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16 de enero 2026
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OpiniónJulio Samuel Sierra GómezJulio Samuel Sierra Gómez

Reimaginar la cultura: La oportunidad histórica de la República Dominicana

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RESUMEN

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República Dominicana vive un punto de inflexión en materia cultural. Lo que durante años ha sido un discurso —la necesidad de fortalecer la institucionalidad, ampliar el acceso y proyectar más lejos la identidad nacional— hoy demanda acciones concretas. La región ofrece ejemplos suficientes para comprender que la cultura no es un lujo ni una pieza ornamental del Estado, sino un motor social, educativo y económico capaz de transformar comunidades completas.

Colombia, Perú y Brasil han demostrado que cuando los ministerios de cultura asumen un rol activo, estratégico y descentralizado, el país completo se beneficia. A partir de esas experiencias, se vuelve evidente que la cultura dominicana puede avanzar con pasos firmes si se articula una visión que integre formación, infraestructura, digitalización y protección del patrimonio.

El primer paso pasa por las comunidades. La formación artística en barrios y provincias no solo abre espacios de desarrollo para los jóvenes; crea ciudadanía, fortalece el sentido de pertenencia y reduce brechas. Entender la cultura como un derecho —y no como una actividad exclusiva de ciertos públicos— es fundamental para cualquier transformación profunda.

De igual modo, urge descentralizar. Crear circuitos culturales regionales permitiría que museos, festivales, centros históricos y casas de cultura dialoguen entre sí, generando turismo interno y dinamizando economías locales. La cultura debe ocupar el territorio de manera natural, no forzada ni centralizada.

Otra pieza clave son los fondos concursables. Allí donde existen, han demostrado ser herramientas efectivas para profesionalizar el sector y estimular propuestas innovadoras. Para el país, significaría abrir un camino de transparencia e impulso a las industrias creativas, una de las áreas con mayor potencial de crecimiento.

La infraestructura cultural también requiere la atención que merece. Teatros, bibliotecas y museos necesitan modernización, accesibilidad y tecnología. Espacios vivos, funcionales e inclusivos crean públicos más amplios y fortalecen el ecosistema artístico.

A esto se suma la urgencia de apostar por la cultura digital. La digitalización del patrimonio, las plataformas educativas y las exhibiciones virtuales no son un lujo moderno: son una necesidad para que la cultura llegue a todos, incluidos los dominicanos en la diáspora.

El fortalecimiento de la presencia internacional de nuestros artistas es otra oportunidad que no puede seguir pendiente. La participación en residencias, ferias y bienales no solo proyecta talento; construye una narrativa cultural robusta que posiciona al país de forma más competitiva.

Si esa visión no se integra a la educación, cualquier esfuerzo se quedará corto. La formación artística en las aulas es una herramienta probada para elevar la creatividad, el pensamiento crítico y el sentido de identidad desde edades tempranas.

Finalmente, proteger y valorizar el patrimonio —material e inmaterial— es mucho más que conservar objetos o tradiciones: es asegurar que las futuras generaciones comprendan quiénes somos y de dónde venimos.

República Dominicana tiene el talento, la historia y la diversidad cultural necesarias para una política cultural mucho más ambiciosa. Lo que falta es cohesión, claridad estratégica y la determinación de impulsar una agenda que vea en la cultura no una obligación administrativa, sino una gran oportunidad nacional.

El país está listo. La cultura también. Solo se necesita voluntad y capacidad para encaminar un proyecto que coloque a la República Dominicana en el lugar cultural que merece.


Por Julio Samuel Sierra

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