Ya no es solo una discoteca.
Ya no es solo un derrumbe.
Esto se convirtió en una herida abierta que se niega a cerrar.
La tragedia del Jet Set no terminó con los escombros. Apenas comenzaba.
Porque lo que se vino abajo no fue solo un techo, fue una parte de nuestra memoria colectiva. Y esta vez, no solo perdimos a desconocidos con nombres que quizás nunca sabremos pronunciar. Esta vez, perdimos a íconos. A leyendas. A voces que definieron generaciones.
Rubby Pérez.
“La voz más alta del merengue”, el hombre que nos hizo bailar con lágrimas en los ojos, murió haciendo lo que amaba: cantando. Y aún así, no merecía morir así.
Nadie lo merece.
Tampoco lo merecían Octavio Dotel, campeón de Grandes Ligas, o Tony Blanco, que dejó huella en Japón y en cada estadio que pisó. Murieron como cualquiera: esperando una canción más, un trago más, una noche más.
Todas las víctimas, padres que no volverán a ver a sus hijos, hijos que no volverán a ver a sus padres; amigos, hermanos, sobrinos…
Y nos dejaron a nosotros con una pregunta que retumba más que cualquier merengue:
¿Hasta cuándo vamos a normalizar lo evitable?
Las cifras ya no alcanzan.
Van más de 113 muertos.
Más de 160 heridos.
Y una lista que sigue creciendo con nombres que no estaban en el cartel, pero sí en la vida de alguien.
El país entero está de luto. Pero cuidado, que no nos pase como siempre: tres días de banderas a media asta y luego… el olvido.
Porque la muerte duele, pero el silencio duele más.
Y el silencio institucional, el silencio de la negligencia, el silencio del “esto se pudo evitar”… ese es el que mata dos veces.
Lo que está pasando no es un accidente. Es una consecuencia. De la falta de inspecciones. De la dejadez. De un sistema donde se lucra con el espectáculo, pero se invierte poco en la seguridad.
Y mientras tanto, nosotros seguimos llevando flores donde debería haber aplausos.
La comunidad internacional ha reaccionado. Colombia, EE.UU., Panamá, artistas de todas partes han enviado condolencias. Pero lo que necesitamos no son solo oraciones. Necesitamos memoria. Necesitamos acción.
Porque Jet Set era un ícono, pero también era una bomba de tiempo. Y nadie hizo nada.
Hasta que fue demasiado tarde.
Esto no es una historia más para archivar.
Esto es un país que está llorando a sus figuras, a su gente, a sus espacios, a su historia.
Y lo que no puede pasar es que esto se vuelva costumbre. Que aceptemos vivir en una tierra donde morir en una fiesta sea una posibilidad real.
Que no nos gane el olvido.
Que no pase otra semana sin que se exijan responsables.
Que no se quede sin justicia la última canción que se cantó esa noche.
República Dominicana está de luto.
Y si tú también lo sientes, no calles.
No permitas que la próxima tragedia nos vuelva a tomar por sorpresa.
Porque esta vez, no solo se cayó un techo.
Se nos cayó encima el país.
