RESUMEN
Hace unos días, mientras almorzábamos en el trabajo, escuché una conversación que me dejó pensando. Dos compañeras, cristianas evangélicas, comentaban sobre una cantante que se ha vuelto viral en redes sociales con un merengue urbano de contenido cristiano. Decían algo que me pareció clave, “esa música está acercando la palabra de Dios a personas que antes ni siquiera se detenían a escucharla.”
Hablaban desde la observación. Jóvenes que jamás habrían puesto atención a un mensaje religioso hoy tararean una canción cuya letra remite directamente a un pasaje bíblico, porque el ritmo los atrapó primero. Ahí hay una lección importante para la comunicación.
“Prendan el candelero” es una canción de letra clara, origen bíblico y su intención es evidente cambiando la forma del mensaje. Un merengue urbano, bailable, pegajoso, que vive en TikTok, en Instagram, en los mismos espacios donde hoy se construye conversación, identidad y pertenencia.
La referencia es profunda. El candelero al que alude la canción aparece en el libro del Éxodo, cuando se describe el Tabernáculo y las instrucciones dadas a Moisés sobre cómo debía mantenerse encendida la lámpara de oro. Aarón era quien debía encender sus lámparas para que alumbraran continuamente delante del Señor como símbolo de presencia, de luz permanente, de adoración constante. Es interesante que una imagen tan antigua y cargada de significado espiritual hoy resuene en forma de merengue urbano, sin perder su esencia simbólica.
Para muchas personas, eso genera extrañeza. Hay quienes sienten que ese ritmo “no parece cristiano”. Pero esa reacción dice más de nuestras expectativas culturales que del contenido del mensaje. En comunicación, cuando el formato nos incomoda, solemos cuestionar la forma antes de detenernos a analizar el fondo.
Lo interesante es que esta música en vez de alejar a quien escucha, genera curiosidad, provoca preguntas. Invita a investigar de dónde viene la letra, qué significa, cuál es su contexto bíblico. Incluso a personas que ya creen, les mueve la cabeza, el cuerpo, la emoción, la memoria.
Además de informar, comunicar es generar conexión al expresar el mensaje en un lenguaje que el receptor reconoce como propio.
Desde la fe, esto plantea un desafío incómodo pero necesario. ¿Queremos mensajes impecables que solo circulen entre convencidos, o mensajes que cruzan fronteras culturales y lleguen a quienes nunca entrarían voluntariamente a un espacio religioso? ¿Preferimos la corrección formal o la posibilidad real de encuentro?
El evangelio, en su esencia, se transmitió desde la cercanía con ejemplos cotidianos, comprensibles y populares. Porque la comunicación efectiva que tiene un propósito atrae al receptor.
Tal vez el debate no debería centrarse en sí un ritmo es apropiado o no, sino en si el mensaje logra abrir una puerta. Porque cuando la forma conecta, el fondo tiene oportunidad de ser escuchado. Y en tiempos donde la atención es escasa y el ruido es constante, acercar el mensaje a la gente, en su propio lenguaje, es una estrategia y también, una forma de amor al prójimo.
Por Lasey Batista Diaz
