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20 de enero 2026
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OpiniónMiguel ColladoMiguel Collado

Reflexionando en torno a las injustas omisiones en los premios Nobel y Nacional de Literatura

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RESUMEN

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PREÁMBULO

No siempre el valor literario de una obra se corresponde con su reconocimiento institucional. La historia de los grandes premios de literatura está llena de decisiones que han dejado fuera a figuras fundamentales, ya sea por razones ideológicas, estéticas, políticas o meramente circunstanciales. 

A menudo, quienes construyen el canon oficial —ya sea desde una academia, un ministerio o una fundación— lo hacen desde filtros que poco tienen que ver con la profundidad o trascendencia de la escritura. 

Cabe reconocer que, a través de la historia, los premios literarios han cumplido una doble función: por un lado, reconocen trayectorias y obras destacadas; por otro, construyen y refuerzan un canon. Sin embargo, esa segunda función ha derivado muchas veces en una práctica excluyente, donde las decisiones tomadas por unos pocos adquieren una autoridad que a menudo deja fuera a quienes más la merecían. Las omisiones —a veces deliberadas, otras inexplicables— se vuelven así heridas abiertas en la memoria cultural.

Esta reflexión surge como una necesidad de revisar, con espíritu crítico pero respetuoso, algunas de las omisiones más notorias tanto del Premio Nobel como del Premio Nacional de Literatura en la República Dominicana. Más que un reclamo, es un ejercicio de memoria cultural y una invitación a la autocrítica institucional.

DEL PREMIO NOBEL DE LITERATURA (Otorgado desde el 1901)

El Premio Nobel de Literatura, símbolo máximo de consagración en el mundo de las letras desde el 1901, tiene su propio historial de ausencias incomprensibles. Escritores europeos, estadounidenses y asiáticos de renombre universal, con una sólida obra literaria que los hacían candidatos indiscutibles, nunca lo recibieron. 

Citamos, en estricto orden cronológico,  algunos nombres a modo de ejemplo: León Tolstói (1828-1910), Emile Zola (1840-1902), Benito Pérez Galdós (1843-1920), Miguel de Unamuno (1864-1936), Ramón María del Valle-Inclán(1866-1936), Marcel Proust (1871-1922), Lu Xun (1881-1936), James Joyce (1882-1941), Virginia Woolf (1882-1941), Franz Kafka (1883-1924), Federico García Lorca (1898-1936), Lao She (1899-1966), Vladimir Nabokov (1899-1977), Shen Congwen (1902-1988), Graham Greene (1904-1991), J. D. Salinger (1919-2010), Yukio Mishima (1925-1970), Philip Roth (1933-2018) e Italo Calvino* (1923-1985), nunca lo recibieron. 

En nuestra América hispánica tampoco fueron reconocidos con el Nobel, aunque también lo merecían: Rubén Darío (1867-1916), Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), Alfonso Reyes (1889-1959), César Vallejo (1892-1938), Jorge Luis Borges (1899-1986), Alejo Carpentier (1904-1980), Lezama Lima (1910-1976), Adolfo Bioy Casares (1914-1999), Julio Cortázar (1914-1984) y Carlos Fuentes (1928-2012).

Las razones que suelen alegarse son diversas: posturas políticas incómodas, estilos demasiado rupturistas, cosmopolitismo excesivo o simplemente prejuicios por parte de los miembros de la Academia Sueca. Dolorosamente, hay que decir que en muchos casos el criterio literario ha sido fue desplazado por factores muy alejados de lo verdaderamente literario.

DEL PREMIO NACIONAL DE LITERATURA DE LA REPÚBLICA DOMINICANA

Ese fenómeno no es exclusivo del ámbito internacional. En la República Dominicana, el Premio Nacional de Literatura, establecido en 1990, ha reproducido en menor escala patrones similares. Aunque ha honrado a escritores de gran valía, también ha dejado fuera —y de forma definitiva, por haber fallecido— a autores esenciales de nuestras letras, cuya contribución estética, ética e intelectual resulta indiscutible. 

Entre 1994 y 2025 han sido varios los escritores representativos de la literatura dominicana fallecidos que, a nuestro parecer, reunían los méritos necesarios para recibir dicho galardón: Freddy Gatón Arce (1994), Aída Cartagena Portalatín (1994), Enriquillo Sánchez (2004), Pedro Peix (2015), Alexis Gómez Rosa (2019), René Rodríguez Soriano (2020), Norberto James Rawlings (2021) e Iván García Guerra, fallecido en este 2025 que transcurre.

No es fácil justificar por qué ninguno de ellos fue reconocido en vida con el más alto galardón de las letras dominicanas. Sus obras no solo tienen peso literario, sino que han incidido profundamente en el pensamiento cultural y crítico del país. Aída Cartagena Portalatín, por ejemplo, fue una de las voces más lúcidas y modernas del siglo XX dominicano, y su exclusión resulta hoy, más que una omisión, un despropósito histórico. El caso de Gatón Arce, también deja sorprendido al menos ducho en materia literaria.

Lamentablemente, el posicionamiento social y las estrategias de autogestión de los autores son factores que han jugado su rol en la toma de decisiones del jurado, en ocasiones por encima del valor intrínseco de la producción literaria de los favorecidos. La cercanía a ciertos círculos académicos, institucionales o ideológicos ha sido, en más de un caso, el pasaporte más efectivo hacia la premiación. El resultado ha sido un mapa literario parcial, en el que las voces incómodas, disidentes o simplemente menos visibles hayan quedado al margen. ¡Silenciadas!

No se trata de desmerecer a quienes sí han sido premiados merecidamente, sino de advertir que toda selección, por su misma naturaleza, implica exclusión. Y cuando esa exclusión se repite, se convierte en un patrón de injusticia. La historia literaria necesita una mirada crítica que no mitifique los premios, pero que sí los valores en su justa dimensión sin dejar de cuestionar sus fallas y silencios imperdonables.

La literatura no nace ni muere con los galardones. Pero el reconocimiento —o su ausencia— influye en la preservación de una obra, en su difusión, en su estudio, en su lugar en la memoria colectiva. Reflexionar sobre las omisiones injustas es, por tanto, un deber ético y cultural y en esa línea de pensamiento se inscribe este discurso reflexivo nuestro. Es una forma de decir que el canon oficial no siempre representa la totalidad ni lo mejor de una tradición. Y es también una forma de rendir tributo a aquellos cuya grandeza literaria no fue proclamada ni con diplomas ni con premios en metálico, pero permanece, imborrable, en la memoria y en el tiempo.

UNA INVITACIÓN A LA AUTOCRÍTICA INSTITUCIONAL

Es oportuno recordar que el jurado del Premio Nacional de Literatura dominicano está integrado por las máximas autoridades académicas de varias universidades del país, junto a representantes del Ministerio de Cultura, de la Academia Dominicana de la Lengua y de la Fundación Corripio. Esa composición otorga legitimidad al premio, pero también una enorme responsabilidad histórica. En sus decisiones no solo se consagra una obra, sino que se construye —o se fragmenta— el canon literario nacional.

Por ello, esta reflexión aspira humildemente a ser una invitación a la autocrítica institucional. A revisar los criterios que han guiado las selecciones pasadas, a repensar el equilibrio entre el mérito literario y las dinámicas del poder cultural, y, sobre todo, a reconocer que toda omisión sistemática empobrece nuestra memoria colectiva.

No pretendemos reescribir el pasado, pero sí de no repetir sus silencios. Tal vez sea tiempo de abrir espacios para reconocer, de manera simbólica y póstuma, a figuras que merecieron ese galardón en vida. Tal vez sea hora de propiciar un debate público sobre los criterios de premiación y de ampliar los canales de consulta al interior de la comunidad literaria. Incluso hacer de conocimiento público las bases que sustentan el otorgamiento del premio. 

La grandeza de una institución también se mide por su capacidad de rectificar, de dialogar con su tiempo y de honrar, con justicia, a quienes engrandecieron la palabra escrita. El silencio no puede seguir siendo la respuesta ante los méritos ignorados.

RECOMENDACIÓN DE UN CANDIDATO AL PREMIO NACIONAL DE LITERATURA

En nuestra doble condición de estudioso de la literatura dominicana y de presidente-fundador del Centro Dominicano de Investigaciones Bibliográficas (CEDIBIL) consideramos que el destacado hombre de letras José Rafael Lantigua merece ser reconocido con el Premio Nacional de Literatura 2026. Tanto por su trayectoria literaria de larga data como crítico, como poeta y como promotor literario— como por su magisterio en el ámbito cultural. Es el paladín del libro dominicano por haber sido el creador de la feria internacional del libro de Santo Domingo, establecido ya como el más importante evento cultural de la República Dominicana.

Como escritor, Lantigua ha cultivado la poesía, el ensayo y la crítica literaria con profundidad, con acierto y estilo propio; como promotor cultural, su labor ha sido sostenida, lúcida y generosa: desde la dirección del suplemento cultural «Biblioteca» de los periódicos Última Hora y Listín Diario sus innumerables artículos críticos y reseñas bibliográficas constituyeron, durante dos décadas, lecturas obligadas de fin de semana en el mundo cultural dominicanohasta su extraordinaria gestión administrativa al frente del Ministerio de Cultura, él ha sido un agente activo del pensamiento, del debate de las ideas literarias y culturales, en la República Dominicana.

Como defensor del libro dominicano, nadie ha superado su batallar en ese sentido. Ha sido un indiscutible impulsador de políticas públicas en favor de la lectura, de la publicación y la internacionalización de la literatura dominicana, convirtiéndose en uno de los más firmes promotores de la bibliografía nacional. Por su admirable coherencia en la exposición de sus ideas literarias y culturales, por ser un hombre de palabra y acción en el ámbito de las letras, es un referente intelectual de gran valor.

Por todo lo expuesto, insistimos en nuestra sugerencia de que el jurado seleccionador del Premio Nacional de Literatura valore con justicia y visión de país el nombre de José Rafael Lantigua y el 26 de enero del año 2026 le otorgue el Premio Nacional de Literatura correspondiente a ese año. Su fecunda labor como poeta, crítico, ensayista, periodista cultural y promotor incansable del libro dominicano lo convierte, sin duda, en un candidato idóneo para recibir tan relevante galardón literario por su trayectoria literaria de toda su vida. Reconocer su figura sería, al mismo tiempo, un acto de justicia y un tributo al poder transformador de la palabra escrita. Así opinamos con la convicción que nace del conocimiento y el respeto por la trayectoria ajena.

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*Considerado italiano a pesar de haber nacido en Santiago de las Vegas (La Habana, Cuba) el 15 de octubre de 1923.

Por Miguel Collado

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