RESUMEN
Considero necesario expresar una reflexión serena pero firme sobre un hecho ocurrido el pasado viernes, que lamentablemente revela conductas impropias en el entorno inmediato del presidente Leonel Fernández. He decidido hacer una breve pausa en la publicación de la serie de artículos sobre la Junta Central Electoral, precisamente para poner de relieve un asunto que trasciende lo personal y toca el plano de la institucionalidad política y del debido trato entre colaboradores de un liderazgo nacional.
El lunes anterior, luego de la puesta en circulación de una obra literaria, el presidente Leonel Fernández tuvo la gentileza de saludarme y recordarle que teníamos una conversación pendiente. Con la amabilidad que lo caracteriza, me explicó que los compromisos derivados del fallecimiento de su tía y la organización de la “Marcha del Pueblo” habían impedido concretarla. Acto seguido, me indicó personalmente que podía pasar por su oficina el viernes al mediodía para sostener la referida reunión, sugiriéndome además contactar a su asistente personal, como en efecto hice esa misma noche.
El pasado viernes, puntualmente y con el respeto debido, acudí a la oficina para cumplir con la cita indicada por el propio presidente. Sin embargo, al escribir al asistente de manera cortés para anunciar mi llegada, recibí una respuesta sorprendentemente desconsiderada. En tono soberbio e injustificado, se me informó que existía una “lista” y que mi nombre no figuraba en ella, razón por la cual no sería recibido. Peor aún, ante mi solicitud de que al menos informara al presidente de mi presencia —pues había sido él quien fijó la fecha— su negativa fue categórica: “No, no voy a molestarlo con eso”.
No es necesario abundar para comprender que tal comportamiento no solo resulta improcedente e irrespetuoso hacia mi persona, sino que trastoca las formas elementales de urbanidad política y de manejo de la investidura de un expresidente de la República. Leonel Fernández, líder de la oposición y figura de trascendencia histórica en nuestro país, se caracteriza por un trato afable, respetuoso y cuidadoso hacia todos los ciudadanos. Sería injusto asociar su comportamiento al accionar impropio de un colaborador que, lejos de facilitar los vínculos con la ciudadanía y con quienes aportamos al proyecto político, los entorpece con actitudes innecesariamente altisonantes.
Un asistente personal de un expresidente no es un filtro arbitrario ni un cerco de soberbia. Es, por el contrario, un custodio de la buena imagen de su superior, un garante de la comunicación efectiva y un facilitador de la interacción institucional. Su rol exige prudencia, cortesía, discreción, capacidad diplomática y, sobre todo, un profundo respeto hacia quienes colaboran, aportan ideas o muestran interés por contribuir a la causa política que representa su superior.
Quien ocupa una posición de tanta proximidad con un líder político debe entender que no actúa en nombre propio, sino en representación de la figura a la cual sirve. Sus palabras, gestos y decisiones impactan directamente la percepción pública y la calidad de las relaciones políticas. Cuando un asistente personal incurre en actitudes descorteses, no solo desluce su propia conducta, sino que —de manera involuntaria pero real— puede comprometer la imagen de quien le confió esa responsabilidad.
Mi compromiso con el presidente Leonel Fernández, con sus ideas y con el proyecto político que encarna, es de larga data, demostrado en el terreno académico, político y comunicacional. Por ello, más que una queja personal, esta reflexión constituye un llamado a la necesaria profesionalización del trato y del protocolo en los entornos de liderazgo. No existe justificación para que una persona que presta servicios tan delicados responda con arrogancia, menos aún cuando se le solicita un acto tan elemental como comunicar una presencia anunciada y autorizada por el propio líder.
El liderazgo moderno exige equipos a la altura de sus responsabilidades. Un liderazgo que aspira a conducir la nación transita siempre por el camino de la cortesía, el respeto y la apertura al diálogo. Esa debe ser la conducta esperada —y exigida— de quienes acompañan al presidente Fernández en su labor política. No albergo duda de que estos hechos, debidamente conocidos, servirán para fortalecer los estándares institucionales que siempre han distinguido al presidente.
Por mi parte, mantengo mi respeto, mi admiración y mi compromiso intelectual y político con la visión que representa Leonel Fernández. Este episodio, aun lamentable, no altera ese compromiso; pero sí hace imprescindible subrayar que la grandeza de un liderazgo también se refleja en la conducta de quienes lo asisten. En un momento en que el país demanda altura en la vida pública, es imperativo recordar que el respeto no es un gesto protocolar: es un valor democrático.
