“Nos fallaron. Lo sabemos. Y aun así, ahí estamos, aplaudiéndolos como si no supiéramos.”
Hay que tener un talento especial para tropezar con la misma piedra y aplaudirle. Porque eso hacemos en este país.
Nos quejamos todo el año. Decimos que estamos hartos, que no aguantamos más, que “esto tiene que cambiar”. Pero el día de las elecciones… volvemos.
Volvemos como el que vuelve con el ex que lo traicionó mil veces. Con la excusa de siempre: “es que el otro es peor”.
Y ahí estamos, haciendo fila con una rabia mal disimulada y la esperanza amarrada con tape. Votamos por el que da la fundita, por el que puso una lámpara frente a la casa, por el que mandó a buscar al primo para un cursito en Infotep. Y ya. Eso basta para olvidar todos los años de abandono.
¿Sabes qué pasa? Que aquí nos acostumbraron a pedir lo mínimo.
A rogar por derechos como si fueran favores.
A elegir entre el menos ladrón y el más simpático.
Y cuando alguien decente quiere aspirar, lo tumban o lo ridiculizan. Porque el sistema no quiere buenos, quiere funcionales.
Nos roban. Nos fallan. Nos mienten.
Y lo sabemos. Pero al final, cuando llega la hora, el dominicano olvida.
Porque el dominicano no vota con la memoria, vota con el miedo.
Miedo a que le quiten el “algo” que logró. Miedo a que le cierren la llave de los favores. Miedo a no tener a quién echarle la culpa.
Y entonces votamos.
Otra vez.
Por los mismos.
Con la misma rabia.
Con la misma decepción que sabemos que viene.
No hay que ser politólogo para entenderlo: el problema no son ellos.
El problema es que los seguimos eligiendo.
Y mientras eso no cambie, no hay discurso, ni promesa, ni milagro que nos salve.
