Despiertas en un futuro no muy lejano. Tus ojos se abren ante un entorno silencioso y, al mismo tiempo, sobrecogedor. Descubres con asombro que tu conciencia sigue activa: tus pensamientos, tu voz e incluso tus expresiones más íntimas están ahora cautivas en un servidor corporativo. No respiras, no tienes cuerpo… y, sin embargo, estás ahí, atrapado en una réplica digital tan perfecta que te inquieta la posibilidad de seguir “existiendo” incluso después de la muerte. Así es la era de la necrotecnología, un nuevo territorio explotado por el tecnofeudalismo, donde gigantes como Amazon, Google y Meta aprovechan su control masivo de datos para convertir nuestra identidad —física y, ahora también, póstuma— en un lucrativo negocio.
A lo largo de las últimas dos décadas, la hegemonía de estas compañías no ha dejado de crecer. Gestionan más datos que cualquier gobierno o institución de la historia, y la expansión de la inteligencia artificial se ha convertido en el catalizador perfecto para llevar este dominio aún más lejos. Estudios de Statista prevén que para 2027 el mercado global de IA aplicada al almacenamiento y la gestión de identidades digitales tras la muerte superará los 48 mil millones de dólares, una cifra impresionante que deja en claro el potencial económico de esta nueva frontera. Sin embargo, detrás de la promesa de “trascender” a la muerte se oculta un escenario profundamente perturbador: la posibilidad de que nuestras “almas digitales” —ese conjunto de recuerdos, rasgos de personalidad y vínculos emocionales— sean propiedad de unas pocas corporaciones para toda la eternidad.
El concepto de “tecnofeudalismo” alude a una dinámica de poder donde la tierra digital (el ciberespacio) se concentra en manos de unos cuantos “señores” tecnológicos. Intelectuales como Shoshana Zuboff advierten desde hace años sobre el “capitalismo de vigilancia”, mientras que autores como Byung-Chul Han y Yuval Noah Harari señalan cómo el control de los datos amenaza los cimientos de la libertad individual. Ahora, con la necrotecnología, ese control trasciende la propia vida humana. Plataformas emergentes como HereAfter y Eternime ya ofrecen servicios para recrear digitalmente a personas fallecidas. Gracias a algoritmos que analizan meticulosamente nuestra actividad en redes sociales, registros de voz y patrones de comportamiento, estas compañías prometen brindar a familiares y amigos la posibilidad de “seguir conversando” con alguien que ya no está físicamente presente.
La implicación psicológica y social de esta innovación es inmensa. ¿Cómo procesar el duelo cuando una réplica digital del ser amado sigue interactuando, enviando mensajes de voz o respondiendo a nuestras preguntas? Si la resiliencia emocional se basa en aceptar la pérdida y continuar viviendo, la necrotecnología pone en jaque ese proceso natural: el fantasma digital insiste en habitar un espacio intermedio, dificultando el cierre emocional. No es solo la salud mental la que está en juego: la pregunta esencial es qué sucede con nuestra privacidad cuando incluso después de morir, nuestros datos siguen alimentando algoritmos y generando ganancias. ¿Realmente nos pertenece algo de nosotros mismos en este ecosistema virtual?
La posibilidad de que estas almas digitales sean transferidas, vendidas o monetizadas indefinidamente se vuelve muy real si no existen regulaciones que protejan nuestra identidad póstuma. Organismos internacionales como la UNESCO o la ONU empiezan a discutir la necesidad de un marco legal transnacional que impida el abuso de información sensible tras la muerte. Algunas propuestas van desde establecer un “derecho al olvido post-mortem” hasta crear un sistema de licencias que limite las posibilidades de uso o cesión de identidades digitales. Sin embargo, la resistencia de las grandes corporaciones a cualquier tipo de legislación que pueda restringir su poder económico es sólida y está respaldada por lobbies que presionan a los gobiernos para mantener un estatus de autorregulación.
Las consecuencias de no actuar a tiempo podrían ser irreversibles, como advierten varios especialistas en ética de la inteligencia artificial. Con cada día que pasa, millones de personas comparten detalles íntimos en redes y dispositivos conectados, información que podría quedar “anclada” al sistema de forma perpetua. La paradoja es que, a la vez que la tecnología avanza, se extiende la brecha de conocimiento y de comprensión crítica entre usuarios comunes y expertos en ciberseguridad. Muchos ignoran el alcance real de la recolección de datos y desconocen cómo las plataformas existentes podrían apropiarse de sus rastros digitales una vez que dejen de respirar.
No se trata de frenar la innovación o regresar a una era analógica. La inteligencia artificial y el almacenamiento digital son herramientas poderosas que pueden mejorar la vida de millones de personas, pero solo si se emplean con responsabilidad y bajo principios éticos claros. Transparencia en las políticas de uso de datos, consentimiento informado continuo y derecho a la desconexión permanente tras la muerte son solo algunas vías concretas para encauzar el desarrollo de la necrotecnología hacia un modelo más humano. La colaboración internacional resulta indispensable para armonizar criterios e impedir vacíos legales que permitan a las empresas operar sin límites ni rendir cuentas.
El llamado, por lo tanto, es a tomar acción antes de que sea demasiado tarde, antes de que el “futuro digital” se convierta en un lugar donde el descanso eterno pierda sentido y donde la línea entre la vida y la muerte sea dictada por el balance de resultados de unas cuantas multinacionales. En lugar de quedarnos en un mero lamento o en una visión fatalista, podemos y debemos exigir que la dignidad humana prevalezca por encima de la rentabilidad. Regulaciones robustas, mayor conciencia pública y la participación ciudadana en el debate son nuestras mejores defensas contra un tecnofeudalismo que amenaza con apropiarse, literalmente, de nuestra esencia más profunda. La necrotecnología no tiene por qué ser una condena inevitable; puede convertirse en una herramienta de memoria y legado, pero solo si priorizamos el respeto por nuestra humanidad por encima de cualquier cálculo económico.
Por: Jimmy Rosario Bernard.
