RESUMEN
A los jóvenes dominicanos que todavía creen en la fuerza de los ideales.
“Duarte fue el hombre que soñó con una República en la que la dignidad valiera más que la fuerza.” Juan Bosch
A más de dos siglos de su nacimiento, Juan Pablo Duarte sigue siendo algo más que un prócer de calendario. Su pensamiento ético, su fe en la juventud y su defensa de una República justa interpelan hoy a una sociedad marcada por la desigualdad, el olvido histórico y la fragilidad de los valores cívicos.
Este artículo propone mirar a Duarte no desde el mármol, sino desde el presente.
Si el tiempo fuera un espejo donde los grandes espíritus pudieran asomarse para observar la obra que ayudaron a fundar, Juan Pablo Duarte acaso se haría una pregunta incómoda y necesaria: ¿qué hemos hecho con la patria que soñamos?
Duarte no fue solo el fundador de la República Dominicana. Fue un pensador ético, un visionario político y un educador cívico, convencido de que la libertad solo es verdadera cuando se sostiene sobre la justicia, la igualdad ante la ley y la formación moral del ciudadano. Para él, la patria no era una consigna vacía, sino un compromiso permanente.
A más de dos siglos de su nacimiento, su figura se mantiene como faro simbólico de la nación. Sin embargo, su pensamiento profundo —exigente, incómodo, contrario a los privilegios— ha sido muchas veces reducido a efemérides y discursos repetidos, mientras se diluye el sentido transformador de su proyecto republicano.
¿Qué haría Duarte hoy?
Con toda probabilidad, alzaría su voz frente a la desigualdad persistente, la corrupción que erosiona la confianza pública y el abandono de amplios sectores sociales. Recordaría que la independencia no fue obra de unos pocos iluminados, sino el resultado del sacrificio colectivo de un pueblo que luchó, padeció y creyó.
Hay tres pilares fundamentales de aquella gesta que con frecuencia quedan relegados: la juventud, la mujer y el pueblo llano.
Duarte tenía apenas 25 años cuando fundó La Trinitaria en 1838. Su fe en la juventud no era retórica. Lo acompañaban jóvenes como Félix María Ruiz, Juan Isidro Pérez, Pedro Alejandro Pina y José María Serra, todos con edades similares. La independencia fue, en esencia, una revolución juvenil, protagonizada por hombres que no esperaron la madurez biológica para asumir su responsabilidad histórica.
“Trabajemos por y para la patria, que es trabajar para nuestros hijos y para nosotros mismos”, escribió Duarte, dejando claro que la nación debía pensarse siempre en clave de futuro.
La mujer dominicana desempeñó un papel decisivo, aunque durante décadas permaneció invisibilizada. Rosa Duarte, hermana del patricio, no solo compartió sacrificios y destierros, sino que dejó testimonio escrito de la lucha. Junto a ella, figuras como María Trinidad Sánchez, Andrea Evangelista, Froilana Febles y Josefa Brea participaron activamente en tareas de enlace, apoyo y resistencia.
María Trinidad Sánchez pagó con su vida su fidelidad a la causa. Fusilada en 1845 por negarse a delatar a los patriotas, su martirio recuerda que la independencia también tuvo rostro femenino y coraje civil.
El campesinado, a menudo ausente en los relatos solemnes, fue soporte material y humano del proceso independentista. Aportó refugio, alimentos, armas rudimentarias y conocimiento del terreno. Sin el pueblo llano, la independencia habría sido una aspiración sin cuerpo.
Duarte lo comprendía bien. Por eso defendía una República donde la ley fuera igual para todos y la libertad no se convirtiera en privilegio de una élite. Su visión era profundamente social, ética y humanista.
Hoy cabe preguntarse: ¿qué lugar ocupan en nuestra memoria colectiva el campesino anónimo, la joven patriota, el estudiante valiente?
¿A quiénes estamos formando cuando educamos sin valores y gobernamos sin ejemplo?
Si Duarte viviera hoy, probablemente recorrería los campos olvidados, escucharía a las madres que resisten en los barrios, dialogaría con una juventud muchas veces sin horizonte, y volvería a levantar una bandera que no solo proclame “Dios, Patria y Libertad”, sino también justicia, equidad y memoria.
Y nos advertiría, como lo hizo en su tiempo:
“Mientras no se escarmiente a los traidores como se debe, los buenos y verdaderos dominicanos seremos siempre víctimas de sus maquinaciones.”
Porque la patria —nos enseñó Duarte— no se hereda completa.
La patria se construye cada día, con ética, responsabilidad y compromiso ciudadano.
Por Domingo Núñez Polanco
