RESUMEN
Las primarias cerradas del Partido Revolucionario Moderno (PRM) introducen una lógica de competencia interna donde la simpatía pública o la popularidad mediática pesan menos que la densidad estructural del padrón. Bajo ese esquema, la correlación de fuerzas favorece casi de manera irreversible a Hipólito Mejía, quien, a diferencia de otros precandidatos, dispone de un capital organizativo, simbólico y afectivo que trasciende coyunturas.
En primer lugar, el padrón cerrado transforma la contienda en un proceso endógeno donde solo votan los militantes debidamente registrados. Esa base, nutrida durante décadas por estructuras que se formaron bajo el liderazgo histórico de Mejía, constituye una reserva orgánica que ni David Collado ni Raquel Peña han cultivado. La política de redes, empresas o gestión pública no sustituye la cultura de comité, ni el vínculo territorial con el militante que asume la primaria como un acto de lealtad partidaria.
En segundo lugar, la densidad de liderazgo de Mejía tiene raíces en la vieja mística perredeísta, convertida hoy en músculo perremeísta. La generación fundacional del PRM —forjada en la lucha opositora y la construcción de estructura— sigue identificando al expresidente como referente de identidad y pertenencia. Esa lealtad se traduce en un voto disciplinado, silencioso y, sobre todo, previsible, mientras que los apoyos a figuras más tecnocráticas tienden a ser difusos y volátiles.
Tercero, la maquinaria política de Mejía conserva control sobre importantes nodos territoriales: directores de distritos, alcaldes, regidores y dirigentes intermedios que, más allá del discurso público, actúan como operadores de base. Son ellos quienes garantizan la movilización efectiva del padrón, mientras que los equipos de otros aspirantes carecen de esa capilaridad y, por tanto, de la capacidad de traducir simpatía mediática en votos reales.
Cuarto, el carisma horizontal y el estilo campechano del expresidente operan como activos en un contexto cerrado. Su forma directa de hablar, su cercanía con la militancia y su capacidad de autocrítica lo mantienen en el imaginario como “uno de los suyos”. Collado y Peña, aunque eficientes en gestión, representan un modelo tecnocrático distante, cuya narrativa se ajusta mejor a un electorado general que a un militante de comité.
Quinto, la dimensión simbólica es determinante. Hipólito encarna la memoria viva del perredeísmo, un legado que se mezcla con afectos personales y gratitudes políticas. En contraste, los demás aspirantes no poseen una genealogía emocional en el partido. Sin ese linaje simbólico, sus campañas se tornan funcionales, no identitarias. Y en las primarias cerradas, gana la identidad, no la funcionalidad.
Sexto, la eventual alianza táctica con Carolina Mejía —símbolo de renovación, gestión y respeto institucional— amplía el perímetro competitivo del hipolitismo. La dupla padre-hija permite proyectar continuidad y relevo simultáneo, neutralizando el discurso generacional que otros precandidatos pudieran explotar. La estructura de Hipólito garantiza votos; la imagen de Carolina otorga modernidad y legitimidad.
Séptimo, la experiencia política del expresidente en el manejo de procesos internos lo coloca en ventaja frente a competidores sin vivencia partidaria orgánica. Sabe cuándo intervenir, cuándo ceder y cuándo dejar que la estructura opere por inercia. Su autoridad no necesita imponerse: se activa de manera casi reflejo dentro de la base.
Por último, el sentido práctico del militante promedio del PRM tiende a alinearse con la figura que percibe como ganadora y protectora del legado partidario. Hipólito representa ese equilibrio entre nostalgia y expectativa: el padre fundador que aún puede conducir una transición ordenada. Ni Collado ni Peña han conseguido —ni probablemente podrán conseguir— sustituir ese relato con uno propio de igual densidad simbólica.
En definitiva, las primarias cerradas del PRM no son un concurso de imagen, sino una prueba de hegemonía interna. Y en ese terreno, Hipólito Mejía juega en casa. Su red, su biografía política y su capacidad de activar la memoria militante lo convierten en el único aspirante estructuralmente invencible dentro del padrón perremeísta.
Por José Manuel Jerez
