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31 de enero 2026
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OpiniónPablo ValdezPablo Valdez

Precisiones de dignidad

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RESUMEN

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El azar nunca tuvo categoría histórica

En el lenguaje cotidiano, y con frecuencia también en el discurso político e institucional, el azar suele emplearse como explicación cómoda de acontecimientos que marcan de manera decisiva la vida de las sociedades. Crisis económicas, inestabilidad administrativa, fracasos de gestión o incluso avances inesperados son atribuidos a una supuesta combinación de circunstancias fortuitas, como si la historia fuese una sucesión de hechos imprevisibles, ajenos a la voluntad humana y a la responsabilidad de quienes la conducen. En ese contexto, la afirmación de que “el azar nunca tuvo categoría histórica” se erige como una provocación intelectual y ética que invita a repensar la manera en que interpretamos nuestro propio devenir.

Desde una perspectiva académica, la historia no se concibe como un territorio gobernado por la casualidad, sino como el resultado de procesos complejos donde interactúan estructuras sociales, intereses económicos, proyectos políticos, tensiones culturales y decisiones humanas concretas. El azar puede intervenir como factor circunstancial, como detonante o como catalizador de un acontecimiento, pero nunca como su fundamento explicativo. Elevarlo a categoría histórica implicaría negar la racionalidad profunda de los procesos sociales y diluir la responsabilidad de los actores que los impulsan, los orientan o los permiten.

La historia es, ante todo, una construcción. No una construcción arbitraria, sino una que se edifica sobre la base de la conciencia, la organización, el conflicto y la voluntad colectiva. Atribuirle al azar el rumbo de los pueblos sería aceptar que el progreso, el retroceso o la estabilidad institucional dependen de fuerzas incontrolables, desligadas del ejercicio de la razón y del compromiso ético. Tal postura no solo resulta epistemológicamente frágil, sino moralmente peligrosa, porque absuelve de manera implícita a quienes toman decisiones y a quienes tienen la responsabilidad de prever, planificar y actuar.

En la tradición historiográfica, los grandes acontecimientos no se explican por coincidencias, sino por procesos acumulativos. Revoluciones, reformas, colapsos económicos, transformaciones institucionales y reorganizaciones del poder son expresiones visibles de tensiones que se gestan a lo largo del tiempo. El azar puede influir en la forma o en el momento en que esas tensiones se manifiestan, pero no crea las condiciones que las hacen posibles. Dichas condiciones son siempre históricas, sociales y humanas.

Decir que el azar nunca tuvo categoría histórica es, por tanto, reafirmar la primacía de la causalidad social y de la responsabilidad humana. Es sostener que la historia no es un juego de dados, sino un entramado de decisiones, omisiones, conflictos y proyectos. Allí donde parece haber improvisación, en realidad existen procesos que no hemos querido, sabido o podido comprender en toda su complejidad.

Esta afirmación adquiere una fuerza particular cuando se traslada al análisis de la gestión institucional, especialmente en el ámbito de la educación superior del Estado Dominicano. Durante décadas, la estabilidad económica de la academia universitaria estuvo marcada por la insuficiencia de recursos, la precariedad financiera y la dificultad permanente para cumplir con los compromisos básicos de nómina y obligaciones institucionales. El pago mensual de salarios a docentes y servidores administrativos representó, históricamente, un verdadero desafío para rectores, gremios y cooperativas universitarias. En ese contexto, las retenciones y compromisos derivados de los servicios a la comunidad operativa institucional se convertían en una carga que profundizaba la fragilidad estructural.

No era extraño que la universidad viviera en una especie de tensión permanente, donde la planificación se subordinaba a la urgencia, y donde la estabilidad parecía más un ideal que una realidad alcanzable. Sin embargo, afirmar que esta situación era producto del azar sería una simplificación injusta. Se trataba, en realidad, de la consecuencia histórica de modelos de gestión limitados, de estructuras de financiamiento insuficientes y de una relación compleja entre el Estado y la universidad pública.

Por ello, no puede considerarse fruto de la casualidad que, durante el presente cuatrienio de gestión universitaria, se haya producido un cambio significativo en el cumplimiento de los compromisos integrales de la institución. Con la excepción de la retención de impuestos sobre la renta —derivada de un acuerdo histórico entre el Gobierno y la UASD—, los compromisos financieros han sido atendidos de manera sostenida, y las deudas acumuladas por esos conceptos pertenecen hoy al pasado. Este hecho, que en otros tiempos habría parecido improbable, constituye una demostración concreta de que la estabilidad no nace del azar, sino de la responsabilidad administrativa y de la voluntad política.

Reconocer este logro no es un acto de complacencia, sino un ejercicio de justicia histórica. Significa admitir que la gestión consciente, la planificación rigurosa y el compromiso institucional pueden transformar realidades que durante años parecieron inmutables. La estabilidad económica universitaria no es un milagro fortuito: es el resultado de decisiones estratégicas, de negociaciones responsables y de una visión que comprende la universidad como un proyecto nacional, no como una carga circunstancial.

Desde esta perspectiva, la frase “el azar nunca tuvo categoría histórica” adquiere una dimensión ética aún más profunda. Atribuir al azar los avances institucionales sería minimizar el esfuerzo humano que los hace posibles. Pero, de igual modo, atribuir al azar los fracasos colectivos equivale a absolver silenciosamente a quienes actuaron con negligencia, indiferencia o falta de visión. En ambos casos, el azar funciona como una coartada discursiva que encubre la responsabilidad.

En el ámbito universitario, esta reflexión se vuelve especialmente relevante. Si la universidad es, como hemos sostenido reiteradamente, “otra cosa”, entonces no puede formar ciudadanos que acepten la casualidad como explicación suficiente de la realidad. Su misión esencial es cultivar la conciencia histórica, desarrollar pensamiento crítico y educar para la responsabilidad social. La universidad no debe reproducir la resignación ante lo imprevisto, sino formar sujetos capaces de comprender las causas profundas de los procesos y de intervenir en ellos con sentido ético.

Aceptar el azar como categoría histórica central sería, en ese sentido, una renuncia a la función más noble de la educación superior: formar conciencia. Sería admitir que la historia es una fuerza externa e incontrolable, cuando en realidad es una construcción permanente en la que todos participamos, de manera directa o indirecta.

Por ello, afirmar que el azar nunca tuvo categoría histórica es también reivindicar la dignidad de la condición humana. Es reconocer que los pueblos no están condenados a la improvisación perpetua, sino llamados a la previsión responsable. Es sostener que la historia no se padece: se construye.

En clave reflexiva, podría decirse que lo que solemos llamar “azar” no es más que nuestra dificultad para comprender la complejidad de las causas que actúan en un momento determinado. Allí donde falta análisis, aparece la casualidad como explicación. Allí donde se renuncia al pensamiento crítico, el azar ocupa el lugar de la responsabilidad.

En conclusión, no es el azar quien escribe la historia, sino la conciencia —o la ausencia de ella— con que los pueblos, las instituciones y sus dirigentes enfrentan su tiempo. Cuando una sociedad comienza a explicarlo todo por azar, ha empezado a renunciar a su deber de pensar, de prever y de responder por su propio destino. Y cuando una universidad asume esta verdad como principio formativo, confirma que, en efecto, la universidad es otra cosa: es conciencia histórica, es responsabilidad ética y es compromiso con la construcción racional del porvenir.

Por el Dr. Pablo Valdez

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