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31 de enero 2026
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OpiniónPablo ValdezPablo Valdez

Precisiones de dignidad

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RESUMEN

Analizando noticia... por favor espera.

Llorando por Brianna y por la niñez dominicana

Porque la universidad es otra cosa

Hoy no solo lloramos por Brianna. Hoy lloramos por una niñez que se nos escapa entre discursos, estadísticas y promesas. Lloramos por cada niño y cada niña que vive bajo la sombra del miedo, la negligencia y la indiferencia social. Brianna no es un caso aislado: es el rostro visible de una tragedia colectiva que preferimos ignorar hasta que la muerte nos obliga a mirar.

La niñez dominicana está siendo desprotegida no solo por la fragilidad de las instituciones, sino también por la erosión ética de los entornos que deberían ser sus principales espacios de cuidado: la familia, el barrio, la escuela y la comunidad. Resulta profundamente doloroso constatar que, en la mayoría de los casos, el agresor no es un extraño, sino alguien cercano, alguien que debería representar refugio y no amenaza. Esta realidad no solo es alarmante; es una acusación directa a nuestra estructura moral como sociedad.

Hemos normalizado la noticia del abuso. La repetición constante de hechos atroces ha generado una peligrosa anestesia colectiva. Nos conmueve por horas, quizás por días, pero luego el ruido mediático se impone y la vida sigue, como si la infancia herida pudiera esperar. En esa rutina de olvido se fragua nuestra complicidad silenciosa.

Llorar por Brianna no puede reducirse a un acto emocional. El llanto que no se transforma en conciencia es estéril. El dolor que no genera responsabilidad es un gesto vacío. Esta tragedia debe convertirse en un punto de inflexión que nos obligue a preguntarnos:
¿qué estamos haciendo como adultos para garantizar la integridad física, emocional y moral de nuestros niños?
¿qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando permitimos que el hogar se convierta en un espacio de peligro?

La niñez no necesita discursos solemnes; necesita protección real. Necesita instituciones que actúen antes, no después. Necesita docentes formados para detectar señales de abuso. Necesita barrios donde la vigilancia comunitaria sea expresión de solidaridad y no de control. Necesita un sistema judicial que no relativice la gravedad de los crímenes contra los más vulnerables. Pero, sobre todo, necesita adultos con conciencia ética, capaces de entender que cuidar a un niño no es un favor: es un deber moral irrenunciable.

La muerte de Brianna desnuda una verdad incómoda: el fracaso no es solo institucional, es cultural. Hemos tolerado la violencia como parte del paisaje social. Hemos permitido que la indiferencia se disfrace de prudencia y que el silencio se confunda con respeto a la intimidad familiar. Pero no existe intimidad legítima cuando dentro de ella se viola la dignidad de un ser humano indefenso.

Hoy lloramos por Brianna, sí. Pero ese llanto debe transformarse en un compromiso colectivo con la niñez dominicana. Un compromiso que supere la coyuntura mediática y se traduzca en una ética cotidiana del cuidado. Porque una sociedad que no protege a sus niños está renunciando, en esencia, a su propio futuro.

Y entonces la pregunta final no es si sentimos dolor, sino si estamos dispuestos a cambiar. Porque mientras Brianna sea solo una noticia y no una conciencia que nos interpele, seguiremos llorando niños, cuando lo que deberíamos estar haciendo es protegerlos en vida.


Por Dr. Pablo Valdez

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