RESUMEN
Importancia de las efemérides literarias
Toda efeméride —histórica, cultural o literaria— tiene un valor didáctico, de gran utilidad para la enseñanza de la historia de un pueblo: nos da la oportunidad de crear conciencia sobre un hecho de relevancia en el devenir histórico de una comunidad o de la nación…también para el mundo. Es por lo que desde 1998 venimos haciendo énfasis, en nuestras investigaciones bibliográficas, en la relevancia de las efemérides en múltiples órdenes. Iniciamos con una columna en el suplemento cultural «Areito», del diario Hoy, y luego en la sección «Biblioteca» del periódico Listín Diario.
Siempre hemos destacado los natalicios, ya que los mismos adquieren un especial significado en las celebraciones al rendir tributo a la memoria de un personaje: digamos que es un modo de cantarle a la vida. Preferimos destacar los fallecimientos cuando se trata de cincuentenarios, centenarios, sesquicentenarios, bicentenarios, etcétera.
Son de mucha utilidad las efemérides para aquellas instituciones de naturaleza cultural o educativa a los fines de programar actividades en ambos ámbitos, especialmente los centros de enseñanza públicos y privados, así como las universidades y las bibliotecas de uso público. Las actividades podrían incluir conferencias en torno a la vida y obra de los escritores cuyos natalicios o fallecimientos deberían ser objeto de recordación; además, exposiciones bibliográficas y publicaciones de brochures informativos alusivos a los autores homenajeados.

Ahora bien, hay efemérides que por la importancia histórica de los personajes que nos recuerdan deberían ser motivo para celebrar o conmemorar siempre, sin importar que el aniversario del natalicio o fallecimiento termine en 0 o en cualquier dígito del 1 al 9: Juan Pablo Duarte, Gregorio Luperón, Pedro Henríquez Ureña, Juan Bosch, Pedro Mir y Juan Sánchez Lamouth, por ejemplo. Y en este punto es preciso mencionar al humanista dominicano Max Henríquez Ureña.
Pero, ¿Cuándo realmente nació Max?
Quizá para el lector común, acostumbrado al simple deleite que proporciona la lectura, un dato aparentemente irrelevante como el día exacto ―15 ó 16 de noviembre― en que nació una figura de las letras antillanas de tanta trascendencia como Max Henríquez Ureña sea asunto de poca importancia. Pero para un bibliógrafo, investigador apasionado del detalle relevante, ese minúsculo dato, perdido en el calendario de la historia literaria de un país tradicionalmente desorganizado como el nuestro (República Dominicana), sí merece la debida atención, pues nadie nace un día antes de nacer, nadie muere un día anterior al día de su nacimiento. Esta es una verdad perogrullesca, ya que no es posible demostrar lo contrario, ni siquiera viajando en el fantástico túnel del tiempo de la archifamosa serie de televisión norteamericana de los años sesentas
«¿Y a qué se debe esa forma tan extraña de iniciar un escrito para referirse al natalicio de un escritor?», se preguntarán algunos. Pues explicaremos el porqué de esa diminuta reflexión.
En el momento en que buscábamos una fecha propicia para la realización, en noviembre del pasado año, del acto de puesta en circulación de la antología Veinte cuentos de escritores dominicanos, de Max Henríquez Ureña, el reputado intelectual Bruno Rosario Candelier y quien escribe coincidimos en lo siguiente: en que las fechas del natalicio y del fallecimiento de Max Henríquez Ureña eran las efemérides más apropiadas para ese homenaje póstumo. Elegimos la primera por parecernos más interesante celebrar la llegada al mundo de un personaje en vez de conmemorar su partida. El acto tuvo lugar en la Academia Dominicana de la Lengua.
Es así como nos enfrentamos a un hecho histórico insoslayable: ¿nació Maximiliano Adolfo Henríquez Ureña el 15 o el 16 de noviembre de 1885? Algunas fuentes dicen que fue el día 15, otras que fue el día 16, aunque es mayor la cantidad de biógrafos que afirman que ese acontecimiento tuvo lugar el día 15. Sabíamos ya con exactitud que la eximia poetisa alumbró a su tercer hijo en el segundo piso de la casa situada en la calle Luperón esquina calle Duarte, vías de la zona colonial de la ciudad de Santo Domingo que para esa época eran llamadas calle Esperanza y Los Mártires, respectivamente.
Dan como fecha de nacimiento de Henríquez Ureña el día 15 de noviembre: Diógenes Céspedes, en las palabras de presentación al volumen Max Henríquez Ureña en el Listín Diario, 1967-1968 (2003); Néstor Contín Aybar, en el tomo III de su Historia de la literatura dominicana (1984); Margarita Vallejo de Paredes, en el volumen II de su Apuntes biográficos y bibliográficos de algunos escritores dominicanos del siglo XIX (1995); Franklin Gutiérrez, en su Diccionario de la Literatura Dominicana. Bibliográfico y terminológico (2004); y Miguel D. Mena, en su Diccionario de las letras dominicanas (2004).
En cambio, en el Diccionario de autores dominicanos (1492-1992) (1992), de Cándido Gerón; en la obra El espíritu de las islas. Los tiempos posibles de Max Henríquez Ureña (2003), del ensayista cubano José Manuel Fernández Pequeño; y en Magisterio y creación. Los Henríquez Ureña (2003), de la investigadora cubana Yolanda Ricardo, la fecha registrada es 16 de noviembre de 1885. Joaquín Balaguer, en su Historia de la literatura dominicana (1955), solo indica el año en que nació Max Henríquez Ureña.
Asaltados por la duda y por esa imponente curiosidad que siempre acompaña al bibliógrafo amante del dato preciso, iniciamos una exhaustiva búsqueda de la verdad histórica, la que se hallaba celosamente resguardada en los registros de la Santa Iglesia Catedral, Primada de América.
«Allí, a los treinta (30) días del mes de abril del año mil ochocientos ochenta y seis (1886) […] el Excelentísimo y Reverendísimo Señor Arzobispo Metropolitano de la Arquidiócesis, Don Fernando Arturo de Meriño, bautizó solemnemente y puso óleo y crisma en su Oratorio (la capilla La Altagracia) a un niño nacido el diez y seis (16) de noviembre del año mil ochocientos ochenta y cinco (1885), hijo legítimo de los señores Francisco Henríquez i Carvajal y Salomé Ureña, a quien impuso por nombre MAXIMILIANO ADOLFO. Fueron padrinos los señores Maximiliano Grullón y Adelina Henríquez, a quienes advertí el parentesco espiritual y de más obligaciones que habían contraído. En fe de lo cual redacté esta partida de que doy fe. CARLOS NOUEL».
Ese texto ha sido extraído de la copia fiel y exacta de la certificación de bautismo de Max Henríquez Ureña que, a solicitud nuestra, expidiera, el martes 13 de noviembre del de 2007, el Reverendo Padre Geraldo Ramírez Paniagua, Canciller del Arzobispado de Santo Domingo, quien nos informó, además, que en el Archivo General de dicho Arzobispado se encuentra dicha partida de bautismo en el Libro 40, Folio 31, No. 73.
Cabe afirmar, entonces, que Max Henríquez Ureña nació el 16 de noviembre de 1885, no el día 15 de ese mes, por lo que el próximo 16 de noviembre se cumplirá el 139 aniversario de su natalicio. Fue el tercero de los cuatro hijos procreados por la ilustre pareja formada por el intelectual y poeta Francisco Henríquez y Carvajal y la poetisa y educadora Salomé Ureña de Henríquez. Tenía un apodo: en el seno familiar era llamado Sillano. Su madre, como a su hermano Pedro, supo pronosticar el brillante su futuro de Max en el mundo de las letras: Sillano seguirá las huellas de Pibín. («Pibín» era el apodo de Pedro). Esto le dice a su esposo, en carta fechada el 13 de octubre de 1888. ¡Y así aconteció! ¡Cuánta visión tenía esa mujer excepcional!
Los aportes de Max Henríquez Ureña a la cultura y a la literatura hispanoamericanas son de considerable valor, por lo que tiene ganado el derecho a recibir, el día 16 del próximo mes de noviembre, un homenaje póstumo orientado a preservar su memoria y a contribuir con la difusión de su extraordinaria obra, casi desconocida en su propia patria, donde habría de morir el 23 de enero de 1968, específicamente en la casa donde vivía: en el segundo piso del edificio ubicado en la calle 19 de Marzo No. 254.
Por: Miguel Collado.
