RESUMEN
Entre 1930 y 1960, el terror en Hato Mayor del Rey no vestía el uniforme de la Guardia, sino el harapo de un hombre fornido y de caminar torpe. Durante los días oscuros de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo Molina, la figura de Sepelea Peguero se erigió en la sección El Manchado como un sinónimo de horca y silencio.
Era el alcalde pedáneo, pero, en esencia, era el sicario que el régimen —pagado o no— había soltado sobre el pueblo.
Su encomienda era sencilla y brutal: castigar a los desafectos al régimen o a quienes cometieran el «delito» de robar, un castigo que Sepelea ejecutaba con una eficiencia macabra.
El Patíbulo del Kilómetro 7
El escenario de su horror era un lugar específico que todos temían: un árbol de Anacagüita, ubicado precisamente en la notoria «U», la curva del kilómetro 7, antes de llegar al vertedero municipal.
No hay registro exacto del número de almas que pasaron por el arma estirada de Sepelea en la Anacagüita, pero la fama mal ganada del verdugo se calculó en más de 60 víctimas.
A Sepelea se le conocía por sus señas de terror. Era de tez morena y vestía arapientos y sandalias hechas por él mismo con gomas de vehículo.
Pero el detalle más escalofriante era el lazo de majagua que siempre llevaba, como una advertencia silenciosa, sobre su hombro izquierdo.
Cuando los habitantes de El Manchado y Los Jíbaros veían aparecer a Sepelea montado en su caballo joco, el pánico se apoderaba de la comunidad.
Sabían, con certeza lúgubre, que al otro día un ahorcado amanecería en la Anacagüita.
Los muertos colgaban durante días bajo el frondoso árbol, una lección visible de Trujillo y su sicario.
El primer indicio no era el cuerpo, sino la llegada de las aves de carroña, las Mauras.
Al verlas, los lugareños sabían que «un cliente de la horca había sido sacrificado».
La gente no se atrevía a procurar a sus muertos, pues eso era exponerse a ser el próximo en pasar por el patíbulo.
Tal era el poder de su nombre, que bastaba con una frase para controlar a cualquiera que se estuviera portando mal en El Manchado: «Ahí viene o deja que venga Sepelea». El solo murmullo de su nombre liberaba miedo y terror en la comunidad.
El criminal andaba y ahorcaba solo, sin cómplices.
El solitario sicario se movía con sigilo sepulcral entre los bosques y caminos pantanosos, haciendo del terror su única compañía.
El legado enigmático
Lo paradójico de su crueldad es que el enigmático Sepelea acabó, de hecho, con los robos y el juego de azar en la comunidad donde le tocó vivir y obrar.
Mientras él gravitó en la zona, la crianza de aves domésticas y de animales como cerdos, chivos y vacas floreció y aumentó, pues nadie quería pasar por el patíbulo de la Anacagüita.
Tras el ajusticiamiento de Rafael Leónidas Trujillo Molina, se especula que Sepelea simplemente desapareció de la sección El Manchado.
Su final es tan incierto como el número exacto de sus víctimas.
La historia de Sepelea Peguero, un alcalde pedáneo convertido en la sombra más temida de la tiranía en Hato Mayor, es sin duda una pieza de la historia dominicana que merece ser rescatada.
Un relato digno de la cinematografía nacional, que ilustra hasta qué punto puede llegar el terror al servicio de un régimen.
Por Manuel Antonio Vega
