RESUMEN
Con el Renacimiento, la política inició una ruptura epistemológica con la teología y la metafísica escolástica. Nicolás Maquiavelo, al observar la experiencia histórica de las repúblicas italianas y del principado, colocó la acción del gobernante en el centro del análisis y separó el juicio moral del juicio estratégico. El príncipe virtuoso no es el moralmente intachable sino el eficaz: aquel que, según las circunstancias, combina la fuerza, la astucia y la prudencia para conservar el poder y garantizar la estabilidad del Estado. Esta innovación metodológica —estudiar la política tal como es y no como debería ser— marca el nacimiento de la Ciencia Política moderna y el punto de partida del realismo político.
El realismo maquiaveliano no glorifica la violencia; la instrumentaliza dentro de una gramática de la necesidad. La fortuna y la virtud describen un campo de probabilidades y de agencia en el que el gobernante, lejos de ser un mero depositario de preceptos morales, es un estratega que administra riesgos. Por eso, Maquiavelo revaloriza la “razón de Estado” y las instituciones mixtas, sabiendo que el conflicto es constitutivo de la vida política. Su legado es doble: una teoría del liderazgo en situaciones adversas y una teoría institucional que asume el conflicto como motor del orden.
En el siglo XVII, Thomas Hobbes profundiza el giro moderno explicando por qué una autoridad soberana es condición de posibilidad de la paz civil. En el estado de naturaleza —un modelo hipotético— la ausencia de un poder común lleva a una situación de desconfianza radical, en la que la vida es “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”. Para escapar de esa dinámica, los individuos pactan un contrato mediante el cual autorizan a un soberano a concentrar el poder de coacción. El Leviatán no es un capricho autoritario, sino la tecnología jurídica que convierte voluntades dispersas en un orden político capaz de asegurar vida y propiedad.
La teoría hobbesiana redefine la soberanía como autoridad indivisa y final dentro del orden civil. Ello inaugura una comprensión moderna del Derecho Público: la ley deja de ser una derivación directa de un orden moral trascendente y pasa a ser el mandato de una autoridad legitimada por el consentimiento. Aunque críticos posteriores objetaron su absolutismo, Hobbes instaló preguntas permanentes sobre el equilibrio entre seguridad y libertad, obediencia y resistencia, y la naturaleza del poder constituyente.
Maquiavelo y Hobbes convergen en una intuición estructural: el problema político fundamental es el del orden en contextos de incertidumbre. El primero responde con una teoría de la virtud política y del diseño institucional que domestica la fortuna; el segundo, con una teoría del contrato y de la soberanía que pacifica el conflicto originario. Realismo y contractualismo, lejos de excluirse, constituyen dos vías complementarias para pensar la fundación y conservación del Estado.
Para el Derecho Constitucional y Administrativo contemporáneos, estas tesis siguen siendo operativas. El constitucionalismo no puede prescindir del dato maquiaveliano —la política real y sus incentivos— ni de la premisa hobbesiana —la necesidad de un poder eficaz para asegurar bienes públicos básicos—. La legitimidad democrática se erosiona si el poder es impotente para producir seguridad, pero también se degrada si la eficacia desconoce límites, controles y derechos. La clave está en instituciones que articulen mando y control, autoridad y responsabilidad, previsión y adaptabilidad.
Desde la Ciencia Política, ambas tradiciones invitan a un análisis empírico y normativo a la vez: medir capacidades estatales, mapear coaliciones, identificar reglas del juego y, simultáneamente, justificar límites jurídicos que protejan la libertad. El realismo sin normatividad degeneraría en cinismo; el normativismo sin realismo, en ingenuidad. El arte de gobernar requiere de ambas lentes, especialmente en sociedades plurales y altamente mediadas por tecnologías de información.
En síntesis, el Renacimiento y la Modernidad temprana, a través de Maquiavelo y Hobbes, nos legan una caja de herramientas para comprender el poder, diseñar instituciones y juzgar la acción gubernamental. Analizar la política “sin velos teológicos”, como exigían, no significa abandonar la ética, sino someterla a la prueba de la realidad y de las consecuencias. Solo así la Ciencia Política y el Derecho Público pueden responder a su vocación: preservar la libertad en el marco de un orden capaz de proteger la vida común.
Por José Manuel Jerez
