ENVÍA TUS DENUNCIAS 829-917-7231 / 809-866-3480
4 de febrero 2026
logo
OpiniónAlejandro A. TagliaviniAlejandro A. Tagliavini

Por qué los políticos odian a la productividad (y a los robots)

COMPARTIR:

RESUMEN

Analizando noticia... por favor espera.

El avance de la automatización aceleró el desarrollo de máquinas capaces de realizar las tareas repetitivas y de gran esfuerzo físico, transformando procesos que antes demandaban horas en acciones que hoy se realizan en minutos. Por caso, el brazo robótico desarrollado por Pickle Robot Company fue diseñado específicamente para manipular paquetes en entornos logísticos. Su principal función es cargar y descargar cajas de camiones con precisión, una tarea que exige un gran esfuerzo físico y riesgos para los trabajadores.

Es decir, la tecnología aumenta la productividad, la calidad de vida al evitarse esfuerzos físicos muchas veces contraproducentes, y ese tiempo ahora los trabajadores lo invierten en tareas intelectuales, ampliando y desarrollando el conocimiento humano.

Huelga decir que a los políticos no les convienen los robots desde que no pagan impuestos personales ni aportan a la “seguridad social” estatal, fondos con los que se enriquecen los burócratas y amigos.

Pero no solo odian la robótica sino a la productividad en general. Imagine Usted qué sucedería si no existieran los muy engorrosos trámites -impuestos, regulaciones medioambientales, etc.- para satisfacer a la burocracia que se ven obligados a realizar las empresas invirtiendo en ello tiempo y dinero. Pues desaparecería la burocracia.

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), un hispanoamericano es tres veces menos productivo que un europeo. Como veremos, claramente hay una relación entre exceso de trabajo y pobreza y la clave está en la baja productividad debido…. a lo de siempre: las inútiles interferencias de los burócratas.

«De casa al trabajo y del trabajo a casa» repetía Perón dejando ver la verdadera vocación del estatismo: que las personas trabajen para el Estado, es decir, sean casi esclavos al servicio de los burócratas y políticos que utilizan el monopolio estatal de la violencia para todo tipo de regulaciones, para «organizar» a la sociedad.

El resultado de esta política de imposiciones coactivas es, no solo la enorme pérdida de tiempo lidiando con la burocracia, sino que evita el desarrollo natural de la sociedad hundiendo su productividad. Por ejemplo, con la falsa excusa de «defender a la industria nacional», se dificulta el ingreso al país de mejor tecnología y a mejores precios.

Durante mucho tiempo, y aún hoy, fue creencia popular de que, en buena medida los problemas de Hispano América se debían a que sus habitantes eran holgazanes. Y las explicaciones iban, desde el clima caluroso, hasta el racismo: los latinos serían vagos por cuestiones culturales o, más bien, genéticas.

Pero hete aquí que, sorprendentemente, en Hispano América es donde más se trabaja. Por caso, según la OIT, en Colombia cada persona trabaja en promedio 2.298 horas anuales, en El Salvador 2246, sigue México con 2226, Costa Rica 2210, República Dominicana 2122, Chile 2101, Puerto Rico 2080, Brasil 2028 y en Argentina 1924, en tanto que en países desarrollados como Francia 1867, Suiza 1856, Irlanda 1851, EE.UU. 1792 y en Alemania 1778.

En otras palabras, no se trata de trabajar muchas horas, por el contrario, precisamente el desarrollo tecnológico y la racionalidad -de la que carecen los burócratas- permiten dedicarle menos horas al trabajo y más al ocio.

Por ejemplo, la campaña de “horas flexibles” en Houston, Texas invita a los empleados a que libremente empiecen la jornada cerca del mediodía, para evitar los atascos en el tráfico, logrando una baja del 58% en los niveles de estrés. Allí, empresas como Chevron, incluyen opciones como horarios desfasados y esquemas de 9/80 días libres alternos.

Por cierto, la robótica ha reavivado el viejo debate del hombre contra la máquina. Según la OCDE, más de 60 millones de trabajadores corren riesgo de ser reemplazados por robots en los próximos años. Al menos el 14% de los empleos en los países desarrollados hoy son altamente automatizables. La industria manufacturera y la agricultura son los sectores donde más impactaría la industrialización 4.0, como se ha dado en llamar a esta revolución tecnológica que, según la Federación Internacional de Robótica, crece a un ritmo del 15% anual.

En contrario, el profesor de robótica Marko Munih, de la Universidad de Liubliana, asegura que esta revolución traerá beneficios para el consumidor, que obtendrá productos más baratos, y para el trabajador que podrá desarrollar trabajos más cualificados y mejor pagados.

La historia muestra como la tecnología abre nuevas oportunidades. En 1830, alrededor del 60% de los ingleses trabajaba la tierra. En aquel entonces, durante dos años los trabajadores rurales protagonizaron levantamientos, quemaron granjas, mataron ganado y destruyeron maquinaria agrícola en protesta por la adopción de una innovación tecnológica: la trilladora, que reemplazó un trabajo duro que hasta entonces empleaba muchas personas.

Hoy, solo el 3% trabaja la tierra, la desocupación cayó y aumentó sideralmente la producción agropecuaria. La enorme mayoría de las personas ahora trabaja en industrias desarrolladas por el avance tecnológico: fábricas de automóviles, de aparatos electrónicos, telefónicas, aéreas, etc.

Si la tecnología trajera más desempleo, los países más avanzados, como EE.UU. y Alemania, deberían tener un alto índice de desocupación y, sin embargo, lo tienen bajo. Los países con mayor densidad de robots -Corea del Sur, Alemania, Japón- tienen un bajo nivel de desempleo.De modo que, al contrario de lo que dicen muchos, el desarrollo tecnológico potencia la capacidad creadora del hombre enriqueciéndolo, facilitándole la vida y abriendo la oportunidad de nuevos trabajos y desafíos. Doscientos años atrás, eran impensables los pilotos y controladores aéreos, la enorme cantidad de personas que trabajan en fábricas de robots, las masas contratadas por las empresas punto.com, etc.

Y, por cierto, trabajo sobra, hay mucho por hacer, piense solo en el déficit habitacional, de hospitales, escuelas, etc. Son los políticos los que provocan la desocupación con leyes coactivas que impiden el trabajo “legal”, por caso, la ley del salario mínimo lo que logra es prohibir que trabajen los que ganarían menos que son, precisamente, los que más lo necesitan. Por cierto, los salarios no se aumentan con leyes que exijan un nivel mínimo, sino con inversión de capital que demande más trabajo y, para ello, irónicamente, es necesario facilitar el mercado laboral promoviendo y no prohibiendo la contratación de personal.

Para remate, el Estado cobra impuestos que empobrecen a los más pobres ya que para pagarlos, por caso, los empresarios suben precios o recortan salarios. Empobrecidos – casi alentándolos a delinquir- por los mismos políticos que, entonces, prometen asistencialismo con el propio dinero recaudado impositivamente, pero luego de quedarse con una parte en sueldos para ellos y de burócratas amigos y corrupción.

Claro que la ecuación se quiebra, y surge mayor desocupación, cuando los inmigrantes se benefician con el asistencialismo que sale del poco dinero que han dejado los políticos después de cobrarse lo suyo, además de la corrupción. Es decir, el “Estado de Bienestar” llama a la inmigración parasitaria para que vengan a cualquier costo.


Por Alejandro A. Tagliavini*

*Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California
@alextagliavini
www.alejandrotagliavini.com

Comenta