RESUMEN
En Derecho Penal siempre se ha hablado, se habla y se hablará de sentimientos nobles y de sentimientos innobles y es natural que ello sea así porque el Derecho Penal está destinado a regir a una sociedad y por eso se hace necesario cribar, en orden a fortalecer o a mantener o a disminuir, la represión del castigo que es la pena teniendo en cuenta la naturaleza noble o innoble del móvil que ha motorizado al autor de la infracción penal. En diferentes códigos penales se alude a ellos, por ejemplo el Código Penal Alemán vigente hace referencia a ellos; otros utilizan el término «sentimientos altruistas« y otros utilizan términos más o menos análogos, pero similares en cuanto al fondo de su significado.
Es claro que la falta de nobleza de una persona puede obedecer a diferentes causas y que esas diferentes causas se encuentran claramente identificables en la sociedad dominicana. Pero la causa que origina la innobleza del simulador o farsante es la más deleznable de todas. Un simulador es un farsante y el primer innoble en una sociedad lo es el simulador.
Ese repudiable trastorno de conducta que exhibe el simulador o farsante es el que causa más reprobación en toda sociedad, pues el simulador o farsante es un estafador social que, precisamente, por estafar a la sociedad daña profundamente el tejido social, al cual él se auto cree en capacidad de usar su contaminado escalpelo para interesar dicho tejido social en el sentido no del interés social, sino de sus intereses personales espurios.
Puede que el simulador tenga o no tenga una formación educativa sólida, pues su problema no es que tenga o no tenga educación, es que aunque la tuviera su problema es que sus actitudes son engañosas porque son meras poses que obedecen a diferentes motivos, entre ellos el interés de transmitir una falsa imagen en el seno de una sociedad, el de mantener una relación de pura conveniencia con alguien con capacidad de decidir en una sociedad para así traficar influencias u obtener sentencias favorables, por ejemplo, etcétera.
El simulador es el más licencioso de los miembros de una sociedad y, también, el más perverso y transmite el más pésimo de los ejemplos a la sociedad a la que pretende engañar con sus poses en realidad motorizadas por un interés que realmente no es el interés general, sino el interés particular suyo, su conveniencia. De tal suerte que es el personaje más dañino y lesivo en el seno social.
Su vicio, su imperfección, pretende hacerla pasar desapercibida pretendiendo hacer críticas que al primero que le encajan realmente es a él. Lo que hace es verse reflejado en el espejo y les atribuye a otros defectos que en realidad el primero que lo tiene es él. Cree que con su simulación y falsía puede burlar la expresión aquélla del nazareno.
Es la peor de las taras sociales, la impureza más conspicua de todas las impurezas. Se dedica a pretender menoscabar a personas de bien, a personas de valía, para sobre «el cadáver« de ésa persona pretender empinarse como un pretendido gigante de la moral, cuando en realidad no es que es un enano moral, sino que carece de la más mínima moral.
Lo que se observa es a un sujeto rebosante de ideas malvadas que giran alrededor de sus intereses particulares, de su ego y que quiere exponerlas en círculos sociales para causar menoscabo a personas de bien, para así hacerse el «gracioso«, hacer crecer su ego y hacer crecer su deleznable figura sobre la base de menoscabar al otro.
Gracias a su mimetismo, es decir, gracias a su simulación, una gran parte del conglomerado social no se apercibe de inmediato de que está compartiendo con un individuo que tiene una mal formación moral diseñada exclusivamente para ser perjudicial, dañino, y que así, poco a poco, va llevando al hastío, pues cada vez que abre la boca o escribe algo lo que hace es llevar perjuicio y malestar a cualquier otro que, a diferencia de él, si está lleno de nobleza.
El objetivo del simulador es marginar a aquellos contra los cuales se le ocurre disparar, pero, afortunadamente, con cada ataque, poco a poco, va dejando entrever el refajo y su verdadera faz y la consciencia social se va llenando de la convicción de que el que debe ser marginado es dicho simulador.
Con cada ataque, al simulador se le va soltando la lengua porque él cree que así apabulla al destinatario de sus comentarios inmundos y que, simultáneamente, obtiene preeminencia, pero ello tiene el efecto beneficioso de que así va revelando su obscura, su siniestra, su negra fisonomía.
Al simulador le gusta obtener obsequios (tráfico de influencias, decisiones, hospedaje, etcétera), obtener bondades de aquel a quien lisonjea o busca proteger con «defensas« (¿?) promiscuas y obscenas que ofenden el más elemental sentido moral, pero como el simulador se cree amo y dueño de la Moral él cree que puede jugar con ella como si esta fuera un yo-yo que él puede lanzar y jalar según su negra voluntad, acorde con su conveniencia medalaganaria.
La presencia del simulador en el medio social de nuestro país es señal permanente de la fea etapa de la degradación ética y moral a que se ha llegado, pues no tiene forma de sobresalir con el trabajo honrado y decente y mucho menos con el esfuerzo intelectual que requiere la función o la profesión a la que lamentablemente está vinculado y que le ha servido sólo para pisotear a otros por puras conveniencias personales, pues esas conveniencias personales son las que lo hacen permanecer listo para pretender ofender, ultrajar e infamar, olvidándose de que `ofende quien puede, no quien quiere`. El simulador, pues, dista mucho de ser elogioso, pues, en realidad, no es honroso. Cuando elogia, cuando «defiende« (¿?) lo hace por pura conveniencia personal, no por motivo honesto alguno.
Parte del agrietamiento y del resquebrajamiento del orden social dominicano se debe al espacio que, por la ocultación que le da su simulación, se le ha otorgado indebidamente al simulador, cuando en realidad la presencia de éste es denigrante, vejatoria y vilipendiadora de la sociedad totalmente.
La presencia del simulador en el medio social dominicano es la expresión concreta del colapso ético y moral de la sociedad dominicana, ya que el simulador cree que la Moral y la Ética son juguetes de su propiedad con los cuales él puede jugar para beneficiar sus intereses personales, a los cuales tiene el descaro y la desfachatez de pretender disfrazar de un supuesto interés general. El simulador se exhibe tanto con sus falsas poses que ha llegado al nivel de agotar la exhibición de su degradación, de su indecencia, de su obscenidad de su inmoralidad, de su podredumbre, de su deshonestidad, de sus mentiras, de su engaño, en fin de todo su pudrimiento.
Sobre esta materia de la simulación hay obras muy interesantes escritas, como la del famoso criminólogo argentino José Ingenieros y la de José María Ramos Mejía, cuya lectura sería de gran utilidad para el penalista que quiera profundizar en el sentimiento innoble que motoriza al simulador.
Por Lic. Gregory Castellanos Ruano
