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12 de febrero 2026
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Semana Santa: Entre la fe, el olvido y la hipocresía

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RESUMEN

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Cada año llega. Puntual, solemne, sagrada. Semana Santa. Y con ella, un país dividido entre los que cargan cruces en procesiones y los que cargan neveritas rumbo a la playa. Unos ayunan, otros se hartan. Unos lloran al Cristo crucificado, otros crucifican su hígado en nombre del «merecido descanso».

Dominicana se transforma en estos días. Se viste de blanco y púrpura, se llena de altares, de estaciones del vía crucis, de rezos públicos que suenan más a tradición que a convicción. Pero, al mismo tiempo, los colmadones no paran, los accidentes se disparan, los cuerpos aparecen flotando en ríos, y el luto toca muchas puertas sin aviso. Porque si algo nos cuesta es entender que la fe no es lo que se proclama en voz alta, sino lo que se practica en silencio.

Semana Santa es, para muchos, un cheque en blanco para desconectarse de todo. Pero pocos se preguntan de qué realmente quieren desconectarse. ¿Del trabajo? ¿Del ruido? ¿De sí mismos? Porque el silencio —el verdadero silencio— confronta, y es ahí donde muchos se sienten más inseguros. Es más fácil encender el reguetón que apagar el ego. Es más fácil embriagarse que enfrentarse a las preguntas incómodas que esta semana debería invitar a hacer.

Y no es que esté mal vacacionar. No es pecado querer descansar. El problema es que hemos convertido una semana de reflexión en una excusa colectiva para evadir responsabilidades, para vestirnos de espiritualidad mientras seguimos actuando con la misma indiferencia de siempre. Jesús muere cada año, pero nosotros no cambiamos ni una coma de nuestra historia. Seguimos siendo los mismos: los que juzgan con la Biblia en la mano y pecan con la otra. Los que oran por los pobres, pero votan por los mismos corruptos que los hunden más. Los que piden paz, pero callan ante la injusticia.

¿Qué pasaría si esta Semana Santa, en vez de buscar likes con frases religiosas, nos atreviéramos a vivir con coherencia? ¿Si en vez de ayunar pan, ayunáramos del chisme, de la doble moral, del odio al que piensa distinto? ¿Qué pasaría si en vez de ir al templo por costumbre, hiciéramos de nuestra vida un templo de verdad?

La cruz no fue solo un símbolo. Fue una elección. Y cada día nosotros también elegimos. Elegimos amar o despreciar. Mirar o ignorar. Callar o denunciar. Cada día, sin darnos cuenta, también decidimos a quién sacrificamos.

Ojalá que esta Semana Santa no pase como una fecha más. Ojalá que no haya que esperar otra muerte, otra tragedia, otra procesión de ataúdes para entender lo frágil que es la vida. Lo urgente que es vivir con propósito. Lo valiente que es actuar con fe real… aunque nadie nos esté mirando.

Porque de nada sirve recordar a un Cristo crucificado si no estamos dispuestos a resucitar con él.

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