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13 de enero 2026
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OpiniónPablo ValdezPablo Valdez

Precisiones de dignidad

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La prelación formativa: cuando la universidad comienza antes de la carrera

La Universidad Autónoma de Santo Domingo ha sido reconocida, con justicia, como la institución que abrió las puertas de la educación superior a los sectores históricamente excluidos de la sociedad dominicana.

Sin embargo, esa apertura nunca estuvo desligada de una preocupación esencial: la calidad formativa del estudiante. Abrir no significaba abandonar; incluir no equivalía a renunciar a la exigencia.

En esa tensión ética y pedagógica se inscribe la idea de la prelación formativa: la convicción de que la universidad comienza antes de la carrera.

La UASD entendió, quizás antes que muchas otras instituciones, que el ingreso masivo de estudiantes provenientes de un sistema de educación media precario planteaba un dilema profundo.

O la universidad aceptaba pasivamente la fragilidad académica heredada, o asumía la responsabilidad de intervenir para dignificar intelectualmente al estudiante, y optó por lo segundo.

El Colegio Universitario fue la primera expresión concreta de esa decisión. No nació como un mecanismo de exclusión, sino como un acto de respeto académico. Su finalidad era clara: nivelar, fortalecer, preparar. Era una etapa previa, necesaria, para que el estudiante pudiera enfrentar con mayor solidez el rigor universitario.

En la concepción institucional de la academia estaba implícita una afirmación ética poderosa: exigir también es una forma de dignificar.

Pero el Colegio Universitario reveló, al mismo tiempo, la complejidad social de la exigencia. En un contexto marcado por profundas desigualdades, muchos estudiantes lo percibieron como una barrera más en un camino ya difícil.

Allí se expresó una de las paradojas más duras de la universidad pública: cómo sostener la excelencia académica sin que esta se convierta en una nueva forma de exclusión. El conflicto no fue pedagógico, sino estructural; no fue técnico, sino político y moral.

La respuesta más madura a ese dilema no fue abandonar la idea de la prelación, sino desplazarla hacia una etapa más temprana del proceso educativo.

De ahí surge el Colegio Experimental Altagracia Amelia Ricart Carventi. Su creación representó un cambio de enfoque: ya no se trataba solo de corregir al estudiante cuando llegaba a la universidad, sino de formarlo mejor antes de que aspirara a ella.

Ese giro es profundamente significativo. La universidad asumió que su responsabilidad no comenzaba en la inscripción, sino en la calidad de la educación media que precede a la vida universitaria.

El Amelia Ricart Carventi no fue un experimento coyuntural: fue una apuesta estructural. Y el hecho de que hoy continúe operando eficientemente es la prueba más contundente de la solidez de aquella visión.

La permanencia de este colegio demuestra que la dignidad pedagógica no es una consigna romántica, sino una política posible. No solo resistió el paso del tiempo, sino que abrió camino a una red más amplia de colegios experimentales que hoy funcionan en distintas provincias del país bajo la orientación de la UASD.

Dicha expansión confirma que la prelación formativa dejó de ser una experiencia aislada para convertirse en una práctica institucional silenciosa, pero consistente.

A ello se suma el valor simbólico y ético del colegio que opera dentro de la propia universidad y que lleva el nombre del Dr. Hugo Tolentino Dipp, figura emblemática del Movimiento Renovador. No es un simple homenaje nominal. Es la materialización de una idea: la memoria universitaria no se conserva solo en discursos o efemérides, sino en estructuras vivas que continúan formando conciencias.

Un colegio que educa adolescentes con el nombre de un renovador es una declaración de continuidad moral.

Así, la prelación formativa adquiere un sentido más amplio. No es solo un modelo pedagógico, es una postura ética frente a la educación.

Significa que la universidad no se limita a recibir estudiantes, sino que se siente corresponsable de su formación previa. Significa que no acepta la debilidad académica como destino, ni la desigualdad educativa como excusa.

En esta perspectiva, el Colegio Universitario y los colegios experimentales no son proyectos inconexos. Son momentos distintos de una misma filosofía: la universidad que se respeta a sí misma no puede conformarse con la fragilidad intelectual de quienes la integran. Debe intervenir, acompañar, preparar y sostener.

La dignidad universitaria, entonces, no comienza cuando el estudiante elige una carrera. Comienza cuando la institución decide no ser indiferente ante su precariedad formativa. Comienza cuando entiende que incluir no es solo permitir el acceso, sino garantizar las condiciones para que ese acceso sea verdaderamente humano, crítico y transformador.

Por eso, la historia de la prelación en la UASD no es solo una historia académica. Es una precisión de dignidad.


Por Pablo Valdez

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