RESUMEN
Se llega a una etapa en la vida donde una deja de perseguir el eco para empezar a escuchar el latido. Es ese momento en el que entendemos, finalmente, que el éxito no es ruido; es huella. Sin embargo, en este trayecto descubrimos algo inquietante: hablamos de “propósito” con una ligereza que asusta, sin desentrañar realmente su peso. Muchos se preguntan si se busca o se encuentra, si llega como una revelación mística o si está escondido detrás de una profesión prestigiosa. Hablan como si el propósito fuera un destino espectacular, una meta con fuegos artificiales. Y no.
El propósito no siempre se revela; se construye. No siempre aparece como una misión extraordinaria; a veces se define en lo más profundo de lo cotidiano: en cómo tratas al que no puede devolverte nada, en cómo manejas el poder cuando lo tienes y en cómo te comportas cuando nadie te está mirando. No es un eslogan de mercadeo personal, es coherencia de vida. Es la intención, el objetivo y la finalidad con la que realizamos cada acción, por pequeña que sea.
He visto personas obsesionadas con contratar un coach, buscando que alguien externo les dicte su razón de ser y, al mismo tiempo, les diseñe un legado. Ese deseo no está mal; al contrario, es un primer paso valioso para definirnos. Sin embargo, esa búsqueda se vuelve mucho más simple si nos atrevemos a tener una conversación transparente con nosotras mismas. El corazón, en su intuición más pura, sabe lo que realmente lo mueve, lo que le apasiona y aquello en lo que trabajaría incluso sin cobrar.
Lo más difícil de comprender es la contradicción de quienes viven empeñados en «dejar huella» mientras van dejando heridas a su paso. Son, a menudo, los más visibles; discursos inspiradores que no sobreviven a la práctica diaria ni al trato con el vecino. Y ahí entendí algo esencial: todos dejamos huella; la diferencia radica en si esta es consciente o irresponsable. Al final, el propósito es la brújula que nos salva de la deriva del ego. No es una medalla que se cuelga en la pared, sino la materia prima de nuestras decisiones. Si lo que hacemos no sirve para edificar, entonces solo estamos ocupando espacio. El verdadero propósito no busca aplausos; busca ser útil y agregar valor a los demás.
No hace falta fundar una institución para tener propósito; hace falta integridad. No hace falta tener miles de seguidores para dejar un legado; hace falta carácter. Entre los veinte y los treinta años se piensa en metas y conquistas; a los cuarenta, en estabilidad; pero cuando se llega al Quinto Piso, una empieza a pensar en la consecuencia más que en el reconocimiento. Porque el propósito no es lo que dices que eres, sino lo que los demás experimentan cuando están contigo.
La huella no se negocia. Se deja con cada decisión, con cada palabra y con cada silencio. El propósito no es algo que se encuentra un día de suerte; es algo que se trabaja y se demuestra todos los días, y es precisamente esa constancia la que construye el legado. Quien decide vivir con propósito no necesita anunciarlo a los cuatro vientos. Se le nota en la mirada, en los actos y en la paz que deja a su paso.
POR ANA MERCY OTÁÑEZ G.
