El hombre es un ser social, como afirmaba Aristóteles, quien también exploró la naturaleza de las emociones y su influencia en nuestros juicios y percepciones.
Las emociones y los juicios hacen parte del entramado de nuestra vida moral. En esta época de la prisa, la ostentación y la competencia, la conexión entre las emociones y las reacciones físicas se difuminan en la complejidad de nuestra existencia.
La sociedad actual se enfrenta al dilema entre vivir y competir que trae como resultado la manifestación de emociones positivas como satisfacción, alegría, atracción, interés, gratitud, esperanza, amor, entusiasmo, deseo y placer; o emociones negativas como la frustración, impotencia, odio, rencor, intranquilidad, envidia, miedo, apatía, ira, aburrimiento, decepción, asco, tristeza y vergüenza.
Como resultado de las emociones negativas, múltiples afecciones psicológicas y síndromes sociales están dando origen a patologías físicas. Como respuesta han surgido los Laboratorios de Emociones, dirigidos al estudio de procesos y distorsiones cognitivas, concentrados en el campo de la inteligencia emocional.
De manera puntual, los laboratorios emocionales serían centros idóneos para evaluar el entorno familiar y el clima laboral que juegan un rol importantísimo en la gestión de factores que generan ansiedad y conflictos; reducir el estrés, conseguir armonía y mejorar las relaciones interpersonales.
Está demostrado que practicar el hábito de lectura es un remedio para las situaciones emocionales porque ayuda a tranquilizar el alma. Una recomendación personal es leer los cuatro acuerdos de Miguel Ángel Ruiz, resumidos en: sé impecable con tus palabras; no tomes nada como personal; no adivines ni supongas y haz siempre lo mejor que puedas.
Aunque los laboratorios emocionales todavía se circunscriben al área de investigación universitaria, ya es hora de que se implementen a nivel del sistema de salud pública como una opción viable para prevenir y tratar las condiciones de salud mental.
Por: Valerio García.
