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2 de enero 2026
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OpiniónAmerfi CáceresAmerfi Cáceres

SANA AL MUNDO: Dignos en la vida, indignos en la muerte

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La muerte de un policía es un evento trágico que suele tener un profundo impacto en la comunidad, la familia y la fuerza policial. Cuando un policía fallece en servicio, a menudo se le rinde un homenaje especial, que puede incluir funerales con honores policiales, donde se reconoce su entrega y servicio. Estos eventos suelen estar acompañados de desfiles, los toques de sirenas, las salvas de honor y, en algunos países, una bandera doblada que se entrega a la familia del oficial.

En este día asistí al funeral de un Mayor General, que, durante largo tiempo, (me dicen que en el 1967 ya era Sargento)—hasta el final de sus días— fue miembro activo de la Policía Nacional.

Don Luis José Mézquita, representaba todo aquello que idealizamos en un policía: Un oficial ejemplar, honesto, que actuó con rectitud en todas las situaciones, evitando cualquier forma de corrupción, soborno o conducta indebida, demostrando una moral intachable.

Respetuoso, cortés, empático, disciplinado y responsable.

Luis José Mézquita.

Apegado siempre a la ley y al fiel cumplimiento de su deber. Muchos lo buscaron cuando necesitaban consejos, asesorías, y él siempre estuvo dispuesto a servir, porque nació para eso.

No fue reconocido en vida, y fuimos indiferentes en su muerte.

La falta de consideración al no rendir el homenaje debido, a más que un policía, un ciudadano ejemplar, es una situación que puede generar un profundo malestar tanto en la comunidad como en las filas policiales. Los agentes de la policía, al igual que otros profesionales de los servicios públicos, arriesgan sus vidas diariamente para garantizar la seguridad y el bienestar de la sociedad. Cuando uno de ellos pierde la vida en cumplimiento del deber, es un acto de justicia y respeto recordar su sacrificio y honrar su memoria. Y esto fue notorio en su sepelio, cuando dos Mayor Generales pidieron la palabra, expresaron el dolor de no haber visto militares en toda la caravana fúnebre, pero que tenían aún la esperanza de encontrarse con un pelotón en el camposanto, algo que no ocurrió.

“Entonces de qué sirve darlo todo por la Patria si nuestras familias no podrán mostrar con orgullo nuestro sacrificio?”.

“Así como ignoraron a un hombre único como lo fue el comandante Mezquita, que podemos esperar nosotros?, tampoco seremos dignos de un reconocimiento por parte de la Institución, y eso es porque no caímos en lo que suelen caer aquellos que aman el dinero sucio”.

Así se expresaron los generales Contín y Saavedra.

Los homenajes a los policías caídos no solo son una muestra de aprecio hacia el individuo y su familia, sino también un reconocimiento al conjunto de la institución policial. Ignorar o minimizar este tipo de ceremonias puede ser percibido como un menosprecio hacia la labor de quienes, con valentía y dedicación, trabajan bajo condiciones de riesgo permanente.

 

El valor simbólico del homenaje

El homenaje póstumo tiene un valor simbólico que trasciende el acto ceremonial. Sirve para recordar a la sociedad que el trabajo policial no está exento de peligros y que el sacrificio personal es, en muchas ocasiones, parte de la ecuación para mantener la paz y el orden. Asimismo, fortalece los lazos dentro de la institución, recordando a los agentes que su labor es valorada y que, en caso de caer en el cumplimiento del deber, su esfuerzo no será olvidado.

Cuando una comunidad o autoridad omite rendir los honores correspondientes, se puede interpretar como una falta de solidaridad y empatía, no solo con la familia del fallecido, sino con todos los que forman parte de la fuerza policial. Esto puede generar descontento y desmotivación dentro del cuerpo, pues se percibe que los riesgos inherentes a la profesión no son debidamente reconocidos.

 

Impacto en la familia y los compañeros

Para la familia de un policía fallecido, el homenaje público es una forma de consuelo. La pérdida de un ser querido en circunstancias tan trágicas deja un vacío emocional difícil de llenar, pero ver que la comunidad valora y reconoce su sacrificio puede brindar una sensación de orgullo y pertenencia. Es un recordatorio de que su ser querido no murió en vano, sino en cumplimiento de una labor noble y necesaria.

Para los compañeros de trabajo, la falta de homenaje puede ser desalentadora. Ver que la vida de un colega no es valorada en su justa medida puede afectar la moral y la percepción de la importancia de su labor. Esto puede llevar a una disminución de la motivación y a una sensación de abandono por parte de las autoridades o la sociedad a la que sirven.

 

El rol de las autoridades y la sociedad

Las autoridades, ya sean locales, regionales o nacionales, tienen un papel crucial en la organización y promoción de estos homenajes. Deben asegurarse de que, cuando un agente de la ley pierde la vida en el ejercicio de su deber, se realicen ceremonias y actos conmemorativos apropiados que permitan a la comunidad expresar su respeto y gratitud. Esto también envía un mensaje claro a los demás policías: que su servicio y sacrificio son reconocidos y apreciados.

Por otro lado, la sociedad también juega un papel importante. Los ciudadanos deben recordar que los policías son individuos con familias, sueños y aspiraciones que, a menudo, ponen en pausa o sacrifican por el bien común. Participar activamente en los homenajes, ya sea asistiendo a los eventos o mostrando su apoyo de otras maneras, es una forma de agradecer el servicio de estos héroes anónimos.

En conclusión, la falta de consideración al no rendir homenaje a un policía fallecido no solo es una omisión de respeto hacia el individuo, sino también una falta de reconocimiento a la profesión en su conjunto. El sacrificio de quienes dedican sus vidas a proteger a la sociedad debe ser recordado y valorado, tanto por las autoridades como por los ciudadanos. Solo de esta manera se puede garantizar que la labor policial siga siendo vista como una vocación honorable y digna de respeto.

Ahora que se habla tanto de reforma policial, esta muerte no debió pasar desapercibida por la institución del orden.

 

POR AMERFI CÁCERES

*La autora es periodista, locutora, licenciada en leyes, empresaria y líder comunitaria.

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