RESUMEN
El domingo pasado, en la sobremesa con amigos escritores, se abrió una grieta por donde se colaron la nostalgia y el desencanto. Hablábamos del Premio Nacional de Literatura, ese galardón que, en teoría, debería ser la cúspide para un autor en nuestro país. Un premio que antaño era símbolo de esperanza y orgullo, pero que hoy se percibe como un vestigio deslucido, atrapado en la inercia de su propia sombra. Lo que alguna vez fue una luz para quienes dedican su vida a las palabras parece haberse desvanecido en el lodazal de la burocracia, en el eco indiferente de un aplauso que suena más a trámite que a celebración. Nuestro tono no es de ataque, sino de lamento. Un lamento que rueda y no encuentra dónde detenerse.
Hoy es lunes, el día del anuncio. La sala estará lista: será solemne, ceremoniosa, impasible. Allí, las paredes cargan con el peso de las ceremonias pasadas, con los ecos de discursos de otros años, con un aire que alguna vez tuvo grandeza y que ahora se percibe vacío. Entre los presentes estarán rectores, miembros de la Fundación Corripio y, por supuesto, Don José Corripio, “Pepín”, patriarca del premio. Pero faltará una figura central: el ministro de Cultura. Sin él, la ceremonia será un cuerpo al que le han arrancado un órgano vital. Porque un ministro de Cultura no es solo un representante del gobierno: es el símbolo vivo de un país que se ocupa de su alma. Su ausencia no será solo una silla vacía. Será el recordatorio tangible de algo más grande: el abandono institucional, el desprecio soterrado por aquello que no se mide en cifras ni se traduce en presupuestos inmediatos.
Pero la ceremonia seguirá adelante. No se pedirá una pausa, porque así funcionan las cosas aquí: todo sigue, aunque lo esencial falte. Reflexionar parece un lujo, y detenerse, una excentricidad. Nadie alzará la mano para preguntar qué significa entregar el máximo galardón literario en estas condiciones. Nadie cuestionará si la ausencia del ministro no es solo un error logístico, sino un síntoma profundo de la desconexión entre el Estado y la cultura. Y entonces el premio, que debería simbolizar la grandeza de nuestra literatura, terminará siendo otra cosa: un espejo que refleja lo que hemos perdido.
Es cierto: la literatura no necesita premios. Nadie escribe para ser reconocido en ceremonias ni para recibir trofeos. Pero los premios no son para los escritores; son para las sociedades. Son el gesto público de un país que se detiene a decir: “Te vemos, te valoramos, te necesitamos”. Cuando ese gesto pierde su legitimidad, deja de ser una celebración y se convierte en un trámite. Y en esa transformación se revela algo más profundo: nuestra fragilidad cultural, nuestra indiferencia, nuestra incapacidad para sostener lo que nos define.
Después están los rumores, los cuchicheos en los cafés literarios, las insinuaciones de que el premio no es más que un pacto tácito, un guion que se sigue año tras año. Quizá no sea cierto. Quizá sea solo la amargura hablando. Pero el simple hecho de que estas sospechas existan, que sean creíbles, es un síntoma. No habla del premio ni de sus organizadores, sino de nosotros, de nuestra relación rota con las instituciones, de nuestra facilidad para aceptar el desencanto como si fuera la norma.
La pregunta, al final, no es quién ganará hoy. La verdadera pregunta es: ¿por qué seguimos como si nada? ¿Por qué no detenernos a decir: “Esto no puede seguir así”? ¿Qué prisa justifica entregar un premio bajo estas condiciones, sin el contexto adecuado, sin la legitimidad que exige? Porque un premio como este no es solo un reconocimiento; es un símbolo. Y cuando el símbolo se desmorona, nos revela algo más profundo: un país que, tal vez, ya no sabe cuidar de sí mismo.
Tal vez ya lo perdimos. Tal vez la cultura, en este país, siempre fue un adorno: algo que se muestra en ocasiones especiales, pero que nunca ocupa el centro de la escena. Esa, quizá, sea la verdadera tragedia. No que un premio se entregue en el vacío, sino que hayamos aprendido a vivir sin símbolos que nos importen, sin gestos que nos unan.
Hoy se anunciará un ganador. Habrá aplausos, flashes, discursos ensayados. Y, más allá de las palabras, más allá de las fotos, quedará el vacío. Ese vacío nos pertenece a todos. Porque lo hemos permitido. Porque con cada “así son las cosas”, con cada indiferencia, con cada vez que aceptamos la mediocridad como norma, dejamos que creciera. Y hoy, ese vacío ha ganado.
Los escritores seguirán escribiendo. Porque eso es lo que hacen. Pero este premio, que debería ser un homenaje a esa perseverancia, ha perdido su razón de ser. No porque ellos hayan fallado, sino porque nosotros, como sociedad, hemos fallado en sostenerlos.
Quizá alguien, hoy, pida que el acto se posponga. Tal vez mi antiguo profesor de literatura que es un hombre totalmente serio o el representante de la Academia de la Lengua, o algún rector consciente de lo que está en juego, se atreva a dar ese paso. Porque la ley dice que el voto del ministro o de ningún otro, no puede delegarse. Porque respetar un premio significa respetar lo que simboliza. Y si eso no ocurre, si hoy se entrega un premio sin cumplir lo que la propia ley exige, no ganará un escritor. Ganará el vacío. Y esa será, quizá, nuestra derrota más profunda.
Hasta el próximo artículo…
Autor: Marino Berigüete.
Poeta, escritor.
