RESUMEN
Las rendiciones de cuentas suelen medirse por la fuerza de sus cifras. Crecimiento, inversión extranjera, empleo, reducción de pobreza. Son datos necesarios. Pero el verdadero liderazgo de un país no se define por un año fiscal. Se define por la arquitectura estratégica que construye para la próxima generación.
En la reciente rendición de cuentas, el presidente Abinader presentó al Congreso un reporte en el que describió a la República Dominicana como un país con estabilidad macroeconómica, avances en infraestructura, modernización institucional y progreso en política social. En un contexto regional marcado por incertidumbre, ese equilibrio es un activo importante.
Sin embargo, cuando el crecimiento económico se sitúa en torno al promedio latinoamericano, la pregunta estratégica deja de ser cuánto crecemos y pasa a ser cómo estamos rediseñando el modelo bajo el cual crecemos.
La Meta RD 2036 propone duplicar el tamaño de la economía en una generación. Es una meta legítima. Pero duplicar el PIB no equivale automáticamente a alcanzar desarrollo estructural. El crecimiento, por sí solo, no rompe la trampa del ingreso medio, no corrige vulnerabilidades ambientales ni garantiza cohesión institucional.
Hoy, la competitividad no se mide únicamente en puntos porcentuales de expansión económica. Se mide en la capacidad de integrar sostenibilidad ambiental, cohesión social y calidad de gobernanza. Lo que el mundo denomina ESG no es una etiqueta financiera; es el nuevo lenguaje del riesgo y la inversión global.
Y ese lenguaje se vuelve aún más relevante cuando el entorno internacional se torna inestable.
En los últimos dos días, el panorama geopolítico global se ha tensado con un nuevo episodio de confrontación entre Estados Unidos, Israel e Irán en Medio Oriente. Aunque el conflicto tiene su epicentro lejos de nuestro país, ya se observan efectos iniciales en los mercados energéticos y financieros. Los precios del petróleo y del gas han mostrado fluctuaciones, los flujos de capital global se han reorientado hacia activos considerados más seguros y se percibe un aumento en la cautela entre inversionistas internacionales.
Este tipo de tensiones internacionales, por más lejanas que parezcan geográficamente, tiene la capacidad de influir de inmediato en precios de materias primas, costos logísticos y percepción de riesgo global. Factores todos que inciden directamente en economías como la nuestra, altamente integradas a los mercados internacionales y dependientes de importaciones energéticas.
No se trata de alarmismo. Se trata de reconocer que el mundo es hoy más volátil, más interconectado y menos previsible.
Ese contexto obliga a elevar el estándar de nuestra planificación nacional.
Si la República Dominicana aspira a consolidarse como plataforma estratégica del Caribe (tanto logística como tecnológica) debe asumir el marco ESG como política de Estado, no como discurso sectorial.
El discurso presidencial incluyó piezas relevantes: turismo sostenible, transición hacia sectores tecnológicos, lucha contra la corrupción y modernización administrativa. Son avances importantes. Pero todavía aparecen como iniciativas independientes, no como una arquitectura integrada de sostenibilidad nacional.
La oportunidad estratégica del país es clara.
Vivimos en una región altamente expuesta a choques climáticos, volatilidad fiscal y fragilidad institucional. En ese escenario, la estabilidad dominicana puede convertirse en ventaja competitiva estructural si se convierte en diseño institucional permanente.
Podemos ser hub logístico entre América del Norte, Centroamérica y el Caribe. Podemos atraer industrias tecnológicas emergentes. Pero para liderar el Caribe no basta con atraer inversión; hay que ofrecer previsibilidad incluso en escenarios de tensión global.
Ser previsibles implica integrar formalmente la gestión de riesgos (incluido el geopolítico y energético) en la planificación fiscal y presupuestaria. Implica desarrollar una taxonomía verde que canalice financiamiento sostenible hacia infraestructura resiliente. Implica vincular educación técnica y superior con las industrias tecnológicas que buscamos atraer. Implica reducir la informalidad estructural mediante simplificación real y acceso a crédito productivo. Implica consolidar sistemas de transparencia y medición comparables con estándares internacionales.
La estabilidad no puede depender únicamente de la coyuntura política. Debe convertirse en arquitectura institucional.
El Caribe necesita un ancla de previsibilidad. Un país que combine apertura económica con reglas claras, disciplina fiscal con resiliencia ambiental, cohesión social con innovación productiva.
República Dominicana tiene las condiciones para asumir ese rol. Pero hacerlo exige coherencia estratégica. Exige que Meta RD 2036 evolucione de meta cuantitativa a modelo estructural de desarrollo sostenible, capaz de anticipar y gestionar riesgos antes de que se conviertan en crisis.
Porque la verdadera pregunta ya no es si creceremos más que el promedio regional el próximo año.
La verdadera pregunta es: ¿Estamos construyendo un país capaz de resistir el próximo choque global sin perder estabilidad, sin sacrificar cohesión social y sin comprometer su futuro fiscal?
El liderazgo regional del siglo XXI no se define por el tamaño de la economía. Se define por la calidad de sus reglas, la solidez de sus instituciones y la capacidad de adaptación frente a escenarios inciertos.
Cuando el crecimiento no es extraordinario, la estrategia debe serlo. El desafío no es solo crecer más. Es crecer con resiliencia. No es solo atraer capital. Es generar confianza estructural. No es solo construir obras. Es consolidar instituciones que funcionen incluso cuando el entorno internacional se torna adverso.
Si logramos integrar productividad, sostenibilidad, gobernanza y gestión estratégica del riesgo global bajo una misma visión, la República Dominicana no solo duplicará su economía hacia 2036. Podrá convertirse en la referencia estratégica del Caribe.
Y en un mundo donde la incertidumbre ya no es excepción sino norma, esa podría ser nuestra mayor ventaja.
Ese es el verdadero reto.
Y ese es el momento de cambiar el chip.
