En la autopista Las Américas, desde el puente Juan Carlos hasta el puente de la Hípica, hay un tramo donde cientos de personas cruzan a diario desde la Marginal hacia el otro lado de la vía para poder dirigirse al Este. No cruzan por imprudencia, ni por comodidad: cruzan porque no tienen otra opción.
Quienes trabajan después del peaje y viven en Los Frailes I y II carecen de un transporte público que los lleve directamente. Para poder continuar su ruta deben atravesar la autopista, sorteando vehículos a alta velocidad y confiando más en la suerte que en la infraestructura. Entre ellos hay trabajadores, madres, estudiantes y padres que cruzan con niños de la mano ante un peligro evidente y constante.
Lo alarmante es que esta realidad es conocida. Todos lo vemos. Todos lo sabemos. Y aun así, los puentes peatonales que deberían estar construidos siguen siendo una promesa que avanza más lenta que el tráfico en hora pico. Probablemente alguien pueda decir que el proyecto está en proceso, pero la pregunta es dolorosamente simple: ¿Cuántos lesionados, mutilados o fallecidos se necesitan para acelerar ese proceso?
No estamos hablando de estadísticas frías. Estamos hablando de vidas. De familias que cada día se encomiendan a Dios para poder cruzar una autopista que, por diseño, jamás debió ser una ruta peatonal.
A esta vulnerabilidad se suma un segundo golpe: las personas que arriesgan su vida cruzando tampoco cuentan con seguros personales. No tienen seguro de accidentes, ni de vida, ni cobertura de enfermedades catastróficas, ni de gastos médicos mayores. Si ocurre una tragedia, y ocurre más a menudo de lo que se reconoce, la familia queda completamente desprotegida y asumirá sola el costo emocional, económico y social del siniestro.
La urgencia de los puentes peatonales es evidente. La desprotección de quienes cruzan también. Esto no es un tema de opinión, es un tema de responsabilidad pública y de humanidad.
La infraestructura vial no puede seguir dependiendo de la buena suerte, ni la seguridad ciudadana puede quedar sujeta a procesos que avanzan sin prisa. Los puentes deben construirse ya. Cada día sin ellos es una ruleta rusa que no podemos seguir tolerando.
Por Félix Correa
