Hay decisiones que se toman en frío, pero calientan la memoria colectiva. Esta ruptura diplomática con Venezuela no es cualquier formalidad burocrática: es el quiebre de una relación que por décadas fue puente, salvavidas y válvula de escape para nuestra fragilidad energética.
Quienes tienen memoria saben que la relación con Venezuela no empezó ni terminó con Petrocaribe. En los años 80, cuando la crisis económica y la falta de oportunidades empujaban a miles de dominicanos a emigrar, Venezuela era un faro de prosperidad en el Caribe. Se estima que en esa década había aproximadamente 37,000 nacionales dominicanos residiendo en Venezuela, muchos de ellos profesionales, según registros históricos consulares.
En el terreno político y comercial, las relaciones fueron históricamente cercanas. El comercio bilateral incluía combustible, productos agrícolas, manufacturas y hasta intercambios culturales. Cuando llegó Petrocaribe en 2005, ese lazo se fortaleció con un acuerdo que permitió comprar petróleo en condiciones preferenciales con pagos a largo plazo. Gracias a ese mecanismo, República Dominicana obtuvo financiamiento que, según datos hasta 2013, ascendía a unos 650 millones de dólares, con plazos de hasta 20 años y tasas del 1 % anual. Incluso, la deuda acumulada alcanzó 3,215 millones de dólares —equivalente a cerca del 24 % de la deuda externa dominicana—, de los cuales se había pagado aproximadamente el 52 %.
Basta con mirar atrás: las relaciones de Danilo Medina con Venezuela siempre fueron ejemplares, guiadas por un pragmatismo inteligente. Danilo entendió que la política exterior no se maneja desde la ideología, sino desde el interés nacional. Gracias a su liderazgo, ese canal de cooperación se mantuvo abierto, fortaleció la matriz energética, garantizó combustibles accesibles y sostuvo inversión social. No hubo sermones ni arrogancia; hubo visión.
Hoy, sin embargo, vemos a un gobierno que presume una “ruptura responsable”, pero ¿responsable para quién? Luis Abinader ha optado por alinearse con Washington y Bruselas, olvidando que en diplomacia no se rompen lazos centenarios. Su postura contra el gobierno venezolano, más que un acto de dignidad, parece una capitulación política que sacrifica beneficios tangibles por una narrativa fotogénica.
Ser crítico de modelos políticos está bien, pero usar la política exterior para pontificar desde nuestra pequeña isla, como si fuéramos jueces de la soberanía ajena, no es diplomacia: es imprudencia. Y esa imprudencia tiene un costo alto, sobre todo en un contexto energético tan volátil.
¿Dónde quedó el pragmatismo que nos permitió, durante la crisis global de 2008, financiar subsidios y suavizar el golpe económico gracias a Petrocaribe? ¿Dónde quedó la memoria de esos lazos que generaron empleo, energía y respaldo político regional? Hoy, mientras sube la gasolina y el déficit fiscal se agrava, cerrar esa vía de entendimiento con Caracas no es valentía: es un acto autoinfligido de daño estratégico.
Al final, el ciudadano común pagará la factura de esta diplomacia improvisada, que olvida la historia para brillar en fotos internacionales. La coherencia diplomática se construye defendiendo intereses nacionales, no buscando aplausos externos.
Fruto de esta ruptura, ahora tenemos que comprar petróleo en otros mercados, más caro, con fletes cada vez más insostenibles, y esa carga se traduce directamente en una gasolina más cara, con una tendencia inevitable a seguir subiendo.
Luis Abinader no rompió con Venezuela, rompió con el bolsillo del pueblo dominicano… y esa factura la vamos a pagar todos, más cara de lo que él imagina.
