubernamental.
En la práctica, aquello significaba que Washington se atribuía un papel de árbitro político y financiero del hemisferio. El rol de «Juez Todopoderoso». Las intervenciones en la República Dominicana, Haití, Nicaragua o Cuba durante las primeras décadas del siglo XX fueron manifestaciones concretas de esa visión política imperial. Así, la frase originalmente dirigida contra Europa terminó convirtiéndose, para muchos latinoamericanos, en el símbolo de una hegemonía regional.
Esa evolución histórica explica por qué la consigna ha sido objeto de numerosas reinterpretaciones críticas. La ambigüedad de la palabra «americanos» ha dado lugar a una pregunta inevitable: «¿A quiénes incluye realmente ese término?» A propósito de esta cuestión, me permito formular una breve reflexión irónica que resume bien el problema:
«América para los americanos». ¡Muy bien, Mr. Roosevelt! ¡Excelente! Pero eso no debería ser entendido como «América exclusivamente para los estadounidenses», porque entonces ¡no y no! ¡Así no se vale, Mr. Donald Trump! Esto es lo que va: «América para los centroamericanos, para los caribeños, para los norteamericanos y para los sudamericanos». ¡Así sí! Pero, repito, no así: «América exclusivamente para los estadounidenses». No, Mr. Trump.
Más allá de la ironía, en ese párrafo sugiero un punto fundamental: América no es una nación, sino un continente. En él conviven múltiples pueblos, culturas e historias que no pueden reducirse a la perspectiva de un solo Estado dominado exclusivamente por un grupo político que, con su descarada arrogancia y con una prepotencia de siglos, ha venido actuando en América Latina como la cúpula del poder absoluto, como si el continente entero fuese una prolongación natural de su poder y de su voluntad política, convencido —bajo una peligrosa ilusión providencial— de que la historia misma le ha conferido ese derecho de tutela sobre los demás pueblos de América y del resto del mundo, incluyendo a todo el Oriente Medio.
Pensadores latinoamericanos como José Martí ya advertían, a finales del siglo XIX, la necesidad de construir una conciencia continental propia. En su célebre ensayo «Nuestra América», (3) el gran amigo de los dominicanos Máximo Gómez y Federico Henríquez y Carvajal insistía en que los pueblos latinoamericanos debían conocerse a sí mismos para evitar caer bajo nuevas formas de dominación. «Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos», (3) dice el más ilustre de los hijos de Cuba.
Por consiguiente, ¡americanos somos todos! Desde Alaska hasta Cabo de Hornos. Es decir, los que habitamos los 35 países soberanos del continente americano.
CONCLUSIÓN
Arribo al final de esta reflexión histórica deteniendo mi mirada en el más prominente humanista dominicano de todos los tiempos y uno de los más representativos pensadores del continente americano: PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA.
Pedro, en su artículo «La doctrina peligrosa», publicado en el periódico El Mundo (México) el 3 de septiembre de 1923 —justamente un siglo después de la proclamación de la «Doctrina Monroe»— analizó con agudeza histórica el verdadero alcance de esa política formulada en 1823 por el presidente James Monroe. Subraya Henríquez Ureña que el sentido inicial de esa doctrina fue transformándose con el paso del tiempo, hasta convertirse, en la práctica política de Estados Unidos, en un instrumento que a veces sirvió para legitimar su predominio e intervención en los asuntos de otras naciones del continente.
Es por eso que el Maestro de América insiste en distinguir cuidadosamente entre la formulación histórica de la Doctrina Monroe y las interpretaciones posteriores que ampliaron su alcance más allá de la intención original del presidente James Monroe. Estoy seguro que son muchos los que coincidirán con su afirmación siguiente: «En la América Latina nadie se engaña». (4)
Sí, «América para los americanos». ¡Muy bien, Mr. Monroe! ¡Excelente, Mr. Trump! Pero no exclusivamente para los yanquis, sino para todos los pueblos soberanos del mundo americano.
NOTAS
(1) James Monroe. «Seventh Annual Message», December 02, 1823. Online by Gerhard Peters and John T. Woolley, The American Presidency Project https://www.presidency.ucsb.edu/node/205755 (Consulta: 15-03-26). A continuación, el fragmento del discurso de Monroe en el que el mismo formula el principio político que más tarde se resumiría popularmente como «América para los americanos», idea central de la llamada Doctrina Monroe:
El sistema político de las potencias aliadas es esencialmente diferente, en este aspecto, del de América. Esta diferencia procede de la que existe en sus respectivos gobiernos; y a la defensa del nuestro —que ha sido conquistado al precio de tanta sangre y tesoros, y perfeccionado por la sabiduría de nuestros ciudadanos más esclarecidos, y bajo el cual hemos disfrutado de una felicidad sin ejemplo— toda esta nación se halla consagrada.
Debemos, por lo tanto, en consideración a la franqueza y a las relaciones amistosas existentes entre los Estados Unidos y aquellas potencias, declarar que consideraríamos cualquier intento por parte de ellas de extender su sistema a cualquier porción de este hemisferio como peligroso para nuestra paz y seguridad.
Con las colonias o dependencias existentes de cualquier potencia europea no hemos interferido ni interferiremos; pero con los gobiernos que han declarado su independencia y la han mantenido, y cuya independencia hemos reconocido, después de una madura consideración y sobre principios justos, no podríamos contemplar ninguna intervención de una potencia europea con el propósito de oprimirlos o de controlar de cualquier otra manera su destino, sino como la manifestación de una disposición hostil hacia los Estados Unidos.
La expresión America for the Americans comenzó a utilizarse en la prensa y en el debate político estadounidense hacia la década de 1840, cuando la doctrina de Monroe empezó a ser citada con mayor frecuencia en discusiones sobre política continental. Es decir, la frase fue una interpretación política, como he dejado sugerido, posterior a su discurso. Dos dirigentes políticos estadounidenses son los responsables de la difusión de esa lapidaria frase: el republicano James G. Blaine (1830-1893), Secretario de Estado en la década de 1880 y promotor del panamericanismo bajo el liderazgo de los Estados Unidos; y el citado presidente republicano Theodore Roosevelt, con quien la fórmula América para los americanos se convirtió en una consigna política muy difundida, aunque en la práctica fue reinterpretada como América bajo la influencia de Estados Unidos.
(2) Con evidente arrogancia, Roosevelt dice: Lo único que este país desea es ver a los países vecinos estables, ordenados y prósperos. […] Si una nación demuestra saber actuar con razonable eficiencia y decencia en asuntos sociales y políticos, si mantiene el orden y cumple con sus obligaciones, no tiene por qué temer la injerencia de Estados Unidos. Las irregularidades crónicas, o la impotencia que conlleva un debilitamiento general de los lazos de la sociedad civilizada, pueden en Estados Unidos, como en otros lugares, requerir en última instancia la intervención de alguna nación civilizada, y en el hemisferio occidental, la adhesión de Estados Unidos a la Doctrina Monroe puede obligarlo, aunque a regañadientes, en casos flagrantes de tales irregularidades o impotencia, a ejercer un poder policial internacional. […] Solo intervendríamos en su caso como último recurso, y únicamente si resultara evidente que su incapacidad o falta de voluntad para impartir justicia, tanto en el país como en el extranjero, hubiera violado los derechos de los Estados Unidos o hubiera propiciado una agresión extranjera en detrimento de todas las naciones americanas. Theodore Roosevelt. «Roosevelt Corollary to the Monroe Doctrine», December 6, 1904. Recuperado en: https://teachingamericanhistory.org/library/document/roosevelt-corollary-to-monroe-doctrine/ (Consulta: 15-03-26)
(3) José Martí. Nuestra América. Prólogo y cronología: Juan Marinello; selección y notas: Hugo Achúgar. Caracas, Venezuela: Fundación Biblioteca Ayacucho, 2005. P. 31. Originalmente había sido publicado en La Revista Ilustrada de Nueva York (EE.UU.), el 10 de enero de 1891.
(4) En su artículo citado. Ver: PHU. Obras completas. Comp. y editor: Miguel D. Mena. Santo Domingo: Ministerio de Cultura, 2015. Vol. 8: pp. 25-28.
*El autor es Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la Rep. Dom. y Miembro Correspondiente y Consultor Bibliográfico de la Academia Dominicana de la Lengua. Es presidente-fundador del Centro Dominicano de Investigaciones Bibliográficas (CEDIBIL) y del Centro Dominicano de Estudios Hostosianos (CEDEH). Es autor de más de treinta títulos sobre historia y literatura dominicanas. Premio Casa del Escritor Dominicano 1994 por su libro Apuntes bibliográficos sobre la literatura dominicana (1993).
Por Miguel Collado*
