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2 de enero 2026
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OpiniónJimmy Rosario BernardJimmy Rosario Bernard

Radiación inalámbrica: Ciencia, duda y precaución

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Hoy en día, estamos rodeados de señales invisibles: Wi-Fi, antenas 5G, móviles y smartwatches. Estas tecnologías nos conectan, pero surgen dudas sobre si es seguro estar expuestos constantemente a ondas electromagnéticas. Para organismos como la Organización Mundial de la Salud, la radiación no ionizante de dispositivos inalámbricos no es un riesgo para la salud humana, siempre que se respeten los límites de exposición.

Aún así, esta certeza choca con una realidad más complicada: la investigación sobre efectos a largo plazo sigue en marcha. Una parte del debate se basa en un informe militar de 1971, conocido como el informe Glaser, que recopila más de 2,300 estudios sobre los efectos biológicos de las microondas. Aunque no prueba que haya daños, se ha usado muchas veces como evidencia de que los riesgos eran conocidos desde hace años. Sin embargo, su uso ha estado fuera de contexto y más relacionado con creencias que con ciencia.

Aun así, deja una pregunta importante: ¿realmente sabemos lo que esta exposición acumulativa nos hace? El investigador Joel Moskowitz de la Universidad de California en Berkeley, ha sido crítico en el ámbito académico. No niega los beneficios de estar conectados, pero advierte sobre los efectos no térmicos, que no causan calor, pero pueden afectar procesos biológicos como la reproducción celular o el sistema nervioso. Su opinión no es alarmista, pero pide más investigación independiente y actual. En EE. UU., el debate se reavivó en 2021, cuando un tribunal federal cuestionó a la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) por no haber revisado sus límites de exposición desde 1996, cuando ni siquiera había smartphones. Aunque la tecnología ha avanzado mucho, las reglas siguen siendo las mismas.

El tribunal no dijo que la radiación fuera peligrosa, pero sí criticó la falta de revisión científica. Los que defienden el status quo argumentan que no ha habido crisis de salud debido a estas tecnologías y tienen razón: no vemos enfermedades masivas relacionadas con la radiación. Pero la historia de la ciencia muestra que los daños pueden ser acumulativos y lentos: piensen en el plomo, el amianto o el tabaco. En esos casos, la verdad llegó tarde para hacer algo. No podemos asumir que, porque hoy no haya una crisis, no haya un riesgo oculto. Pero caer en el alarmismo tampoco ayuda. La clave está en hacer seguimiento constante, actualizar las regulaciones según evidencia nueva y, sobre todo, actuar con precaución. Esto no significa frenar el progreso, sino ser claros y prudentes.

La radiación inalámbrica no tiene por qué ser nuestra enemiga. Ha ayudado en el desarrollo económico, educativo y social. Pero como cualquier tecnología que usamos a gran escala, merece un análisis serio y un debate. No para rechazarla, sino para asegurarnos de que su crecimiento no comprometa lo que más nos importa: la salud pública y la confianza en la ciencia.

Por Jimmy Rosario Bernard

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