El establecimiento de relaciones diplomáticas entre República Dominicana y China, impulsado por el expresidente Danilo Medina en 2018, fue motivo de polémica y crítica. Muchos, encabezados por el entonces candidato y actual presidente Luis Abinader, lo presentaron como una traición a la amistad con Taiwán y una jugada arriesgada frente a los intereses de Estados Unidos. Hoy, los hechos demuestran que fue un paso audaz y estratégico cuya visión rinde frutos palpables para el país.
Durante décadas, China se perfiló como un socio global clave, buscando ampliar su influencia a través de la inversión, la cooperación tecnológica y el comercio. La República Dominicana no fue ajena a este fenómeno y, tras formalizar su relación con Beijing —proceso iniciado timidamente desde la administración de Leonel Fernández—, comenzó a recibir propuestas y acuerdos que ningún gobierno anterior logró materializar con tal alcance. En apenas ocho meses, ambos países sellaban 18 acuerdos de cooperación en áreas clave: agricultura, energía, turismo, vivienda e infraestructura, con una proyección de inversión china cercana a los 10 mil millones de dólares en los próximos años.
Esta cooperación ya se traduce en realidades concretas: rehabilitación y modernización de puertos, proyectos de energía, sistemas hidráulicos, y, sobre todo, oportunidades inéditas de exportación para productos dominicanos como ron, mango, aguacate y café, que ahora pueden acceder a un mercado potencial de 1,300 millones de consumidores chinos. En el sector agropecuario, se han abierto puertas para el intercambio tecnológico y la capacitación de productores rurales, con planes para introducir semillas mejoradas, sistemas de riego moderno y prácticas de agricultura sostenible, elementos decisivos para la seguridad alimentaria y la competitividad internacional del país.
Negar estos avances sería ignorar el evidente fortalecimiento nacional resultante de una relación internacional bien gestionada. Aquellos que satanizaron la decisión —ya fueran rivales políticos o voces ancladas en el statu quo geopolítico— hoy ven desvanecerse sus argumentos frente al crecimiento de las exportaciones, la modernización de infraestructuras y la llegada de inversión fresca.
¿Han existido costos? Por supuesto. El fin de siete décadas de relaciones con Taiwán conllevó la pérdida de ciertos programas de cooperación y la incomodidad de Estados Unidos. Pero ningún proceso transformador está exento de desafíos. Lo importante es que la República Dominicana ha ganado autonomía de acción, visibilidad internacional —como el anhelado puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU—, y se ha abierto a nuevos horizontes comerciales y tecnológicos.
Hoy resulta indiscutible que apostar por China fue una jugada de futuro. El desarrollo dominicano no debe atarse a nostalgias ni temores, sino anclarse en estrategias que diversifiquen alianzas y multipliquen oportunidades para la gente común: productores, emprendedores y familias que ya sienten los beneficios de esta nueva dinámica. El reto gubernamental actual no es revisar el pasado con prejuicios de campaña, sino profundizar, negociar inteligentemente y asegurar que la relación traiga desarrollo sostenible, reglas justas y bienestar para todos.
Por: Iscander Santana.
