La preocupación por el uso de expresiones soeces en determinados espacios de comunicación no es un asunto menor ni una sensibilidad exagerada de sectores conservadores. Es, en esencia, una cuestión de dignidad social y de responsabilidad ética. No compete únicamente a padres responsables; es también una inquietud legítima de educadores, políticos, activistas sociales, dirigentes deportivos y culturales, funcionarios públicos y de todo aquel a quien le importe la formación integral de la niñez y la juventud como fundamento de una sociedad que se respete y sea respetada.
La comunicación no es un acto neutro. Toda palabra emitida desde un medio tiene un peso formativo, orientador o deformador. Los comunicadores, por la naturaleza pública de su función, no solo informan o entretienen: modelan actitudes, legitiman conductas y establecen parámetros de lo que se considera aceptable en la convivencia social. Cuando el lenguaje soez se normaliza, se institucionaliza una pedagogía de la vulgaridad que erosiona la sensibilidad ética y debilita los valores de respeto, consideración y civilidad.
No se trata de censura ni de moralismo estéril. Se trata de reconocer que la libertad de expresión, principio esencial de toda sociedad democrática, está indisolublemente unida a la responsabilidad. La libertad sin conciencia degenera en libertinaje, y el libertinaje comunicacional termina afectando, de manera silenciosa pero profunda, el carácter de las nuevas generaciones.
La palabra tiene poder. Puede edificar o destruir, dignificar o envilecer, educar o deformar. Por eso, cuando un comunicador recurre a expresiones soeces como recurso habitual, no solo empobrece el discurso, sino que empobrece el horizonte cultural de la audiencia que lo escucha, especialmente de niños y jóvenes que aún están en procesos de formación de su personalidad y de sus valores.
Resulta paradójico que, en una era donde se habla tanto de calidad educativa, de convivencia pacífica y de cultura de paz, se tolere un lenguaje mediático que promueve la agresión verbal, la banalización del respeto y la exaltación de lo grotesco como forma de entretenimiento. No hay coherencia entre exigir disciplina en las aulas y promover la indisciplina lingüística en los medios.
La dignidad, tanto personal como colectiva, también se expresa en la manera en que hablamos. El lenguaje es el reflejo de nuestra concepción del ser humano. Un discurso soez revela una visión empobrecida de la persona y de la sociedad. En cambio, un lenguaje respetuoso, firme y crítico demuestra que es posible comunicar con fuerza sin renunciar a la elegancia moral.
La universidad, la escuela, la familia y los medios de comunicación deberían marchar en una misma dirección formativa. Si la educación procura el desarrollo integral del individuo, los medios no pueden convertirse en agentes contradictorios de ese propósito. Por eso sostengo, una vez más, que “la comunicación, como la universidad, es otra cosa”: es ética, es formación, es ejemplo, es responsabilidad histórica.
No se pide silencio, se pide altura. No se exige neutralidad, se exige respeto. No se reclama sumisión, se reclama conciencia. Porque una sociedad que normaliza la grosería en su discurso público es una sociedad que, poco a poco, renuncia a la dignidad como valor supremo de la convivencia humana.
Defender la limpieza del lenguaje no es una postura elitista; es una defensa activa de la dignidad humana. Y defender la dignidad es, en última instancia, defender el futuro moral y cultural de la nación.
POR EL DR. PABLO VALDEZ
