RESUMEN
En un mundo donde las placas tectónicas de la geopolítica se están desplazando con rapidez, la República Dominicana enfrenta un momento de definición histórica. El repliegue estratégico de Estados Unidos al Caribe, motivado por su crisis fiscal interna y su necesidad de redistribuir recursos hacia Asia y Europa del Este, abre una ventana de oportunidad que no debe ser ignorada.
Al mismo tiempo, la volatilidad de los mercados globales, la revalorización del oro y los nuevos desafíos agroalimentarios nos empujan a replantear el modelo económico nacional.
Este contexto nos obliga a formular una visión estratégica dominicana, no subordinada al vaivén de potencias extranjeras, sino basada en la autosuficiencia productiva, la industrialización inteligente de nuestros recursos naturales y la construcción de soberanía económica.
1. El oro: de recurso extractivo a motor de desarrollo
La reciente alza sostenida del precio del oro y los indicios de nuevos yacimientos en territorio dominicano representan una oportunidad geoeconómica de primer orden. Pero esta oportunidad solo podrá ser capitalizada si damos un salto de paradigma: pasar de ser simples proveedores de materia prima a propietarios y gestores del proceso extractivo.
Proponemos, por tanto, iniciar un proceso de creación de una industria nacional extractora de oro, como se ha iniciado con las tierras raras, que permita al Estado dominar no solo el recurso, sino también su valor agregado. Además, se debe renegociar los acuerdos actuales con las empresas mineras multinacionales para que el pago al Estado dominicano, sea realizado en oro, creando así reservas estratégicas que respalden nuestra moneda, e inversiones en desarrollo e infraestructura.
Esta política también nos alejaría del ciclo de deuda crónica con organismos financieros internacionales, permitiéndonos avanzar hacia un modelo de desarrollo soberano.
2. Agroindustria nacional: del campo a la exportación con valor agregado
La segunda turbina estratégica de esta visión es la transformación del sector agropecuario tradicional en un verdadero sector agroindustrial. Proponemos la creación de una red nacional de agroindustrias municipales, que garantice la absorción sistemática de los excedentes agropecuarios.
Esta estructura resolvería de forma estructural el “ciclo maldito de la agricultura”: donde los productores quiebran ante la sobreproducción, al caer los precios por falta de mercados. Con agroindustrias activas, todo excedente se transforma en producto exportable o insumo procesado, incentivando a los propietarios de tierras a ponerlas en producción de manera sostenible e incrementar las exportaciones, la captación de divisas, y la creación de empleos y oportunidades.
La conversión de excedentes en oportunidades no sólo consolida la seguridad alimentaria nacional, sino que nos posicionará como un exportador regional competitivo, especialmente hacia Centroamérica y el Caribe, mercados naturales que hoy están sub atendidos por nuestro comercio exterior. Además con las naciones con las cuales tenemos tratados de libre comercio.
3. Del cacao al chocolate: sustitución de importaciones e industrialización del campo
Es hora de dejar de exportar cacao crudo y empezar a exportar chocolates dominicanos de marca país. Lo mismo aplica para frutas, especias, café y todos los productos de la tierra de nuestro territorio, lo que seria posible con la existencia del tejido de agroindustrias planteado.
Para lograrlo, debemos:
Invertir en capacidades agroindustriales locales. Convirtiendo la inversión realizada en agroindustrias municipales, en acciones y luego vendiéndolas a inversionistas interesados, locales e internacionales, rescatando la inversión y continuar construyendo más agroindustrias.
Crear un ecosistema empresarial descentralizado con incentivos a la pequeña y mediana industria rural.
Reforestar áreas protegidas degradadas con frutales y especies, que generen materia prima para las agroindustria y al mismo tiempo restaurar el equilibrio ambiental. Fortalecimiento de la economía circular en nuestra zona rural, creando empleos y oportunidades en todos los municipios de la patria.
Esto no solo sería una política de desarrollo, sino una de resiliencia ecológica y soberanía alimentaria.
4. Soberanía económica y visión geopolítica
El nuevo orden mundial, caracterizado por la multipolaridad, exige a los países pequeños como la República Dominicana tener una visión geopolítica clara, basada en sus ventajas comparativas y recursos estratégicos. No podemos seguir siendo simplemente consumidores y receptores de inversión extranjera, sino productores y exportadores de bienes con valor agregado.
La industrialización del campo, junto con una política minera soberana, puede financiar el desarrollo de sectores postindustriales de alta tecnología, desde la energía limpia hasta la biotecnología. Creando las oportunidades que demandan las nuevas generaciones.
Además, sectores como el pesquero y naval, derivados del fortalecimiento de la industria alimentaria, pueden crear cadenas de valor adicionales que multipliquen el empleo y la innovación, al incentivar al sector privado a invertir en nuevas empresas conexas.
5. De la dependencia a la autosuficiencia
La propuesta aquí planteada no es utópica ni teórica. Es una estrategia geopolítica nacionalista y realista, basada en nuestras fortalezas internas, diseñada para reducir la dependencia crónica de potencias extranjeras y para construir una nueva economía dominicana: productiva, justa, exportadora y soberana.
No es hora de pedir, es hora de producir. No es hora de esperar, es hora de construir. El futuro no se mendiga, se forja. Una Quisqueya potencia no es una consigna: es una posibilidad. Pero requiere decisión política, visión estratégica y movilización social.
Por: Milton Olivo.
El autor es escritor y analista político.
