RESUMEN
¿Quién dijo que el populismo era exclusivo de la izquierda? ¿O que la derecha tenía el monopolio del autoritarismo disfrazado de democracia? Bienvenidos a América Latina, ese rincón del mundo donde la política se cocina con ingredientes tan variados como caóticos, y donde los líderes populistas vienen en todos los sabores: dulce, salado, amargo y, en ocasiones, incomestible.
Comenzamos con el chef más experimentado del buffet populista: Nicolás Maduro. Heredero político del fallecido Hugo Chávez, Maduro se ha consolidado como presidente vitalicio, más por el férreo control del aparato militar, judicial y electoral que por convicción democrática. Su ideología: una izquierda caribeña radical, con tintes autoritarios. Su relación con la democracia es, por decirlo suavemente, conflictiva: la invoca en los discursos, pero la deja amarrada en el patio del palacio de Miraflores. El populismo de Maduro es del manual del ABC: subsidios, enemigos externos, promesas vacías y una inflación que desafía las leyes de la física.
Ahora, vámonos al otro extremo del espectro populista: Javier Milei, presidente de Argentina. Llegó al poder vociferando contra “la casta” con su estilo rockero, empuñando una motosierra simbólica y armado con una visión económica sacada directamente de las páginas de Ayn Rand. Su orientación: una derecha libertaria radical, casi anarco-capitalista pero con esteroides. El populismo de Milei es ruidoso, digital y altamente performático. Se presenta como el salvador que eliminará el Estado —aunque, paradójicamente, lo dirige— y como el mesías del libre mercado. Su estilo confrontacional y su desprecio por las formas tradicionales de la política han generado tanto fervor como incertidumbre.
En El Salvador, Nayib Bukele es algo así como el “Steve Jobs de la política”, solo que en vez de lanzar iPhones, lanza reformas constitucionales. Derecha, izquierda, quién sabe. Bukele trasciende las etiquetas tradicionales: es populismo millennial con gorra hacia atrás y una cuenta de X (antes Twitter) muy activa. ¿Democracia? Bueno, mientras las encuestas lo respalden, todo vale: reelección, control de la Asamblea, jueces a modo… ¿autoritarismo? ¡ el diache! ¡Es mucho con demasiado!
De Chile, Gabriel Boric es el ejemplo de cómo el fuego de la revolución estudiantil puede convertirse en frio frio de la socialdemócrata una vez que se pisa La Moneda. De izquierda, sí, pero con aspiraciones escandinavas que chocan con la realidad latinoamericana. El populismo no es su fuerte, aunque a veces lo disimula con frases épicas de Twitter y discursos nostálgicos. Su impacto en la democracia: modesto, aunque la constituyente que apoyó terminó en un papelón. Se agradece el intento.
Desde Brasil, Lula DaSilva es la fefita la Grande de la izquierda latinoamericana: Nunca muere, y lo hace como le da la gana. Entre escándalos, cárcel y redención, su versión 3.0 parece menos fogosa, pero más pragmática, y su sello el populismo está siempre ahí, latente, como el chaperon que te ponían con la novia. Discurso emotivo, políticas redistributivas, apelaciones constantes al pueblo y un elenco estable de enemigos oligárquicos. ¿Democracia? Sí, ¿transparecia? Según los tribunales… seguimos.
Por último, Gustavo Petro, presidente de Colombia, realmente el motivo de hacer este escrito, ha sido descrito como un presidente que rompe moldes, con un estilo de gobierno personalista, profundamente ideologizado y con una fuerte inclinación a rodearse de fieles seguidores, poco importa su experiencia. Su discurso está cargado de referencias históricas, críticas al imperialismo y promesas de una “transición energética justa”, lo que lo convierte en un populista intelectual, más cercano a la cátedra que a la plaza pública.
Sus características :
- Populismo de izquierda, pero no el festivo ni el movilizador, sino uno apocalíptico y doctrinario, con largas intervenciones sobre historia, economía y geopolítica.
- Democracia bajo su interpretación, donde el disenso técnico o político es rápidamente desplazado.
- Gobierno del cambio, con fuerte presencia de sectores populares, pero también con círculos cerrados de confianza, lo que ha generado tensiones internas y denuncias de corrupción.
- Comunicación directa y confrontativa, especialmente en redes sociales, donde responde personalmente a críticas, lo que refuerza su imagen de líder centralizador.
En resumen, América Latina ha logrado algo que pocos creían posible: democratizar el populismo. Ya no importa si eres de izquierda o derecha, si te gusta Marx o Milton Friedman; todos pueden invocar al “pueblo”, luchar contra “las élites” y prometer un futuro glorioso si tan solo les das un mandato más (o dos… o mejor, indefinido como aspira el salvador).
Pero tranquilos: aquí lo importante no es si eres populista o no. Lo importante es negarlo con Flow.
Por Eddy Manuel Pérez
